Llevábamos un buen rato, ahora su pierna se apoyaba en la cara interior de mi codo y una mano suya se frotaba el clítoris con vehemencia. Ya había tenido un orgasmo breve, contenido; ahora íbamos por uno fuerte y escandaloso. —Te gusta decirles “zorras” a todo mundo —bufé, apenas con aliento—, pero tú eres la más zorra que conozco. Volví a sentir cómo su interior se contraía y apretaba deliciosamente con aquellas palabras. yo ya estaba batallando para retrasar mi clímax, pero sabía que ella estaba también cerca de acabar. —¿Te gusta? —continué— Te gusta ser mi zorrita, ¿verdad? —U-ujum —apenas pudo gimotear. —Dilo, dilo con todas sus letras. —¡Me gusta ser tu zorra! —bramó finalmente—. ¡Me encanta pensar todo el día en tu v***a, quiero que me la metas duro! —¿Así? —le pregunté mient

