18. MAYA

2048 Words
—No puedo creer que haya dejado convencerme— dice Jared, alisando la parte delantera de su camisa marrón. —Te queda genial el look de UPS, Jared. Deberías usar esto más a menudo— —Si Alguna vez le dices a alguien que use un uniforme de UPS, no te volveré a hablar nunca más— Cruzo los brazos sobre el pecho. —Te das cuenta de que amenazas para no volver a hablarme nunca más cada vez que me ves, ¿Verdad?— Suspira, ajustándose la gran caja que lleva en la cintura bajo el brazo. —No tengo fuerza de voluntad. Además, eres insistente— Se tira el cuello de la camisa. —Esto me está provocando una erupción— —Son solo tus nervios— digo, abriendo la puerta del edificio del doctor Sterling. —En cuanto salgas de aquí, se te pasara— —¿Cómo lo sabes?— pregunta, girándose para mirarme mientras caminamos por el vestíbulo. —Porque me pasa todo el tiempo. urticaria por pánico. Es totalmente normal— Niega con la cabeza mientras entra al ascensor sin mí. —Ahora sí que me estas asustando— las puertas se cierran antes de que pueda responder. Le toma solo cinco minutos bajar. Tan pronto como lo veo, me siento eufórica, pero una fracción de segundo después, me enojo. Todavía tiene el maldito paquete bajo el brazo. —¿Por qué sigues cargando eso?— pregunto, con las manos en las caderas. Camina tan rápido que tengo que correr para seguirle el ritmo. Responde en las puertas que dan en la calle. —Me obligaron— —¿Te obligaron? ¿Te obligaron? ¿Qué significa eso?— —Significa que me descubrieron, eso es lo que significa— —¿Cómo?— me estoy quedando sin aliento, trotando junto a sus largas zancadas. —¿Te pusiste nervioso?— —No, no fui yo, fuiste tu. Me quedaba genial este uniforme, pero tuviste que arruinarlo todo— —¿Cómo pude haber sido yo? Ni si quiera estaba allí. —No, pero estabas en el vestíbulo, ¿no?— Me mira con furia. —¿Y qué?— le pongo la mano en el brazo para que se detenga. —Me está dando un infarto, detente— Nos quedamos frente a frente en la acera. —En cuanto hablaron por el intercomunicador, me preguntaron quien entregaba el paquete- cuando les dije que no lo sabía, llamaron al vestíbulo y te describieron, preguntando si estabas por allí— —¡No, no lo hicieron!— le grito en la cara. —¡Si, sin duda lo hicieron! — Vuelve a caminar rápido. —Y si me reconocieron de la tienda, estoy acabado. Estoy totalmente acabado. Si eso pasa, nunca te lo perdonare. No estoy bromeando. No puedo perder mi trabajo— Se me paraliza el corazón al oír eso. —No te enfades. Lo siento. No quería meterte en problemas. No perderás tu trabajo, ¿Verdad?— Me empuja el paquete en plena zancada. —Manten esa cosa lejos de mí. Da mala suerte— Me detengo en medio de la acera, obligando a la gente a rodearme. —¡Pero eso es lo que he estado diciendo!— Me lamento. —¡Por eso tenemos que deshacernos de el!— —¡No hay un “tenemos”!— grita él. Su uniforme marrón desaparece entre la multitud. —¡Solo son tu y ese anillo! ¡Buena suerte! ¡Y no me llames más!— Su voz me persigue en mis sueños esa noche y me despierto empapada en sudor frio. El anillo, todavía en la caja me mira fijamente desde el otro lado de la habitación. . . . No soy una persona muy religiosa, así que sufro la ilusión de que hay conventos por toda la ciudad esperando a que la gente toque su campaña y les ofrezca dinero para todas las buenas causan que lideran, Pero unas cuantas llamadas telefónicas y viajes equivocados a los barrios me aclaran las ideas rápidamente. El trabajo caritativo es un negocio duro. Finalmente me encuentro en un escritorio, sentada frente a una mujer muy redonda vestida de poliéster n***o. He traído el anillo en mis pañuelos de papel; es mucho más fácil llevarlo así que en una caja de cartón, y lo he dejado sobre su secante. —Me gustaría donar esto a tu causa— Ella parpadea varias veces. —Me estas dando pañuelos de papel para mi causa. Gracias— —No, no pañuelos de papel— Estoy tan cansada de lidiar con gente estúpida, tengo muy poca paciencia. Inclinándome hacia adelante, abro las capas. —Es un anillo— La mujer se inclina y lo mira. Usando un lápiz, lo toma y lo balancea entre nosotras. —Es un anillo de diamantes— —Si— Aplaudo, emocionada de que al menos tenga medio cerebro. —Y me gustaría donártelo a ti y a tu causa, sea cual sea— —Esto es Caridades Católicas— —Como sea. Dáselo a los católicos si eso es lo que quieres hacer. Esta fuera de mi control— Me levanto para irme. Tal vez Larry me dé un mes de alquiler gratis por apoyar su religión de esta manera. Tendré que preguntarle. —¡Espera! No dejes esto aquí conmigo— parece ofendida. —¿Por qué no?— —Porque tengo preguntas que deberías responder primero— —Oh— Me calmo y vuelvo a sentarme. —No hay problema. Puedo responder preguntas— Junta las manos sobre el escritorio frente a ella. —¿Es tu anillo?— Me muerdo el labio. Y yo que pensaba que esta iba a ser fácil— —¿Siiii…?— —Eso no suena a un si— —Es un si— Asiento frenéticamente. Es mi anillo. Pero quiero que lo tengas. Ahora es tu anillo— —¿Puedes probar que eres la dueña?— Intento intimidarla. Frunciendo el ceño, me burlo . —¿Te lo di, ¿no?— —Necesito un comprobante de compra— —Es una nillo de diamantes. ¿crees que me compro anillos de diamantes para mi misma?— —Tu novio, entonces, o tu esposo. ¿Tienen comprobante de compra? ¿Un recibo tal vez? ¿Un certificado de diamantes?— Pongo los ojos en blanco. —¿Por qué tiene que ser tan difícil? Quiero darte medio millón de dólares, ¿y me estas discutiendo?— Me dedica una sonrisa educada. —No podemos aceptar mercancía robada como donaciones caritativas. Robin Hood es un mito— Me levanto y le arrebato el anillo de su escritorio. —¡No soy una ladrona!— Ella tambien se levanta. —No quiero molestarte. Siento si sonó ofensivo— Parece que realmente se siente mal, así que intento calmarme. —Fue ofensivo. Pero acepto tus disculpas— Me vuelvo a sentar y coloco el anillo de nuevo sobre su escritorio. Esta apoyado sobre los pañuelos de papel, lo que me hace darme cuenta de que realmente necesito encontrar unos pañuelos nuevos. Estos parecen que han visto la nariz de un niño de jardín de infantes más de una vez. Ella sonríe cortésmente. —Si me das la información de contacto de tu novio, estoy segura de que podemos arreglar algo— Lo pienso unos segundos y decido arriesgarme. Quien no arriesga no gana, ¿Verdad? —Bien. No es mi novio, pro se llama Doctor Sterling. Esta en Lenox Hill, en la calle Setenta y Seis. Puedes buscar su número en línea— Señalo su computadora. Me mira extrañada, pero comienza a teclear. Después de unos momentos, presiona el botón del altavoz de su teléfono y marca un número. Realmente odio que me deje escuchar, pero no quiero arruinarlo, así que espero la respuesta. Hay una pequeña esperanza en mi corazón de que las palabras “católicas” y “caridad” usadas juntas en la misma frase marquen la diferencia. —Centro de Cirugía Cosmética y Reconstrucción Sterling, ¿en qué puedo ayudarte!?— Ojalá y pudiera atravesar el teléfono y abofetear a esa mujer que esta hablando. Literalmente puedo sentir su actitud en mi piel y me está haciendo brotar de nuevo. —Hola, soy Melba de Caridades Católicas…Tengo a alguien aquí en mi oficina que quisiera donar a nuestra organización en nombre del doctor. —¿Esta por ahí para verificar la donación?— Hay una pausa y luego. —¿Podría esperar un momento por favor?— Estoy entrando en pánico, pensando que casi llego a la meta. Me pican las axilas. —Si, claro— Dos largos minutos después, suena el teléfono. —¿Hola?— Es el. Siento que me voy a orinar encima y no puedo quedarme quieta. Me empieza a picar la pierna como loca, así que me agacho y me rasco como una loca. —Soy el doctor Sterling— dice la persona que habla. —Entiendo que no de mis pacientes esta donando en mi nombre. ¿Puedo preguntar cuál?— Suena tan satisfecho consigo mismo que me dan ganas de vomitar. ¡No lo digas, señora de Caridades Católicas! ¡No le digas quien soy!— —En realidad, no dije que fuera una paciente. Creo que es tu novia. ¿O tal vez una ex?— La mujer tiene la decencia de estremecerse ante esa ultima parte. La miro con furia. ¡Va a arruinarlo todo, y yo estaba tan cerca!— —No me digas, déjame adivinar. ¿La donación es un anillo?— —De hecho, si— Se sienta muy recta con una enorme sonrisa en la cara. Clic… —¿Hola?— mira fijamente el teléfono. Me tapo la cara con las manos. —¿Hola?— ¿Estas ahí? — Suena confundida. —Creo que se nos cortó la llamada— Dejo caer la cabeza hacia atrás para poder mirar el techo mientras ella vuelve a marcar el número. —Centro de Cirugía Cosmética y Reconstructiva Sterling, ¿en qué puedo ayudarte?— —Hola, soy Melba de nuevo, de Caridades Católicas… — —Por favor, añádanos a su lista de no llamar. ¡Gracias y que tenga un buen día!— La recepcionista cuelga, el falso animo en su voz aun resuena por la oficina. Inclino la cabeza hacia el frente para que Melba y yo podamos compartir nuestra frustración. Está mirando el teléfono. —Esa fue una de las llamadas más extrañas que he hecho en veinte años trabajando aquí, y déjame decirte que recibo algunas muy extrañas— —¿Puedes quedarte con el anillo?— pregunto casi llorando. Niega con la cabeza y me mira. —Lo siento, pero no. Sin su permiso, podríamos ser responsable por tomar la propiedad de otra persona— Me levanto y agarro el anillo con el puño, tirándolo a mi bolso. —Gracias de todos modos— Ella se levanta. —¿Cariño?— Me detengo y me giro para mirarla. —¿Sí?— —Tal vez deberías pensar en quedártelo— Frunzo el ceño porque está loca. —¿Por qué?— —Porque no creo que esté listo para dejarte ir— Me dedica una sonrisa muy dulce, y me doy cuenta de que se ha engañado por completo pensando que realmente soy su novia. Al parecer, mis habilidades de actuación han mejorado con toda la practica reciente. —Oh, créeme, definitivamente no está interesado en que me quede— —No estaría muy segura. ¿Qué otra razón podría tener para querer que te lo quedes?— Resoplo. —Quiere que me lo quede porque es un bastardo enfermo que está tratando de asegurarse de que la mala suerte no pueda tocarlo más— Se encoge. —No estoy segura de a que te refieres— —No importa— Camino hacia su puerta y la abro, con el peso del mundo sobre mis hombros. —Gracias por intentarlo— —¡Dios te bendiga!— dice a mi espalda. No puedo responder y ser educada, así que me quedo callada y camino hacia el metro. Hora del Plan D.
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