Sostuvo con firmeza mi viga y la guio como si hubiera un riel invisible, mi dedo le dio espacio y la punta apenas hizo que cedieran los pliegues. Mi hermanita respingó y aunque tuve el instinto de retroceder, esa mano que me sujetaba no me dejó. Sólo escuché que le decía, con ese tono de mando con el que se había dirigido a mamá en la sala, que se relajara y respirara mientras hacía una ligera presión con mi garrote alrededor de la zona. Recurrí de nuevo a mi pulgar, el resto de mis yemas acariciaron su cachete y poco a poco, el espacio fue expandiéndose y dando paso hasta que pude introducirlo por completo. En cuanto aparté mi vista de esto, vi a mamá sosteniendo el rostro de Raquel con ambas manos y arrullándola para tranquilizarla. Una vez más, se intentó y aunque aquél agujero estaba

