Hice presión y ella apretó. Con lo ocurrido la semana anterior, me quedaba claro que ella era experta en anal, sólo estaba haciéndose la difícil. Me llevé el dedo a la boca y volví a intentarlo, poco a poco, ella fue dejándome entrar. Apretaba y soltaba, hasta que por fin entró mi dedo. Todo esto, con mi macana sujetada por las manos de ambas espectadoras. —Primero tienes que acostumbrarte, si no te relajas, va a dolerte mucho —hablaba de nuevo con voz de instructora y su aprendiz estaba atenta a cada palabra—. Lubrica y dilata, como con la conchita. Finalmente se decidió a abrir el cerrojo y dos de mis dedos ya entraban y salían sin dificultad. Mi hermana y madre estaban inmóviles a mis costados, atentas al espectáculo. —Ahora sí, chicas —dijo, haciéndolas respingar—. Que entre bien.

