Sandra estaba ahí, desnuda en su cuarto, frente a su hijo, también desnudo. Sus vidas habían cambiado tanto en aquellos meses: él y su hija menor tenían una relación, una que no era típica ni natural, mucho menos bien vista. Esos dos solían tener sexo, sexo desenfrenado en bajos su propio techo y no sólo eso, ella, su madre, lo sabía. Y por si fuera poco, ella había tenido sexo con ambos en más de una ocasión. De nada serviría recordar cómo había empezado todo ese degenere, cómo pasó de estar escandalizada y querer mandar a Luís a vivir lejos o entrar al ejército… a tenerlo ahí, desnudo, con el pene erecto apuntando en su dirección, pidiéndole algo tan descabellado que jamás pudo habérsele ocurrido: —Quiero que me dejes hipnotizarte. Fueron sus palabras, las había dicho hacía un rato, p

