Al darse cuenta de que la estaba viendo, se apoyó con sus codos y fijó su mirada en mí mientras sus gemidos se convertían en jadeos para no llamar la atención. Su cadera empezó a contonearse y esa fue mi señal para que mi lengua volviera a su puesto entre sus piernas. Ella las separó lo más que pudo y el hueso de su pelvis se marcó mucho más, su entrada desbordaba ese néctar, el cual tenía un tono blanquecino. Pensé que quizás había soltado un poco dentro de ella, pero al probarlo, no percibí el sabor amargo que tuve al ingerirlo de Tere. Era dulce y espeso, nada que ver con lo que había probado la otra vez. Era rico, muy rico. Degusté como si de un auténtico postre se tratara, como si estuviera lamiendo leche condensada de una cuchara y en eso, el temblor empezó. Su pubis se sacudió tant

