Brincó hacia mí y me rodeó con sus brazos y piernas mientras nos fundíamos en un beso que se sentía como si hubiéramos vuelto a vernos después de mucho tiempo. La experiencia de limpiar el sofá me había quitado las ganas de volver a mancharlo y, aunque no fue fácil, subí las escaleras con ella aferrada a mí como un koala y ambos no parábamos de reír como tontos. Ella se bajó de mí al llegar a la planta alta y nos dirigimos a mi cuarto. Me hizo recordar las veces en el hotel en las que nos desprendíamos de nuestras prendas conforme nos acercábamos a la cama. La mía era tamaño individual, pero la euforia fue la misma que en aquella habitación pagada. Ella se lanzó directo a mi v***a, que estaba dura desde hacía rato y sólo esperaba su boca para terminar de erguirse por tercera vez ese día. M

