—¡Raquel! ¡Cálmate! No empeores las cosas. —¡Tú también eres una víctima! Te preocupas por nosotros como si fueras nuestra mamá… ¡Incluso más que mamá! ¡Y no tienes por qué! El volumen estaba elevándose y las garras estaban a nada de salir entre ambas. Yo sólo me di cuenta de que la matriarca de la casa sólo seguía observando atentamente. —¡Ni tú tenías que dejar tu vida a un lado por cuidarnos, ni tendríamos esta conversación si nuestra madre hubiera estado aquí, con nosotros, desde el principio! —Tú sabes que las cosas no son así, Raquel —nuestra hermana mayor estaba llorando a moco tendido—. Si ella no está en la casa no es por gusto, es para que tú, Luís y yo pudiéramos comer y estudiar. —¡Y mira de qué nos sirvió! —se levantó y se dirigió a las fotos que había de nosotros tres cu

