Salgo de la tienda con la promesa de volver después del almuerzo para trabajar una hora extra, para cubrir a Ofelia mientras va al dentista. Aunque ni siquiera tengo dinero para el perrito caliente que digo querer, salgo por la puerta con decisión, actuando como si todo estuviera bien en mi mundo.
Mi verdadero objetivo: encontrar un joyero que mire el grabado laser de este diamante y me diga quién lo compró, para poder localizarlo y devolvérselo. Tal vez él y su novia se han reconciliado y ella se arrepiente de haberlo tirado. Tal vez estén tan agradecidos de que lo devuelva que me den una recompensa. O tal vez simplemente me alegre de no tener que cargar con esta maldita cosa y el peso de sus implicaciones, y me alegre de que se vaya.
Pase lo que pase, será mucho mejor que la tentación de quedármelo. Creo firmemente en el karma, y sé que quedarme con algo que no es mío y que vale medio millón de dólares, nada menos, hará que el karma me dé una paliza por el resto de mi vida…No. Gracias. Mal karma, aléjate de mí, imbécil.
La primera joyería a la que voy es muy parecida a la que visité el día anterior, demasiado pretenciosa. Puedo ver el dedo índice del hombre temblando cerca de ese botón de alarma secreto que sé que esta justo debajo del mostrador. Esnob.
Salgo de allí a toda prisa y decido tomar el metro un poco más al norte. Allí, encuentro un pequeño local tipo agujero en la pared que tiene cosas en el escaparate que no me pondría ni, aunque me pagaran. Perfecto.
Al entrar, lo primero que noto es el olor. Es a moho. Las cosas se ven mucho mejor que hace media hora. El hombre detrás del mostrador se acerca a los noventa, si la cantidad de arrugas en su rostro sirve de indicador. Esta encorvado con una gran joroba que parece casi doloroso. Me doy cuenta de que estoy en la joyería de Quasimodo. Siempre me pregunté que le pasó a ese tipo después de dejar la iglesia. Joyería fea. Tiene sentido.
Me mira a través de unas gafas gruesas.
—Hola—
Sonrió. —Hola—
Deja de mover algo en su vitrina y se pone lo más erguido posible, apoyando las manos en el borde del cristal. —¿Puedo ayudarte?—
—No estoy segura— Me subo el bolso al hombro, de repente nerviosa. No importa que este tipo sea tan viejo que probablemente ni siquiera sepa que existe el internet. Estoy entrando en pánico otra vez, preocupada de que me arresten por algún delito que ni siquiera sé que estoy cometiendo. Cárcel. Chicas lesbianas masculinas que quieren acostarse conmigo. No, gracias.
Sonríe, sus ojos de un azul acuoso, enormes detrás de sus gruesas gafas.
—¿Buscas un bonito collar, tal vez, que combine con tus ojos?— Señala algunos debajo del cristal. —Tengo unos bonitos ámbar aquí— su dedo nudoso y doblado, pero la uña está bien cortada y la cutícula perfecta.
—En realidad, no, tengo un anillo…— doy unos pasos más cerca.
Levanta la vista y parpadea varias veces. —¿Tienes un anillo?—
—Si, tengo un anillo. Y sé su valor, pero he perdido el certificado. O debería decir que mi madre perdió el certificado. Así que me preguntaba si podrías leer el numero grabado con láser y decirme donde puedo encontrar el vendedor para poder obtener una copia del certificado. Para ella, no para mí. Para mi madre—
Su rostro se relaja y me mira fijamente.
Mis nervios se alteran al instante. Aquí vienen las urticarias y las mentiras. Maldita sea.
—Verás, mi madre recibió el anillo de su marido, pero el matrimonio no duró mucho debido a que él era en realidad una mujer, pero no lo mencionó hasta después de la ceremonia, así que me lo dió. El anillo, quiero decir, no el matrimonio. Pero ella nunca obtuvo el certificado, así que quería una copia. En caso de que decidamos venderlo—
Oh, Dios mío… estoy tan nerviosa que estoy inventando más historias de travestis. Presiento un tema. Y no es uno bueno.
—Ah— dice, dedicándome una sonrisa cortés de perdón. No estoy segura de por qué me perdona, pero lo acepto. —¿Tienes el anillo contigo?—
Asiento como loca aparentemente, finjo buscar en mi bolso. Me giro ligeramente para poder sacarlo de mi sujetador sin que me vea y luego finjo haberlo encontrado en mi bolso mientras me giro hacia él.
—Aquí esta— El montón de pañuelos que lo rodeaba, que antes parecía tan suave e impoluto, ahora parece trapos usados. Se me calientan las orejas por el juicio que estoy segura de que está haciendo de mí. No, no soy una señora de los gatos.
El anciano acerca un taburete al mostrador y se sienta en él, sacando una lupa de su chaleco. Del nido de pañuelos que le ofrezco, saca el anillo, se lo coloca en la punta del dedo índice y lo acerca para poder mirarlo.
—Esta es una piedra muy grande— dice, ajustando la lupa bajo su ojo. No estoy segura de cómo funcionan sus dedos, están tan doblados.
—Si. Son unos siete quilates— Me limpio el sudor del labio superior y la barbilla. ¿Quién suda en la barbilla? Si, esa soy yo, la chica de la barbilla sudorosa. Muy bonita,
—de color— dice.
—Casi incoloro— ofrezco, fingiendo que sé de lo que hablo.
—Mmm…— dice.
No sé qué quiere decir con eso. Tal vez este de acuerdo. O tal vez este diciendo.: Si, y yo acabo de presionar mi botón secreto de alarma silenciosa, y tu trasero está a punto de ser metido en la cárcel.
Espero que sea lo primero.
—Aquí hay un número— dice, extiende la mano que sostiene la lupa y acercando un bloc de papel y un bolígrafo. Deja la lupa y lame la punta del bolígrafo antes de tocarlo sobre el papel.
Su letra es lo que imagino que sería un garabato. No puedo distinguir si está escribiendo letras o números. Escribe un par de cosas, deja el bolígrafo, toma la lupa, mira el anillo durante unos segundos, deja la lupa y vuelve a escribir. Esto dura probablemente solo unos dos minutos, pero parecen más bien diez. Diez laaaargooos minutos. Quasimodo es lento.
Cuando termina de escribir una serie de números, gira el anillo por completo, mirando diferentes partes, y anota algunas cosas más. luego me lo devuelve y guarda su lupa en el bolsillo del chaleco.
—¿Entonces, entiendo que quieres obtener un certificado duplicado para este diamante?—
—Si. Eso es exactamente lo que quiero— Me siento aliviada de haber expresado correctamente y de que no parezca que me esté acusando de haber hecho nada malo.
—¿Y luego que harás con él? ¿Lo venderás?—
Me encojo de hombros. —No lo sé. probablemente no. Es decir, es un anillo precioso, ¿verdad?—
—Absolutamente. Un poco grande para mi gusto…— Me mira con una ceja levantada.
—Si. Es bastante llamativo—
—Podrías cambiarlo—
—¿Cambiarlo?—
—La mayoría de los joyeros aceptan una pieza a cambio. Podrías conseguir otra cosa que prefieras. Varias cosas, de hecho— Señala alrededor de la tienda.
Por un momento me siento tentada, imaginando los pendientes de diamantes que conseguiría con el collar a juego, el bonito reloj fino con diamantes en cada número que ví en la primera joyería, el anillo de oro con piedras multicolores que vi en el último lugar…Pero luego me detengo. Esas cosa no me harían sentir menos culpable que quedarme con esto. ¡Al diablo contigo, mal karma! ¡No me rendiré!
—¿Puedes localizar al vendedor por mí?— pregunto, envolviendo el anillo en mis pañuelos y guardándolo en mi bolso.
—Tal vez. Puedes volver mañana?—
Hago una pausa, el pánico se apodera de mí.
—¿Mañana? ¿No puedes hacerlo hoy?—
Me dedica una sonrisa paciente.
—No tengo una computadora aquí. Es demasiado fácil de robar y no cabe en mi caja fuerte—
—Oh. Y yo que pensaba que este viejo no sabía que era internet.
—De acuerdo. Supongo que podría volver mañana. ¿A qué hora?—
—Vuelve alrededor del mediodía. A la misma hora que hoy. Debería estar aquí—
Tomo una de las tarjetas de presentación de un soporte en su mostrador.
—¿Es usted el señor Goldman?—
—Si, yo soy—
sonrió. —Ese es un gran nombre para un joyero—
—Eso es lo que siempre decía mi madre— Me devuelve la sonrisa, esta vez cálidamente.
Le agito la tarjeta mientras salgo por la puerta.
—Nos vemos mañana—
—Hasta entonces— me saluda brevemente con la mano, sus manos huesudas son lo último que veo antes de salir por la puerta.
Me encuentro de nuevo en la calle, la lluvia cayendo sobre mí, la única chica en toda la cuadra sin paraguas. Por supuesto. Esa soy yo. La chica loca empapada.
Salgo corriendo hacia el metro y no me detengo hasta que doblo la esquina hacia la entrada subterránea y choco con un hombre enorme—
¡Ooooph! El aire se me escapa de los pulmones y la fuerza del impacto me lanza al suelo.
Mi bolso sale volando y, al verlo alejarse, me doy cuenta de que tiene el anillo dentro. Cae a un metro y medio de mí y me arrastro hacia el como una loca a gatas. Una mano se agacha y lo agarra antes de que pueda llegar.
—¡Ese es mi bolso!— grito, lista para enfrentarme al ladrón.
El tipo con el que choqué lo sostiene por encima de su cabeza, la correa larga hace que cuelgue junto a mi cara.
—¡Tranquila!— grita. —¡Solo estoy tratando de ayudarte!—
Agarro el bolso y lo abrazo contra mi pecho como si tuviera medio millón de dólares dentro, que por supuesto que los tiene.
Cuando me doy cuenta de quien está parado frente a mí y el anillo ya no corre peligro, mis ojos se salen de mis orbitas.
—Eres tú— dice, con expresión confusa y luego molesta. Mira hacia su pecho. —¿Estoy cubierto de sudor otra vez?—
¡Dios mío! ¡Es ese tipo! ¿Me está siguiendo? ¿Me está llamando chica sudorosa? ¿Por qué es tan guapo todo el tiempo?
Para ser justos, le han caído algunas gotas de lluvia. Estoy bastante empapada. Pero no es mi problema que no mire por donde va.
—Oh, cállate— digo, alejándome tratando de rodearlo a él y a las pocas personas que se detuvieron a observar la escena.
—¡Deberías mirar por donde vas!— me grita.
—¡Y tu deberías quitarte del camino de la gente!— le grito de vuelta. —Estúpido idiota— murmuro más para mí misma. —Acosador—
Me doy cuenta, al poner más distancia entre nosotros, de que mi paranoia me está superando. ¿Cómo podría estar siguiéndome si siempre camina en la dirección opuesta a la mía? Este anillo es una pesadilla. Tengo que deshacerme de el pronto. Hablando de mala suerte.
Sé que es el anillo lo que me causa la mayor parte de mi ansiedad ahora mismo, pero ese tipo casi arruina mi vida, así que no se libra de parte de la culpa. Aquí estoy, lista para ser una altruista que hace el bien sacrificando mi propia felicidad por la de otra persona al devolver este anillo, y él casi me hizo perderlo. ¿Qué habría pasado si un ladrón hubiera estado allí cuando mi bolso salió volando? ¿Cómo haría hecho lo correcto si se hubiera llevado todo lo que había dentro?
Tengo que detenerme y buscar los pañuelos dentro de mi bolso. Los encuentro allí, en un bulto en el fondo de mi bolso, el anillo duro fácilmente detectable al apretarlo con mis dedos. Gracias a Dios.
Respiro hondo. Entonces me doy cuenta. Maldita sea. Estoy sudando otra vez. después de todo, soy una chica que suda mucho, no es solo por la lluvia.
Mientras estoy en el andén del metro de regreso al trabajo, trato de concentrarme en el hecho de que mañana por fin me voy a quitar este peso de encima. Pero por mucho que lo intente, no puedo sacarme de la cabeza la imagen de ese tipo indignado. ¿Por qué estaba tan molesto? Yo soy la que acabo en el suelo asquerosamente sucio. Tiene mucho descaro para actuar como si estuviera ofendido conmigo. No era sudor lo que le cayó encima, era agua de la fuente. Esa cosa tiene cloro; es totalmente segura y no tóxica, ¿verdad? ¿Creo?
Resoplo, viéndolo en mi mente con ese traje a medida y esa corbata de seda. Probablemente esté tan ocupado pensado en lo importante que es, que ni siquiera presta atención a la gente que camina a su alrededor. Soy una de las campesinas invisibles que no merecen su tiempo. Por eso seguimos chocando el uno con el otro; soy invisible para él. Que grosero.
Es como todos esos otros hombres de negocios que veo corriendo por la Quinta Avenida, totalmente obsesionados con su trabajo, sus trajes y sus hermosas novias. Ninguno de ellos se toma un segundo para pensar en cuanto tiempo de sus vidas están desperdiciando en cosas materiales. Idiotas.
Me encantaría explicarle que la felicidad no se encuentra en el fondo de una bolsa de compras de Gucci, pero sé que sería un esfuerzo inútil. Nunca podrías decirle eso a un tipo como él. Simplemente se reiría y te llamaría cretina, y luego te sentirías estúpida por intentar preocuparte por cosas importantes como ser consciente del medio ambiente o intentar comer orgánico. ¿Y quién necesita eso? Yo no. Vive y deja vivir, es mi lema. Y aléjate de gente como él. Listo. Ya lo superé. De todos modos, nunca volveré a verlo a él y a su estúpida corbata.