El almuerzo transcurría entre cristales finos y vajilla antigua, en un salón más íntimo del ala este, donde la duquesa prefería recibir visitas selectas o comer lejos del bullicio. Claire apenas había probado la sopa cuando la voz de la anfitriona quebró el silencio con su tono habitual: elegante, juguetón y levemente incisivo. —Dime, querida… —comenzó mientras cortaba con lentitud un pedazo de pescado—. ¿Quién era el caballero con el que te vi la otra noche? Claire tragó saliva. Dejó la cuchara en el plato con torpeza. —¿Caballero? —murmuró. —No te hagas la tonta —replicó la marquesa con una sonrisa amplia—. Yo lo reconocí desde el primer paso. No importa cuánta seda o máscara se ponga: ese hombre podría bailar con los ojos vendados y aún así reconocería su forma de devorar con la mir

