La clase transcurrió, como suele suceder en el primer día: disimulados bostezos, miradas constantes al reloj y una profesora que insiste, "este año es clave para su desarrollo académico." Spoiler: eso lo dicen siempre. Aun así, cada año logramos sobrevivir.
Mateo, no pronunció palabra. Desde que se sentó a mi lado, sacó su cuaderno, anotó un par de cosas, supongo, manteniendo una expresión neutra, como diciendo "estoy aquí por obligación, no por placer".
El timbre sonó, y todos se levantaron, como si fuera una maratón de supervivencia.
Estaba por salir, cuando la profesora me llama:
—Lucas, un momento, por favor.
Respiro profundamente. ¿Ya? ¿Qué hice yo?
—¿Sí? —pregunto, acercándome al escritorio.
—¿Podrías indicarle a Mateo dónde está la cafetería? Y, de paso… no sé, ayudarlo a integrarse un poco. Sé que eres tranquilo, y sé que puedes hacerlo sentir cómodo.
Tranquilo, me dice. Si supiera lo que guardo en silencio, no me usaría como guía emocional. Pero asiento, que más iba a hacer?
—Claro.
Mateo se aproxima lentamente, colocando su mochila sobre el hombro, sin demasiado fervor. Nuestras miradas se cruzan, otra vez, esa extraña conexión. No es incómoda, solo… como cuando sientes que alguien tendrá un papel, aún desconocido, en tu existencia.
Abandonamos el aula, caminando rumbo a la cafetería. Los pasillos bulliciosos, repletos de gente mas interesada en saludar a sus amistades que en aprender. Abrazos fingidos, risas exageradas, y alguno que ya vendiendo dulces. Jóvenes emprendedores desde temprana edad.
—¿Y entonces, de donde vienes? —le pregunto, esquivando su mirada.
—De San Marcos —responde, su voz calmada—. Mi papá se mudó por trabajo, ya tu sabes.
—Ah, clásico. Cambio de ciudad, esas cosas de adultos que uno no pide, ¿eh?
Él suelta una risita. Primera reacción no neutral. Bien, por fin.
—¿Y qué tal hasta ahora? —continúo.
—No lo sé, la verdad. Apenas he tenido una clase y tú eres la primera persona que me habla sin sonar como un robot o un guia turístico.
—Me lo tomo como cumplido.
—Deberías.
Nos reímos un poco. Es extraño, pero tampoco incómodo.
Ella habla despacio, sin apuros, como si los silencios no necesitarán llenarse. Y eso... creo que me agrada, sí.
Al llegar a la cafetería, observo a Mariana y Julián en una mesa allá atrás. Mariana gesticula, casi como si diera un discurso, mientras Julián devora su sándwich como si nunca hubiese comido.
—Ahí están mis salvadores, los que me mantienen cuerdo —le comento a Mateo, apuntando hacia la mesa.
Nos acercamos.
—¡El fugitivo ha vuelto! —exclama Mariana al verme.
—Y con compañía —añade Julián, levantando una ceja curiosa.
—Este es Mateo. Nuevo, de San Marcos y parece que no aprecia la gente que suenan robóticos.
—Bienvenido entonces —responde Mariana, cediendo un lugar a su lado.
Nos sentamos, ya los cuatro.
—Soy Mariana, pero puedes decirme Mari, o Su Majestad... O la que lo sabe todo, como prefieras.
—Y yo Julián. No tan divertido como ella, pero, bueno, al menos no muerdo.
—A veces sí —apunto, y Julián me tira una servilleta.
Mateo se ríe a gusto.
Ya no muestra la misma expresión seria, de hace un momento. Ahora, ¡se le ve más relajado! Parece que, definitivamente, encaja.
—¿Estaban discutiendo algo crucial, o simplemente simulaban ser productivos? —cuestioné.
—¡Ah, claro que sí! —exclamó Mariana, con entusiasmo—, Revelaron que este año habrá una feria escolar ¡intercolegial! Cada curso formulará una propuesta, y el grupo vencedor se irá de viaje.
—¿Adónde? —inquiere Mateo.
—Aún no lo divulgan, Solo compartieron el rumor a medias ¡para mantenernos intrigados, Clásico!
—¿Y quién tomará la decisión? —interrogué.
—Un jurado de profesores y quién sabe quién más, Lo comunicaron por el altavoz, ¡mientras a ti te reclutaban como niñera!
—¡No soy niñera! —repliqué—, Soy guía espiritual.
—Peor, jajá.
Mateo sonríe, agachando la mirada por un instante. Julián lo observa por un momento, un poco curioso.
—¿Qué te gustaría presentar? —indagó.
—¿Para la feria?
—Sí.
—No lo sé, ¡Quizás teatro! O algo musical. aunque lo más probable, es que hagan algo tradicional, tipo una exposición ¡aburrida, o un puesto de comida!
—Un puesto de comida nunca es mala idea —respondió Julián, mordisqueando otra galleta—. Pero sí, siempre lo mismo.
—Podríamos hacer algo diferente este año, dice Mariana. Digo, por una vez, ¿por qué no?
—¿Cómo qué? ¿Un podcast en vivo? ¿Una coreografía con fuegos artificiales? Digo yo.
—Yo pensaba en algo mas artistico, tal vez, algo que cuente una historia, que tenga sentido, ella dice, bajando la voz un poco.
Nadie respondio al instante. Por un instante, se sintió ese silencio extraño, cómo cuando todos tienen algo en mente pero no saben si hablar.
—Bueno, aún tenemos tiempo para pensarlo, dice Mateo.
—Sí, respondo, recien empezamos. Quizás en dos semanas ya no nos acordamos de esto.
—O tal vez ganemos y nos vayamos todos de viaje. ¿Se imaginan? dice Mariana con los ojos brillando.
—Lo único que me imagino es a Julián perdiendo la maleta, digo.
—O dejando el pasaporte, agrega Mariana.
—O quedándose dormido y perdiendo el vuelo, dice Mateo.
—Wow, dice Julián, levantando las manos, ¿Quieren añadir algo más a la lista, o ya me humillaron lo suficiente por hoy?
Nos reímos todos. No de esas risas falsas, de esas reales, con algo de verguenza y cariño un poco.
El resto del recreo transcurrió entre charlas de temas al azar. Series, canciones requemadas pero todavía pegadas, gente que sufrió un cambio radical en vacaciones, chismes sobre parejitas inesperadas. Mateo, callado por lo general, lanza perlas cuando habla. Tipo, soltó: "La gente muda más en tres meses de descanso que en todo un año de escuela". Y nos quedamos, no se, si pa' reir o pensar.
—Gracias —dice él, sin mirarme.
—¿Por qué?
—Por hacer que este día no fuera una mierda.
—Todavía no termina —le digo—. Todavía queda Matemáticas.
—Ok, lo retiro. El día sí será una mierda.
Nos reímos bajito.
Y por un momento, siento que este año... tal vez no sea tan igual a los anteriores.