Valeria tenía dieciocho años recién cumplidos el día que empezó a mirar a Javier de otra forma. Javier era el padre de su mejor amiga, Lucía. Cuarenta y dos años, divorciado desde hacía cinco, alto, con esa mezcla de canas prematuras en las sienes y brazos fuertes de quien sigue yendo al gimnasio porque no sabe qué hacer con la rabia que le quedó después del divorcio. En el barrio lo conocían como “el serio”, el que saludaba con un gesto seco y nunca se quedaba a charlar en la puerta cuando dejaba o recogía a su hija. Valeria, en cambio, era todo lo contrario: risa fácil, piernas largas de voleibolista, pelo n***o larguísimo que se recogía en una coleta alta cuando jugaba y que soltaba en cuanto terminaba el partido, dejando que le cayera como una cortina sobre la espalda sudorosa. Tenía

