Miraba el papel que tenía en sus manos, lo guardaba y luego volvía a echarle otra mirada. Estuvo así por varios minutos y cuando se sintió ridículo decidió mirar hacia otro lado. Se levantó de la silla del escritorio, guardó el papel en el pequeño cofre que estaba en el cajón de su escritorio y lo cerró con llave. Miró un par de veces de manera compulsiva para cerciorarse de que había realizado la acción de manera correcta y cuando se dio cuenta que era una tontera siguió su camino hasta su cama. Se recostó con la cabeza en la almohada y posó ambos brazos sobre su regazo. Lentamente su respiración comenzó a ser más profunda, sus ojos estaban cerrados y sus pensamientos abandonaron su cabeza. Sin duda era el momento más anhelado por Henry O'Neill. Después de pasar días enteros sin poder

