Mi vida nunca había sido muy agitada, soy la más chica de tres hijos. Provengo de una familia con valores muy estrictos basados en creencias religiosas. Desde mi infancia fui educada de una manera muy conservadora. Tanto mis hermanas como yo, habíamos sido educadas siempre en escuelas católicas exclusivas para niñas, privándonos de tener contacto con personas de creencias religiosas diferentes y de ideologías contrarias a las nuestras.
Eso cerró mucho mi círculo de amistades a otras chicas que eran educadas al igual que yo, por lo que nuestro conocimiento del mundo en verdad era bastante limitado. No se nos permitía halar con más hombres que mi hermano mayor Augusto y mi padre del mismo nombre. No había tíos, ni primos con los que pudiésemos conversar o compartir como muchas otras niñas podían hacerlo.
Mis padres se limitaban mucho en hablar sobre sus familias. Por lo poco que supe, es que no profesaban la religión de la misma manera tan estricta como lo hacíamos nosotros, así que, para ellos ya no los consideraban parientes dignos de tratar o incluso de mencionar, pudiendo ser una mala influencia para nosotros.
Mi hermano mayor estuvo en escuela católica para varones desde que empezó sus estudios, para luego formarse como sacerdote al alcanzar la mayoría de edad, lo cual lo hacia el hijo prodigo, el orgullo de la familia.
Por nuestra parte, mi hermana y yo, parecíamos no ser del agrado de mi padre, podía portarse muy celoso y sobre protector con nosotras, sin embargo, jamás demostraba cariño u orgullo alguno, solo reprimendas, órdenes y miradas cargadas de seriedad.
Mi hermana Georgina, quien llevaba el mismo nombre que mi madre, era un poco más rebelde, ganándose casi siempre una bofetada y una serie de castigos que iban desde hincarse durante horas a rezar en un tapete de yute, que es una fibra dura y rasposa, hasta terminar con las rodillas sangrantes, o realizar tareas de limpieza del hogar sin descanso durante todo el día, incluso a altas horas de la noche, durante varios días continuos.
A mí me dolía el corazón ver todo esto, cuando veía a mi hermana casi desfallecer de cansancio, o cuando veía la dificultad para ponerse de pie después de varias horas hincada en la rasposa superficie mientras sus rodillas se mojaban de sangre.
Sin embargo, a ella parecía olvidársele muy rápido, mientras que, a mí, ver sus castigos me causó severos traumas, a ella parecían no importarle, y cada vez se ponía más y más rebelde.
En cuanto cumplió los 18 años, lo primero que hizo fue tomar sus maletas y largarse lejos para nunca regresar. A pesar de las suplicas de mi madre, mi padre jamás hizo por tratar de buscarla, decía que era una oveja descarriada y lo mejor era olvidarse de que algún día escapo.
Para ese entonces, mi hermano mayor ya tenía 22 años y se encontraba en el internado de San Jerónimo, el seminario dónde lo prepararían como sacerdote. Por mi parte aún tenía 14 años, y a pesar de haber pensado que tal vez mi hermana no me abandonaría y regresaría por mí, eso nunca sucedió, lo que me vi sumergida en una tremenda depresión que me obligo a volverme aún más introvertida y sumisa de lo que ya era.
Mi madre falleció poco después, a unos meses de haber cumplido los 15 años. Un cáncer invadió su cuerpo de manera masiva y sin piedad, arrebatándomela a tan solo 6 meses de habérselo diagnosticado.
Así que me quedé sola con mi padre y sus estrictas normas. No puedo decir que fuera un padre malo, pues jamás me falto absolutamente nada que necesitara, pero me privó de cosas que cualquier otra adolescente de mi edad hubiese podido disfrutar; música que no fuera religiosa, televisión, internet, salidas con amigos, novio… y así de esa manera transcurrió mi vida en una línea recta sin color alguno.
Mientras fui creciendo, jamás pude quitar de mi mente la manera en la que mi madre vivió sus últimos meses que, a pesar de haber recibido medicación, jamás fue suficiente para incluso darnos la esperanza de alargarle un poco más la vida o al menos, de que lo pasara sin dolor.
Eso hizo crecer un pequeño sentimiento dentro de mí, que poco a poco fue incrementado, la necesidad de conocer cómo funcionan las enfermedades, que es lo que le pasa al cuerpo y como deben ser contrarrestadas.
Primero pensé en estudiar medicina, pero sabía que mi padre no estaría de acuerdo, pues jamás en su vida había confiado en una doctora, siempre había exigido ser tratados por médicos varones, así que mi opción era ser enfermera. Pero a pesar de haber sido mi opción “B”, cuando conocí más sobre el trabajo que realizan y entender que son ellas las que están directamente con los pacientes, lado a lado durante todo su proceso, el pequeño dejo de duda que pudiese haberse quedado desapareció por completo.