Capítulo 1: El Primer Día
El verano terminó muy rápido, ¿verdad?. Ni siquiera hice algo especial, aun así, sentí que desapareció en un instante. Hoy, da inicio otro año escolar. Otro ciclo más de tareas, profesoras que creen que todo gira alrededor de sus clases, y pasillos repletos de personas que juran conocerte.
Salgo de casa con los audífonos puestos, sin que haya música. Es más, por costumbre. El aire matutino aún es fresco, pero ya huele a sol cálido y a uniforme planchado a las apuradas.
Al girar la esquina, la observo, la señora de los perros. Nadie sabe su nombre real, aunque todos la saludan, como si siempre fuera parte del barrio. Posee al menos seis canes, pequeños y nerviosos, que ladran, como si se disputaran su atención.
—¡Buenos días, mi niño! —grita desde su verja, mientras uno de los perros mordisquea su pantufla.
—¡Buenos días! ¿Todavía no los vende por kilo? —respondo, sonriendo.
—¡Ay, ojalá!
¡Estos desgraciados me están volviendo loca! —dice, aunque una risita se escapa mientras intenta separarlos.
Continuo caminando, con una sonrisa de tonta, pegada a la cara. Esas cositas pequeñas hacen que todo parezca menos sombrío, ya sabes? Aunque, claro, la casa regresa a mi mente rápido, oh si. No quiero pensar mucho en eso ahora, aunque me alcanza: Rubén levantándose antes que todos, tosiendo como si la vida se le escapara. Mamá sirviendo café como si eso le diera la energía perdida en el turno nocturno. Y yo… bueno, yo siempre tratando de no estorbar.
Al llegar a la puerta de la escuela, Mariana ya está allí, apoyada en la pared, comiéndose una paleta como si el curso escolar le importase un comino.
—¿Lista para otro año de traumas emocionales y ansiedad académica? —le suelto, sin un simple saludo.
—Por supuesto —responde, con sarcasmo—. Vengo lista para llorar disimuladamente en los baños, y fingir que todo marcha bien, ya sabes.
Nos reímos los dos cuando Julián se nos acerca con cara de recién despertado, imaginate!. Con la camisa medio fuera y la mochila en un solo hombro.
—Ey —suelta, ¡como si solo ese "ey" fuese suficiente para respirar!
—Ey —replico, eso nos define.
—¿Y ustedes, en qué aula acabaron? —cuestiona Mariana.
—3B —respondo, y Julián suelta a la vez:
—3C.
Mariana parpadea y, a continuación, busca su papel arrugado, hecho añicos. Lo despliega con lentitud.
—¡No! ¡3A! ¿¡Pero qué carajos!? ¿Nos separaron a los tres?
—Parece que el universo ya no aguanta nuestro grupo —suelta Julián, rascándose la nuca pensativo.
—O quizás creyeron que eramos muy poderosos juntos —suelto, sonriendo.
Caminamos por los pasillos cotorreando; que el verano, ¡menuda estafa!; que la nueva profe de Historia parece sacada de un libro de terror, o que Julián no tiene idea de hacer deberes este curso, aunque, claro, siempre los acaba haciendo. Justo antes de que los pasillos se ramifican, nos miramos… como si dijéramos adiós a algo más que solo un pasillo.
—Bueno, ¡buena suerte con los empollones de la A! —le suelto a Mariana.
—Y tú con los oscuros de la C —contesta ella, y observamos a Julián, mirándolo.
—Sobreviviré.
"Ya tengo cara de tipo antisocial —replicó, con una sonrisa algo ladeada."
"Cada uno elige su propio sendero."
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"El aula de 3B emana el aroma del marcador nuevo, papel mojado, y una especie de ansiedad indescriptible. Me ubico junto a la ventana, como siempre lo hago. Disfruto observar el exterior, no para evadir, sino porque allá las cosas resultan menos crispadas."
"Todos charlan sobre sus vacaciones. Una muchacha relata que fue a Punta Cana. Otro sujeto asevera que saltó en paracaídas. Un individuo jura haber conocido a una influencer, aunque nadie le otorga crédito."
"Frente a mí hay un asiento desocupado. Lo contemplo fugazmente, pero no le presto atención."
"—¿Y tú? —interroga una voz delicada a mi lado."
"Me vuelvo. Es una chica nueva, o al menos no la recordaba del año previo. Su pelo es rizado, porta una blusa ligeramente desalineada y un cuaderno con dibujos en la portada."
"—¿Yo qué? —cuestiono."
"—Tu verano. ¿Viajaste a algún sitio?"
"—Ah, sí. Fui a la playa. Una sola vez, pero cuenta."
"—Claro que cuenta —afirma ella sonriendo—. Yo no salí de casa. Me quedé mirando series, como una ermitaña."
—Suena bien, también, eso creo —respondo, y mi voz, por fin, en semanas, ya no suena tan vacía.
—Me llamo Emily, por cierto, eh.
—Lucas.
La profesora entra, justo justo, en ese momento. Nos da la bienvenida, repitiendo las mismas cosas de siempre: compromiso, que este año es clave, portarse como adolescentes responsables (risas al fondo del aula, sí). Saluda a uno por uno, como si nos pasara lista de asistencia emocional, vaya.
—Lucas Miller —dice, con una sonrisa— ¿Qué tal tu verano?
—Tranquilo —respondo, con pocas ganas, de explayarme.
Ella asiente y sigue adelante.
Justo cuando empieza a explicar, el plan del primer trimestre, la puerta se abre. Todos se giran, instintivamente. La directora entra, acompañada por un chico, que nadie había visto, jamás.
—Disculpen la interrupción —dice la directora—. Mateo Sullivan, nuevo estudiante, ¿eh? Espero que lo reciban bien.
Mateo sonríe, levemente. Tiene una mochila colgada, como no queriendo estar ahí, el cabello un poco largo y los ojos cansados, pero tranquilos. Dice “hola”, con una voz baja pero clara.
La profesora señala, el único asiento libre. Sí, al lado mío.
Mateo anda hacia alla, se sienta, apenas habla. Un suspiro sale, su mochila va al suelo. El bullicio del aula se desvanece de pronto. Lo veo de reojo, mirándome él también. Ni sonrisa, ni saludo, ni palabra. Sólo su mirada fija en mi.
Y nose, por qué, pero su forma de mirar, me pone a reflexionar.