Los tres recibimos contentos a mamá, cuya cara estaba hecha un tomate pero nos regaló una sonrisa igual de sincera. Fue una mezcla interesante entre sus esfuerzos por actuar normal al saludarnos a todos de beso en la mejilla y de visible incomodidad por no saber qué hacer. Se quedó de pie detrás de donde estaba sentado en el sofá, todavía no soltaba su bolso y nosotros nos quedamos inmóviles, esperando. Pasó un buen rato hasta que ella se dio cuenta y le salió una risita nerviosa. —¡Ay, perdón! —balbuceó mamá—. Este… creo que… mejor me cambio. —¿Te vas a cambiar? ¿Qué piensas ponerte, Sandra? —dijo su amiga. —No… bueno. Yo… este… —Desvístete aquí, mami —le indicó su hija. Raquel hizo énfasis de nuevo en esa última palabra y la morena de inmediato se percató de aquel gesto, sus glúteo

