Podía escucharlo todo, estaba plenamente en uso de sus facultades… y aún así, no podía evitar pensar que, efectivamente, aquellas palabras ya eran ciertas. Podía sentir su pulso a mil por hora tan sólo por escucharlo decir eso, claro que le excitaba recibir órdenes. —Di tu nombre —le ordenó con tono más rudo… más varonil, más sexi. Ella obedeció—. Sandra… ¿en qué día naciste? —le respondió nuevamente, día, mes y año—. Así que más de cuarenta, ¿eh? Hablaba con una voz más masculina, con más seguridad. Debía ser eso, tal vez sólo así se sentía en control de la situación y podía actuar sin dudas y sin pensárselo mucho; debía ser eso. Lo cierto era que a Sandra a veces le parecía un poco preocupante ver esa actitud tan pasiva que su hijo solía mostrar tanto en casa como en público. No sólo e

