~8~ MAYA

1655 Words
Regreso a la tienda diez minutos tarde y abrazo a Ofelia tan fuerte que se olvida de regañarme por no llegar a tiempo. —¿Por qué estás tan contenta?— pregunta desde la entrada de la tienda mientras dejo caer mi bolso al suelo de la trastienda y guardo el anillo en mi sujetador. —Oh, no lo sé. Simplemente me siento agradecida por mi vida, por mis amigos, por todo— —¿Te emborrachaste en la hora del almuerzo?— Me uno a ella al frente sonriendo. —No, pero siento que si— Estoy eufórica y me siento bien. Camino sobre el sol. Solo pensar en eso me recuerda al hombre en patines y sonrió aún más. Voy a darle este anillo a su verdadero dueño y arreglar las cosas con el karma. Todo estará bien en mi mundo en un abrir y cerrar de ojos. —Dime que vendedor de perros calientes usaste para que pueda ir a hablar con él. Te dije que esa cosa es puro veneno— —Lo sé — La beso en la mejilla. —Pero no te preocupes. No comí ningún perrito caliente. Solo deambulé y me despejé la cabeza de basura— Señala el aire que nos rodea. —Es la lavanda la que habla. La puse en el difusor antes para ayudarte a deshacerte de esa energía nerviosa que te invadía— —Lo que sea que hayas hecho, funcionó de maravilla— Me acerco a la mesa de cristales de cuarzo y amatista y empiezo a ordenarlos por tamaño y color. —¿No tienes una cita?— pregunto. —No, se canceló— Dejo de ordenar. —¿Quieres que fiche para salir?— —No, trabaja la hora extra— dice, encendiendo una varita de incienso y poniéndola en el mostrador. —Puedo pagártela — Los cristales vuelven a captar mi atención. Me alegra tener una hora extra en mi cheque, aunque solo signifique diez dólares más para añadir a mi cuenta. —¿Comiste?— pregunta. Murmuro mi respuesta, pero ella me lee. —Ve a buscar el yogurt que está en la nevera. Ve. Ahora. no quiero que te desmayes porque no has comido— —¡Como si fuera posible! Tengo suficiente peso extra como para mantenerme en calorías durante seis meses sin almorzar— —De todos modos…Ve a comértelo— Suspiro, pero dejo que mis cristales hagan lo que ella dice. Siento como si tuviera un agujero en el estómago donde debería haber una salchicha. Estoy recogiendo el último trozo del yogur ligeramente agrió, cuando oigo sonar el timbre de la puerta principal. Al principio iba a dejar que Ofelia se encargara, pero luego oigo su reacción. —Oh, no, señor. ¡Fuera!— Dejo caer el yogur y la cuchara sobre el mostrador y corro a través de las capas de cuentas que separan la tienda de la trastienda, para encontrar a Nick de pie en la entrada de la tienda y a Ofelia rociándolo con aceite de pachuli. —Nick, ¿Qué estás haciendo?— pregunto, acercándome para intervenir. —Está aquí para rogarte por más dinero— dice ella. —No tiene vergüenza. Anda, vete— Le hace señas hacia la puerta. —Ofelia, para— digo, poniendo mi mano en su brazo. Nick nunca entra así sin más después de conseguir una taza de café de mi parte. Sería inusual que lo viera más de una vez por semana. Por lo general, tengo que ir a buscarlo a uno de sus lugares favoritos para traer el almuerzo o un refrigerio. Solo ha aparecido aquí unas pocas veces en todos los meses que lo conozco. —Nick, ¿Qué pasa?— Se tambalea. —No sé— dice, arrastrando las palabras. Al principio creo que está sufriendo una sobreexposición al aceite de pachuli, pero luego me doy cuenta de que es mucho más que eso. —Ofelia, llama al 911— lo tomo del brazo y pongo mi mano detrás de su espalda, tratando de evitar que se caiga. Justo cando ella se aleja, él se cae de lado, aterrizando sobre mí y empujándome contra la mesa llena de cristales. Intento sostenerlo, pero la combinación de su peso y el hedor infernal que emana de su ropa lo hace imposible. Mi cerebro quiere sostenerlo, pero mis instintos de autoconservación me dice que huya del ébola que se esconde en los pliegues de su gabardina. Perdemos el equilibrio y caemos al suelo, arrastrando con nosotros una lluvia de cuarzo y amatista. —¡Oh, Dios mío!— grita Ofelia. —¡Ay! ¡Nick! ¡Quítate!— No fue muy amable de mi parte gritar así, pero no puedo controlarlo. El olor que desprende me está enfermando físicamente. —¿Hola? 911— Ofelia también está gritando. —¡Hombre caído! ¡Hombre caído! ¡Necesitamos ayuda aquí, urgentemente! Las Maravilla de la Nueva Era de Ofelia en la calle church— Lucho por salir de debajo de un Nick quejumbroso. Me temo que nos ha orinado a los dos; está demasiado caliente y demasiado húmedo. —Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios, esto no está bien— Mi estómago se revuelve varias veces. La acidez del yogur se queda en la parte posterior de mi garganta. Finalmente, me libero de debajo de Nick y respiro un poco de aire fresco inclinándome hacia adelante e inhalando. Un segundo después, estoy de rodillas a su lado. —¿Nick, estás bien? ¿Estás respirando?— No estoy segura de por que espero que responda a preguntas ridículas, pero nunca antes había estado tan cerca de una persona enferma. Al menos no tan enferma. ¡Bendito olor! Su rostro se ve más sonrojado de lo normal y se le sale un poco de baba desagradable de la boca, pero está respirando; puedo ver como su pecho sube y baja. Gracias a Dios por eso, porque le habría hecho respiración boca a boca si hubiera sido necesario, pero entonces tendría que blanquearme la lengua durante el próximo mes. —¿Qué pasa?— pregunta Ofelia desde su lugar junto a la caja registradora. —No lo sé— Le pongo la mano en la cabeza. Esta fría y húmeda. Está inconsciente. Una persona se acerca a la puerta y la abre, pero luego la cierra rápidamente y se va. Estoy bastante segura de que es el hedor lo que nos hace perder a ese cliente, no el hecho de que tengamos a un hombre desmayado en el suelo. huele realmente muy mal, y ahora, desafortunadamente yo también. Sostengo la mano de Nick hasta que llegan los paramédicos y comienzan a trabajar en él. Lo primero que hacen es cortarle la chaqueta y la camisa. El olor que sale de su cuerpo solo puede describirse como profano. Ofelia inmediatamente vierte unos diez aceites esenciales diferentes sobre el montón de material podrido que los paramédicos pusieron en el suelo. —¿Adónde va?— pregunto, preguntándome si va a sobrevivir mientras lo llevan a la entrada de la tienda y lo ponen en la camilla con ruedas. Tengo su ropa, aunque probablemente debería quemarla. En realidad, apesta y está pegajosa. —Bellevue. ¿Eres familiar de el?— —Eh, no. Si. Tal vez— El paramédico me frunce el ceño como si lo estuviera molestando. —¿Cuál es? Necesito que alguien firme esto— Se para junto a la camilla y me entrega un documento del seguro sujeto a un portapapeles— —Soy su nuera— digo, sacando la mentira de la manga. —Aunque no conozco todos sus detalles. No éramos tan cercanos— —Solo fírmalo y tu esposo puede completarlo después— —Está muerto— Las mentiras me salen de la lengua como el agua resbala sobre el lomo de un pato. Lo atribuyo a una presión extrema. —Murió de…tuberculosis. El invierno pasado. Fue terrible. Estaba aquí un día y al siguiente ya no— —Oh. Lo siento— dice el paramédico con expresión seria. —Solo fírmalo y puedes preocuparte por lo demás después— Con la ayuda de su compañero, levanta la camilla con ruedas sobre patas más altas y comienza a empujarla hacia la ambulancia que espera en la calle. —¿Va a estar bien?— pregunto, siguiéndolos. Tengo que trotar para seguirles el ritmo. —No puedo decirlo— El hombre me quita el portapapeles y lo mira por uno o dos segundos antes de tirarlo sobre las piernas de Nick. —¿Se llama Nick?— pregunta el hombre. —Si— —No pusiste su apellido— Busco en el asqueroso abrigo que le cortaron al cuerpo de Nick y siento algo duro en el bolsillo. Es una billetera y tiene una licencia de conducir de Michigan. —Su nombre es Nicholas Wallace— digo, leyendo desde el frente. —Aquí— le entrego la identificación y espero a que el paramédico termine de usarla. Está detenido en la parte trasera de la ambulancia, anotando algunas cosas en el papel. —Ten— dice, devolviéndome la identificación. —Probablemente deberías venir pronto al hospital para asegurarte de que lo atiendan— Resoplo. —¿Qué, estás diciendo…que simplemente lo pondrán en el estacionamiento y lo ignorarán?— Se encoge de hombros. —Estoy diciendo que se ve y huele a indigente, y si quieres que lo atiendan, deberías hacerles saber que no lo están haciendo— Me quedo sin palabras ante ese hecho repugnante. Podía imaginarme a Nick en el estacionamiento empeorando a cada minuto. Suena a algo que podría pasar en estos días. —De acuerdo, estaré allí tan pronto como termine el trabajo— —Bien. Nos vemos— Se sube a su camioneta sin decir una palabra más y arranca con un ulular de sirenas detrás de él.
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