Capítulo tres

3542 Words
Capítulo tres Rhys Miércoles, 10 a.m. —¡Ajá! ¡Ya te tengo, pelirrojo bastardo! Rhys Macaulay gruñó mientras ajustaba el agarre de la empuñadura de su larga espada. Su labio se apretó mostrando los colmillos mientras sus dedos se deslizaron unos centímetros, pero su compañero de pelea no perdió el tiempo. Gabriel se deslizó a la izquierda, con sus zapatillas rechinando contra el suelo de goma del gimnasio de la mansión con cada movimiento. Rhys ajustó su agarre, pero fue inútil; él y Gabriel habían estado entrenando por casi dos horas, y las manos de Rhys estaban húmedas por el sudor. —Tú estás manteniendo tus manos secas con magia, maldito inglés —acusó Rhys, con su rabia engrosando su acento escocés al punto en que lo hacía verse inseguro. —Creí que habías dicho que en la guerra todo vale —respondió Gabriel, con su refinado acento de Londres que jodía los nervios de Rhys—. “Laanza tierra en sus oojos”, dijiste. “Cuando llegue el momentooo, pateea al hombre cuando esteé abajo”. Rhys soltó un bufido por la imitación de Gabriel. —Yo no hablo así —insistió Rhys. Gabriel tomó ese momento para atacar, usando un movimiento astuto para desarmar a Rhys mientras conectaba un golpe en sus costillas. Gabriel detuvo su espada a un centímetro de la piel de Rhys, un movimiento impresionante en sí. Rhys se había tomado la molestia de entrenar a Gabriel durante los primeros meses por esta razón; sería una tontería intentar entrenar a alguien que no tuviera el suficiente control como para no herir a su maestro. —Eso fue un punto a favor, ¿no? —Gabriel le dio a Rhys una sonrisa burlona. Retrocediendo y bajando su espada, Gabriel pasó su mano por su cabello ondulado, oscuro y sudoroso. Había venido desde muy lejos cuando todos comenzaron a vivir en la mansión, y tras varios meses de entrenamiento intenso había tonificado bien su cuerpo. Ya estaba casi tan ancho y musculoso como Rhys, pero un poco más esbelto, lo que le daba a Gabriel una dosis extra de gracia. —Cállate, niño bonito. Rhys volteó sus ojos, pretendiendo terminar el combate. En el momento en que Gabriel desvió su atención, Rhys estuvo sobre él, con el filo de su espada a un cabello de su cuello. Forzó a Gabriel a arrodillarse y bajar su espada, con sus ojos llenos de desprecio. —Tiempo fuera —siseó Gabriel. Rhys se retiró y sonrió, y después de un momento, Gabriel soltó una risa de exasperación. —En serio, odias perder, ¿no? —preguntó Gabriel, aceptando la mano de Rhys para levantarse. —No es eso, Gabriel. Quiero que entiendas lo que hay fuera de este refugio —dijo Rhys, señalando con su mano los terrenos de la mansión—. Hay un mundo lleno de injusticias. Gente que juega sucio, porque así es como ellos ganan. Si pueden detenerte de cualquier forma, habrán ganado. No les importa el honor. Gabriel abrió la boca una vez más, y luego se encogió de hombros. —Pronto —le dijo, apuntando un dedo a Rhys—. Hemos entrenado juntos por un año. Vencí a Aeric la semana pasada, y pronto te venceré a ti. —En tus sueños, hombre —dijo Rhys, caminando hacia el muro y colocando su espada de práctica en la repisa. Gabriel hizo lo mismo, dándole una mirada escéptica a Rhys. —Soy cuatro años más joven que tú —señaló Gabriel. —Sí, y nuestras vidas antes de ser de los Guardianes no pudieron haber sido más diferentes —respondió Rhys encogiéndose—. Fui criado como el primogénito del líder de un clan de las Tierras Altas. Tenía un montón de responsabilidades a muy corta edad. Estuve ocupado todos los días desde que tuve siete años, entrenando a otros a los doce, y luchando por el rey a los veintidós. Siempre supe que iba a.... Rhys se detuvo a mitad de la frase. “Gobernar a mi pueblo” estaba en la punta de su lengua, pero no pudo decirlo. Su quijada se tensó mientras consideró, por milésima vez desde el año pasado, el hecho de que nunca gobernaría nada. Él había sacrificado ese derecho en el momento en que hizo un trato con Mere Marie. —Rhys… ya no estamos en 1764 —dijo Gabriel, mirándolo con una expresión casi de pena que hizo que le ardiera el estómago a Rhys—. Es el año 2015, y necesitas acostumbrarte al hecho de que eres un guardián ahora. Una simple abeja obrera en la pequeña colmena de Mere Marie, protegiendo a Nueva Orleans. No es como si fueras el único que ella trajo de hace cientos de años en el pasado para jugar a los soldaditos. La quijada de Rhys se tensó más ante el tono casual de Gabriel. Era cierto, Rhys había renunciado a su clan y a su derecho, a cambio de que Mere Marie garantizara que su pueblo sobreviviría y lucharía sin importar cuántas amenazas enfrentaran. Eso no significaba que Rhys olvidaría su vida anterior o que pretendiera que no se arrepientía de sus decisiones. Rhys y Gabriel habían tenido esta misma discusión cientos de veces el año pasado, y aprendían los fortalezas y debilidades de cada uno mientras entrenaban como una unidad de combate cooperativo. El tercer guardián de su equipo… bueno, era un gran luchador, pero era considerado menos amistoso. Rhys todavía consideraba a Aeric, el guerrero vikingo que de alguna forma había terminado en su grupo, de manera misteriosa. —Muero de hambre —resopló Gabriel, interrumpiendo los pensamientos de Rhys. Rhys intuyó que Gabriel buscaba cambiar de tema para eliminar su flujo de pensamientos deprimentes. Rhys sabía que lo hacía por la amistad que forjaron en todo ese tiempo. Los dos hombres habían encontrado una forma tranquila de entendimiento mutuo el año pasado, al menos mejor que el que habían conseguido con Aeric. Aeric seguía siendo el solitario y reservado. —Muy bien, muy bien —dijo Rhys, pasando una mano por sus cejas—. Vi a Duverjay preparar unos emparedados cuando veníamos para acá. Gabriel y Rhys dejaron el gimnasio y caminaron a través del amplio campo verde que formaba parte del patio trasero de la mansión. Entraron en la casa principal y cruzaron la sala de estar para llegar a la cocina, donde el mayordomo de la Mansión Duverjay acomodaba unas bebidas energéticas en un bol con hielo. El nativo bajito apareció el primer día que Rhys llegó a la mansión, listo para servir a sus necesidades, pero Rhys estaba seguro de que Duverjay también reportaba cada uno de sus movimiento a Mere Marie. —Ah, Duverjay, siempre sabes lo que me gusta —se burló Gabriel. Duverjay levantó una ceja, pero no respondió. El hombre era de la escuela clásica de mayordomos, y sabía que si le seguía el juego a Gabriel terminaría iniciando sus días de trabajo en sandalias. Los Guardianes atormentaban a Duverjay sin piedad sobre su impecable traje n***o y camisa blanca que llevaba a diario. El mayordomo nunca varió nada en su uniforme autoimpuesto, pero eso no lo detenía de lanzar miradas de reproche a los Guardianes cada vez que paseaban por la mansión en shorts deportivos y zapatillas tras un día largo de entrenamiento. Formados por Mere Marie con la intención específica de proteger la ciudad de Nueva Orleans de una marea de peligros y maldades, en especial de una escurridiza y oscura figura conocida como Pere Mal, los Guardianes pasaban gran parte de su tiempo patrullando las calles de la ciudad. Ellos, generalmente, monitoreaban todas las ocurrencias de los Kith, o comunidad paranormal, pero podían ser llamados para ayudar a los humanos si la emergencia era grande. Cuando no estaban patrullando, los Guardianes entrenaban o mejoraban sus habilidades con el manejo de las armas, usualmente en la galería de tiro con pistolas y ballestas. El mayordomo tenía razón en llevar trajes y corbatas, planchados y listos, a cada dormitorio de los Guardianes. Para que en cualquier momento, ellos pudieran cambiar sus jeans y botas sucias de escalar por una vestimenta más acorde para cenar. De todas las cosas de la era moderna, los jeans ajustados y los coches veloces eran los favoritos de Rhys. Aunque había dejado muchas cosas en su antigua vida, Rhys había llegado a apreciar ciertas partes de la nueva. En el año 2015, pudo conseguir una gran variedad de vinos finos y de whisky, para empezar. La infinidad de estilos de ropa era increíblemente amplia, aunque Duverjay hacía la mayoría de las compras de vestuario para los Guardianes, ese hombre siempre tenía ojo para el buen vestir. Había algo que faltaba decir sobre la comida, una deslumbrante lista de opciones para cualquier tipo de carnes rojas y blancas que Rhys nunca había conocido antes, multiplicada por mil. Rhys prefería sobre todas las cosas una buena pieza de salmón rostizado, papas cocidas y una fresca ensalada de vegetales. Usualmente acompañado con un vaso de whisky escocés, aunque procuraba no consumir demasiado alcohol. El estómago de Rhys rugió, y se dio cuenta de que se estaba emocionando por la idea de comer salmón, pues había ganado un apetito voraz entrenando con Gabriel. Maldita sea ese hombre, pero el otro guardián ya era casi tan bueno como Rhys en el manejo de la espada, por lo que tendría que trabajar más duro para que esos dos no lo superaran. —¿Y la cena? —preguntó Rhys al mayordomo. —Caballeros —dijo Duverhay con una ligera reverencia—. Hay una jovencita en apuros esperándolos en el vestíbulo. Deberían verla antes de comer. Rhys le dio a Duverjay una mirada curiosa, y luego, con Gabriel, se dirigieron al salón principal. Una mujer de piel clara esperaba ahí, frotándose las manos. Llevaba un vestido azul real que se ajustaba a cada curva. Con un par de zapatos de tacón alto, su vestido elegante no encajaba con su desesperada expresión. Duverjay se interpuso entre la chica y Rhys, colocando una mano consoladora en su brazo. Rhys notó que Gabriel se contuvo, aparentemente, al ver su condición. —Ella es Andrea —dijo Duverjay, dándole a la chica una sonrisa comprensiva—. Su madre está en apuros, ¿no es así, Andrea? La joven asintió, con los labios temblorosos. Rhys se sorprendió al ver cómo Duverjay se esmeraba por consolarla. Duverjay rara vez dejaba ver sus emociones, y Rhys nunca había visto al mayordomo expresar simpatía de ninguna forma. —Ese hombre, Pere Mal, tomó a mi ‘amá —sollozó Andrea—. Ella no hizo na’a malo. Ese hombre no podía llevársela así no ma’, solo porque ella trabaja’a en Le Marché, ¿o sí? Mere Marie, la voluble empleadora de los Guardianes, bajó por una de las dos grandes escaleras que flanqueban el salón principal, aunque Rhys no la había escuchado entrar. Era una pequeña mujer de unos sesenta años, pero Rhys sabía que Mere Marie tenía, al menos, tres o cuatro veces la edad que aparentaba. Tenía ese tono de piel distintivo de los nativos, color café claro, pero su cabello canoso y su acento de Nueva Orleans con un toque de francés daban la sensación de que tuviera sangre de varias castas: haitiana, nativa y europea, quizás también algo de española. Como siempre, Mere Marie estaba vestida con un conjunto de túnicas de algodón. El día de hoy, vestía una de color amarillo claro, arremangada hasta los codos. Rhys notó el aroma a anís y hierbas amargas, haciéndose más intenso a medida que ella se acercaba. Sus dedos y antebrazos estaban llenos de rayas verdes y amarillas, señales de que había estado trabajando en el apotecario, haciendo pequeños sacos que ella llamaba gris-gris. Trabajar para una sacerdotisa vudú nunca era aburrido, eso era seguro. Rhys se alejó de ese aroma embriagante que salía de Mere Marie, y esperó a escuchar lo que tenía que decir sobre el mayordomo trayendo extraños a la mansión. —Ah, Duverjay, veo que trajiste una familiar de visita al trabajo —dijo Mere Marie, arqueando una ceja. Rhys se volteó para ver a Duverjay y a Andrea, y de repente fue obvio que eran parientes. Misma nariz y mismos ojos marrón chocolate. Duverjay miró a Rhys y a Gabriel, como si los desafiara a decir algo sobre él o Andrea. —Mi sobrina de hecho, madame —dijo Duverjay a Mere Marie—. Espero que no le importe. Rhys miró a Mere Marie, preguntándose por enésima vez sobre qué había hecho para ganarse la lealtad y respeto de este hombre. Duverjay no cedía ante nadie, pero con Mere Marie se convertía en la imagen viva de la cortesía. —Entonces escuchemos —dijo Mere Marie, dándole a la joven una mirada escéptica. —Bueno, esta’a en mi trabajo en el Estilete, hablando con uno de mis clientes regulares. Este tipo, Amos. Da buena lana —Andrea tomó una pausa y respiró agitada. —Le conté una historia sobre mi ‘amá, sobre su trabajo en el merca’o vudú, cómo conocía a to’a esa gente. Brujas y psíquicos, gente que venía por sus hierbas y demá’. —Tu madre siempre tiene productos de alta calidad —dijo Mere Marie asintiendo. —Bueno, no imaginé que Amos trabajaría para alguien… no sé quienes sean, pero se lleva’on a mi ‘amá en mitad ‘e la calle. Ella ni siquiera pu’o cerrar su tienda ni na’a, y dejó la puerta abierta. Menos mal que to’os le temen a mi ‘amá —refunfuñó Andrea. —¿Y Amos te dijo dónde estaba tu madre? —preguntó Duverjay. —Nah. Creo que ese tipo, Perma-lo-que-sea que sea su nombre, tenía otro lugar en el puente ‘onde tenía cautiva a la gente. Amos lo hacía sonar como… —Andrea hizo una pausa y tembló—. Como si no fuera gran cosa. Eso e’ un problema. —Hablas de Pere Mal, al parecer. ¿Por qué tendrían a tu madre de rehén? ¿Acaso ella tiene algo que ellos quieran? —preguntó Mere Marie, inclinando su cabeza. —Amos me daba buena propina hace una semaa, pidiéndome que buscara cie’ta persona. Una médium, así la llamó. Alguien muy fue’te, sin escudos para evitar a la gente. Mi ‘amá leía auras y otras vainas, ¿sabes? —dijo Andrea, haciendo señas con sus manos para imitar un aura—. Ella dijo que esta chica llegó y busca’a una hierba, algo que hiciera que no viera fantasmas y eso. Mi ‘amá decía que el aura de esa chica era un poquito azul, significa que no tiene a nadie esperándola en casa. De todas formas, Amos pregunta’a, así que le dije sobre la chica. Supuse que quería contactar un fantasma o algo así. —¿Y ellos secuestraron a tu madre para encontrarla? —preguntó Rhys, llenando los huecos de la historia. —Sí. Su nombre es Echo Caballero. Amos la llamó algo más, también… Una luz o una vaina así— susurró Andrea. —Cuida tu lenguaje —advirtió Duverjay con el ceño fruncido. —Perdón, tío George —Andrea le dio una sonrisa de arrepentimiento y Duverjay le dio un gentil abrazo. —Busquemos algo para que bebas, ¿bien? —dijo Duverjay, lanzando a Rhys una mirada amenazante mientras llevaba a su sobrina a la cocina—. Deja que ellos trabajen en cómo recuperar a tu madre. Después de que se alejaron de cualquier percepción auditiva, Gabriel soltó un suspiro de preocupación. —No sabía que ahora le hacíamos encargos personales a Duverjay —se lamentó. —No fue por eso que Duverjay la trajo —soltó Mere Marie, lanzando una mirada de reproche a Gabriel—. Él la trajo porque involucra a Pere Mal. Y qué bueno que lo hizo, si esta mujer es lo que creo que es. Las Tres Luces deben ser protegidas, alejadas de Pere Mal a toda costa. —¿Qué son las Tres Luces? —preguntó Rhys. Trabajar para Mere Marie le había abierto a Rhys un nuevo mundo, y cada maldito objeto mágico parecía tener un título propio y una historia. Eso sin contar la extraña historia de Nueva Orleans y la mitología en la que estaban inmersos Mere Marie y Duverjay. Que Dios te ayude si llegases a nombrar al Barrio Burgundy como el vino, cuando los locales lo llaman Ber-GUN-di. —¿Dónde está Aeric? —preguntó Mere Marie, abanicándose—. Necesito a los tres Guardianes para esta tarea. Gabriel se volteó, arqueando las manos en su boca, y gritando el nombre de Aeric hacia el segundo piso, donde yacía la habitación del vikingo. Los cuatro pisos superiores estaban acomodados para que cada fila de puertas de madera negra saliera hacia una habitación que conectaba con las escaleras a cada lado de la mansión. Esto significaba que desde el vestíbulo, el volumen de ese grito fue particularmente impresionante, y Rhys sonrió ante la expresión de disgusto de Mere Marie por estar tan cerca del sonido. Segundos después, la puerta del segundo piso se abrió y un enorme hombre con el cabello color rubio oscuro apareció luciendo iracundo. —¿Qué? —preguntó Aeric, caminando hacia el barandal e inclinándose para verlos desde abajo. El acento de Aeric estaba mejorando, considerando que en el momento en que llegó a la mansión no sabía hablar, pero aún así seguía taciturno. —Nuestra señora nos necesita —dijo Gabriel, usando el título que impuso Mere Marie. Aeric les lanzó una mirada férrea, luego marchó hacia la sala bajando las escaleras. —Estaba en mitad de algo —les informó el exvikingo. Su acento noruego medieval era grueso cuando decidía hablar. En ocaciones, Rhys luchaba por entender las palabras entre todo lo que balbuceaba Aeric. —Ya no —le dijo Mere Marie cortantemente, girando y llevándolos a la enorme sala de estar. Duverjay y Andrea estaban en la cocina abierta, sentados en el bar y hablando en voz baja. Mere Marie los llevó a lo que los Guardianes llamaban “el mesón”, una enorme mesa de roble rodeada por varias ramas pesadas. Era su centro de reuniones cuando discutían sobre el negocio de eliminar demonios y, generalmente, de luchar contra las fuerzas malignas que amenazaban Nueva Orleans. Ella tomó asiento al final de la mesa, dejando a Rhys, Aeric y Gabriel buscando sentarse a su alrededor. —Pere Mal ha secuestrado a una pariente de Duverjay —le contó Mere Marie a Aeric, apuntando al mayordomo con una mano. Aeric frunció sus labios, quizás preguntándose sobre la cordura de Pere Mal al secuestrar a alguien tan cercanamente conectado a los Guardianes, pero no dijo nada. Ya sea que Pere Mal fuera consciente de los Guardianes o no, ese tema era frecuentemente debatido en la mansión, y justo ahora no era el momento de comenzar una acalorada discusión sobre un tema sin importancia. —Andrea dijo que el hombre de Pere Mal llamaba a la mujer “Luz”. Como una de las Tres Luces —dijo Mere Marie, lanzando una pequeña introducción—. Pere Mal está obsesionado con destruir el Velo, la barrera protectora entre el mundo de los espíritus y el nuestro. Él quiere ser capaz de gobernar a los espíritus de los ancestros, invocar sus poderes a voluntad. Desafortunadamente, eso implica que otras cosas crucen el Velo. —Supongo que eso es malo ¿verdad? —dijo Gabriel. —Digamos que todos tenemos fantasmas en nuestros pasados, y un espíritu vengativo sería una bendición comparado con las fuerzas más tenebrosas que podrían emerger —dijo Mere Marie. —¿Y qué son las Luces? —preguntó Rhys, curioso. —Pere Mal cree que Baron Samedi, un antiguo sacerdote vudú, encontró una manera de abrir el Velo. “Siete noches, siete lunas, siete secretos, siete tumbas”. Algunos piensan que son la llave para abrir las Puertas de Guinea, que conducen directamente al reino de los espíritus. Desde allí, ciertos… hechizos… podrían usarse para desgarrar el Velo para siempre. Aeric finalmente habló, dejando a Mere Marie con una mirada perpleja. —Tengo curiosidad sobre cómo sabes tanto sobre Pere Mal. Mere Marie se tensó por un segundo, y luego se volvió a relajar. Pasó tan rápido que Rhys pensó haberlo imaginado. —Tengo mis contactos —fue su única respuesta. Sus palabras eran ciertas, de hecho, ella tenía una enorme red de informantes a lo largo de la ciudad, todos hablando entre sí, pasando secretos uno a otro hasta llegar a los oídos de Mere Marie, quien tenía un lado encantador, una manera de hacer que la gente se relajara y se riera hasta querer contarle todo. —Cierto —dijo Rhys, meneando su cabeza por un momento—. Entonces, ¿las Luces son parte de un ritual o algo así? —No estoy segura —dijo Mere Marie, sorprendiendo a Rhys—. Ellas tienen diversas funciones. Andrea mencionó que esta chica, Echo, era una médium. Posiblemente que Pere Mal la necesite para invocar y comunicarse con un fantasma. —No hay forma de saber con quién quiere hablar —informó Gabriel—. Podría ser el mismo Baron Samedi, o un m*****o de su familia. Podría ser… —Cualquiera —finalizó Rhys asintiendo—. No estoy seguro de cómo pelear contra algo que no sabemos cómo buscar. —La chica. Busquemos a la chica —dijo Mere Marie—. Necesitamos usarla para encontrar el secreto antes que Pere Mal. El silencio reinó por un largo rato. —¿Sugieres que la usemos de la misma forma que el hombre de quien la vamos a rescatar? —preguntó Gabriel, frunciendo el ceño en disgusto. —Sí. Y creo… —Mere Marie pretendía mirar alrededor de la casa por un momento—. Ah, sí. Sigo estando a cargo aquí. Así que, si les pido que busquen a la chica, y que lo hagan pronto… les convendría hacerlo. —Se puso de pie, dándole a todos una mirada amenazante—. Usen el espejo adivino. Encuentren a la chica. La quiero tener en la mansión antes del amanecer —ordenó. Giró su cuello, produciendo varios sonidos fuertes, y dejó el salón sin mucho más que una mirada hacia atrás. —Bueno… muy bien —dijo Gabriel, con un claro resentimiento en su rostro—. Creo que probaré con el espejo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD