No estoy seguro de qué me hizo levantarme, pero era un hecho que no tenía nada más qué decir o escuchar. Tomé mi maleta, me encerré en mi cuarto y me puse a revisar en Internet los precios de renta en la ciudad. Desperté en la madrugada, no había probado bocado desde el bufet en el hotel la mañana anterior y bajé a la cocina. Julia estaba preparando café y había empezado a preparar hotcackes. —¿Pudiste dormir? —preguntó con voz baja y apagada, más desanimada que intentando ser discreta. —Sí… gracias al reloj —el regalo que ella me dio en mi cumpleaños 18, un despertador con máquina de ruido blanco que siempre me hacía dormir largo y tendido. Verla con ojeras me hizo sentir culpable—. Si quieres, te lo presto esta noche para que puedas descansar. —No, gracias. Me enteré que puedo descar

