Las visitas a domicilio ya no ocurren en el mundo médico, general mente hablando, pero en mi línea de trabajo particular, y con los clientes que tengo, a veces se hacen excepciones. Un ejemplo de ello es que ahora estoy en East Harlem, regresando una revisión postoperatoria con una paciente que se ha sometido a una rinoplastia, una mamoplastia de reducción y una mastopexia. Había empezado a ser una perra, quejándose de que los cambios en su cuerpo no fueran tan drásticos como lo había imaginado, pero cuando le recordé que Michael Jackson tuvo el mismo berrinche con su cirujano plástico y ganó, se calmó bastante rápido.
Me molesta mucho cuando alguien con hermosos rasgos étnicos quiere borrarlos por completo. Me tomó mucho tiempo para que la gente vea la verdadera belleza que puedo realzar sin quitarle su naturalidad. Por eso me llaman hacedor de milagros. Por eso puedo cobrar tres veces más que cualquier otra persona en Manhattan.
Y por eso estoy saliendo en un túnel del metro en East Harlem para finalmente llegar a un lugar donde un taxi me recogerá cuando de repente me aborda una persona loca.
Sale de la nada. Un segundo estoy saliendo del túnel hacia las escaleras y al siguiente me encuentro con algo suave y húmedo.
—¡Ay!— dice ella al mismo tiempo que yo gimo.
Me golpea los testículos y respiro con dificultad a través de una leve punzada de dolor. Podrían haber sido mucho peor, así que en realidad me siento afortunado.
Lleva una bolsa enorme que parece una especie de cabestrillo hecho de retazos de tela cosidos, pero salió volando cuando impactamos. La expresión de su rostro al perderla es de puro terror, así que me acerco y la recojo del suelo, con la intención de dársela y acabar con su pánico.
—¡Ese es mi bolso!— grita.
Esperaba que estuviera agradecida, pero en cambio parece que está a punto de atacarme, así que la levanto.
—¡Tranquila!— grito. —¡Solo intento ayudarte!—
Agarra el bolso y lo abraza como si fuera un hijo perdido hace mucho tiempo. Es entonces, cuando su cabello se aparta de su cara, que la reconozco. Es la loca de la fuente. Y está mojada otra vez. ¿Qué le pasa a esta mujer?
—Eres tú— miro mi pecho y veo enormes manchas de sudor en mi chaqueta. —¿Estoy cubierto de sudor otra vez?—
Espero que se ría, porque me lo estoy tomando con bastante deportividad, pero obtengo la reacción opuesta.
—Oh, cállate— dice, caminando a mi alrededor, manteniéndose a distancia como si yo fuera el imbécil que moja a la gente.
—¡Deberías mirar por donde vas!— le grito.
—¡Y tu deberías quitarte del cambio de la gente!— grita por encima del hombro.
Puedo ver su cabello algo esponjoso y. muy desaliñado entre la multitud que la está engullendo lentamente junto a los torniquetes. Que lunática. La observo mientras desliza una tarjeta por el lector, abrazando su bolso como si alguien estuviera a punto de robárselo en cualquier momento.
Casi me siento culpable, como si eso fuera lo que estaba haciendo, intentando robarle el bolso, lo cual es una locura, lo sé. pero algo en esa mujer se mete bajo mi piel y me hace detenerme a considerarme a mí mismo cuando normalmente simplemente estaría ajeno a ello.
Sacudo la cabeza mientras salgo del túnel y me adentro en la lluvia. Todo este estrés por las payasadas de mi hermano y la situación de Aria con Zoey me está volviendo loco. Si no tuviera tres nuevos clientes programados para la tarde, me tomaría el resto del día libre e iría a un bar a ahogar mis penas, pero tal como están las cosas, no tengo ese lujo.
—No hay descanso para los malvados— digo, corriendo hacia el borde de la calle con la mano extendida, agarrando un taxi que se dirige al centro.
—Lenox Hill. Setenta y seis Este—
Me recuesto y dejo caer la cabeza en el asiento detrás de mí, repasando mentalmente el correo electrónico que recibi del abogado esta mañana.
Una simple presentación, un formulario firmado por Jeremy y una audiencia; eso es todo lo que necesita para que Zoey y Aria encuentren algo de paz a través de la tutela. Ese es mi objetivo ahora: hacer felices a las dos chicas más importante de mi vida. Después de eso, trabajaré en Jeremy, y si queda algo de mi después, veré que puedo hacer para poner mi vida en orden.
Me siento mejor teniendo un plan, por muy chapucero que sea. Me quedo dormido en el taxi y solo me despierto cuando llegamos a una cuadra de mi oficina. No puedo creer que en este corto periodo de tiempo, realmente haya tenido un sueño. Apareciendo una mujer loca con el pelo rizado, agarrando una bolsa contra su pecho y huyendo de mi
. . . . .
El momento no puede ser peor. Estoy sentado en una consulta con una clienta que acabo de conocer, una mujer cuyo trabajo he admirado durante años, y mi secretaria habla por el intercomunicador. Esto es algo que le han indicado específicamente que nunca haga a menos que alguien esté a punto de perder una extremidad y solo yo pueda salvarlo.
—¿Doctor Sterling? Lamento molestarlo, pero se trata de su hermano—
Frunzo el ceño al mirar el teléfono.
—Salgo en un momento—
Sonriendo a mi paciente, me levanto.
—Disculpe. Esto solo tomará un minuto—
Ella me devuelve la sonrisa.
—No hay problema. Yo también tengo un hermano. Lo entiendo—
Le toco el hombro al salir como agradecimiento. No todos los pacientes son tan comprensivos con los modales que eso conlleva. Ojalá tuviera más pacientes como ella, pero parece que cada vez más pacientes son más jóvenes, no mayores y definitivamente más propensos a considerarse el centro del universo.
Tan pronto como se cierra la puerta, estoy en el escritorio de la secretaria, descolgando el teléfono.
—Doctor Sterling—
Me sorprende un poco no escuchar a voz arrastrada de mi hermano al otro lado de la línea.
—Doctor Sterling, hola, soy el oficial Adam Filner de la decimotercera comisaria de Manhattan—
Se me hiela la sangre. ¡Oh, Dios! ¡No Jeremy! Recibí esta misma llamada hace tres meses, un policía diciéndome que mi cuñada había tenido un accidente. Todos en la familia llevan mi tarjeta de presentación en sus billeteras, así que soy el afortunado que recibe estas llamadas.
—Detuvimos a su hermano por cargo de intoxicación pública. Dice que eres su abogado, pero sé que no lo eres—
—No, soy médico— Suspiro profundamente, el peso de nuestro mundo presionando sobre mis hombros. —¿Qué hizo esta vez?—
—Orinó en una fuente. Dijo que tenía que sellar el trato, sea lo que sea que eso signifique. Un grupo de niños lo vió, pero como solo lo oímos y no lo vimos, nos quedaremos con el cargo de intoxicación pública y no agregaremos el cargo de indecencia—
—¿Decimotercera comisaria?—
Rápidamente recorro Manhattan en mi cabeza.
—Eso no está cerca de la fuente—
—Sabes en que fuente orinó?
—Podría adivinarlo. ¿Cerca de la tienda Apple?—
—Si. Pero se fue a pie. Llego a nuestra zona antes de que lo alcanzáramos. En realidad, es solo una visita de cortesía. El tipo no para de llorar por su esposa. Supongo que murió hace poco—
Se me hace un nudo en la garganta.
—Si. Hace tres meses. Estaba embarazada. Él bebé sobrevivió, pero ella no—
—¿Upper East side? — Pregent el official.
—Si, de echo—
—Oh, eso fue duro. Yo no estaba allí, pero me enteré— hay una pausa y luego un largo suspiro. —Escucha, ¿Qué quieres que haga con él? ¿Quieres venir a buscarlo?—
Parpadeo varias veces.
—¿Harías eso? ¿Dejarme ir a buscarlo?—
—Si, esta vez. Tal vez puedas conseguir que lo ingresen en un programa. Por su aspecto, esta no es su primera andanza con la botella, si me entiendes—
Mi mente da vueltas. ¿Saco a mi hermano de la cárcel una vez mas o dejo que aprenda la lección? ¿y qué tipo de lección aprenderá en prisión? Me temo que no será la correcta, la que lo encamine hacia la recuperación.
—¿Puedo ingresarlo en un programa ahora mismo?—
El oficial hace una pausa.
—Hmmm…podríamos… bueno…supongo que, siendo usted médico y con nuestro permiso, ponerlo en internamiento psiquiátrico de cuarenta y ocho horas en Bellevue—
—Hazlo— ni siquiera dudo. Esto es lo mejor para él. Se exactamente a quién llamar. Uno de mis mejores amigos en la facultad de medicina se dedicó a la psiquiatría y recientemente abrió una consulta en la ciudad. ojalá tenga privilegios en Bellevue. Si no, me aseguraré de que los consiga.
—No va a estar contento— advierte el oficial.
—Si, bueno, está haciendo que todos los demás se sientan miserables con sus tonterías, así que no me preocupa—
—Este tipo ha pasado por mucho— dice el oficial,
Tal vez me esté regañando por ser tan duro, pero no voy a dejar que eso me haga sentir culpable. Solo puedo imaginarme a mi hermana llorando y a la pequeña Zoey acostada en la cama con un pañal lleno de desastre nuclear.
—Todos hemos pasado por mucho— digo. —Bajaré a firmar algo si me necesita—
—No, ya está todo listo. Nosotros nos encargaremos. Comuníquese con el hospital si tiene alguna pregunta—
—Lo haré. Y gracias, oficial Filner. Aprecio la llamada—
—Cuando quiera. Solo estoy haciendo mi trabajo—
Cuelgo, sabiendo que el oficial Filner no solo está haciendo su trabajo. A veces Manhattan apesta con su tráfico y la presión constante, pero tambien, a veces es el mejor lugar del mundo para vivir. Cuando veo un destello de humanidad como este, me hace creer que todos estamos juntos en esto.
—Envía algunos puros al oficial Filner en la decimotercera comisaria— le digo a mi secretaria mientas regreso a mi oficina.
—¿Cuántos?— pregunta ella
—Lo que creas apropiado para un tipo que acaba de salvarle el pellejo a mi hermano—
Mientras me siento frente a una estrella de Hollywood que ha participado en más de quince películas taquilleras a lo largo de su carrera, no puedo pensar en otra cosa que en cómo voy a Bellevue después de terminar aquí y confrontar a mi hermano con el hecho de que no solo está a punto de convertirse en un residente más permanente de la sala psiquiátrica, sino que también está a punto de perder sus derechos parentales.
Esto sí que es un día de mierda.