Mis hermanas recibieron la decisión con cierto recelo no tan oculto detrás de sus sonrisas y palmadas. La cena acabó pronto y ambas me acompañaron cuando me fui al cuarto. —A ver —dijo Julia—, me alegra la idea de que tengas la oportunidad de explorar con un trabajo así. Es sólo que no me gusta la idea de traer desconocidos a la casa. —Y que se desnuden en la sala —añadió Raquel. Podría decirse que su queja era irónica, pero totalmente comprensible. —No necesitan desvestirse —me apresuré a aclarar—. Con mamá no le he pedido que se quite la ropa. —Pero es algo que se acostumbra, Luís —dijo Julia—. Mamá y yo tuvimos que quitarnos la ropa por instrucciones del personal en el spa. —Tampoco es obligatorio —argumenté. —No, pero es algo que puede pasar. Si piensas profesionalizarte, no esta

