Capítulo cuatro
Rhys
Miércoles, 11 a.m.
—Necesitamos más que solo una vaga localización —dijo Rhys mientras los tres hombres miraban el espejo adivino, que estaba reflejando una brillante y colorida cuadra del Faubourg Marigny, un vecindario cercano al Barrio Francés lleno de hogares tipo cabañas nativas muy bien cuidadas—. El hecho de que esté en algún lugar de Barrio España no ayuda mucho.
—Hmmm… —murmuró Gabriel, pensando en ello—. Bueno, hay algo que podría intentar. Nunca lo he hecho antes, pero encontré un hechizo oscuro que podría mostrarnos cómo luce la chica.
—¿Implica matar a alguien? ¿Quemar algunas cejas? —preguntó Aeric, dándole a Gabriel una mirada de reproche. Hacía un mes, en su residencia, Aeric había dejado que Gabriel lo usara como sujeto de prueba para un hechizo de invocación en la mansión. La manzana en la mano de Aeric no se movió ni un poco, mucho menos salió volando a la mano en espera de Gabriel, pero Gabriel, de alguna manera, logró dejar a Aeric sin cejas ni pestañas, cosa que a Rhys le hizo mucha gracia.
—No —dijo Gabriel en defensa—.Ya te dije, una de las palabras en ese hechizo estaba mal. No fue mi culpa.
—La magia es del mago —indicó Aeric. El vikingo tenía fuertes sentimientos sobre la responsabilidad mágica, lo que hizo pensar a Rhys sobre la vida pasada de Aeric. Era evasivo al hablar sobre su habilidad de cambiar de forma y su conocimiento sobre la magia, desconfiaba de las mujeres y se sentía abrumado por la tecnología moderna. Desafortunadamente para la personalidad inquisitiva de Rhys, Aeric era un bastardo reservado que nunca hablaría sobre su pasado por más de un minuto.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Rhys, revisando su reloj de pulsera dorado—. No tenemos tiempo para esto. Gabriel, haz el conjuro.
—Necesito a la chica. Me refiero a Andrea —dijo Gabriel.
Trajeron a Andrea, con Duverjay flotando en el escenario y lanzando miradas desconfiadas a los Guardianes. Gabriel había empezado a tomar una página del libro de Mere Marie; cuando lanzaba hechizos, él combinaba los ingredientes físicos antes de tiempo y los guardaba en un saco pequeño de lino blanco. Dependiendo del hechizo, el saquito podía ser cargado bajo la ropa y en contacto con la piel, quemado dentro de un círculo de sal, lanzado al río, o cualquier otro gesto simbólico.
Este hechizo requería que Andrea colocara el saquito del tamaño de una moneda en su lengua mientras visualizaba al objetivo del hechizo. Rhys hizo una mueca comprensiva cuando Andrea olfateó la pequeña bolsa y palideció a causa del olor, pero siguió las órdenes y cerró sus ojos.
Tras un breve encantamiento, Gabriel levantó sus manos ante el rostro de Andrea. Hizo un gesto intentando halar algo, tomando el aire cerca de sus ojos y llevando sus manos hacia atrás. Una delgada niebla gris apareció en el aire, formando frente a ellos una imagen móvil en blanco y n***o de la joven mujer de la cual la madre de Andrea se había hecho amiga.
La imagen era borrosa, no daba muchos detalles. La mujer tenía piel pálida, cabello claro, ojos oscuros y un rostro con forma de corazón. Una mirada a su cuerpo mostraba una chica con figura de reloj de arena curvado, pero con un vestido modesto al estilo retro. Por alguna razón, aunque los detalles eran pocos, Rhys sintió una sensación de atracción por debajo de su estómago.
Suprimió esa extraña reacción tensando su rostro. No había estado con una mujer desde que llegó a Nueva Orleans. Las mujeres modernas eran un acertijo para él, jugaban con reglas que él no entendía, usaban tecnología que él no quería o necesitaba, esperaban… Bueno, no un cortejo ciertamente, Rhys lo tenía muy claro.
Él estaba solo en la mansión, y a diferencia de Gabriel, no se esforzaba en acostumbrarse al humo de cigarro de los bares y los ruidosos clubes nocturnos. A decir verdad, bailar era la peor parte. La más forzada interacción social de todas, con “música” que Rhys despreciaba, todo eso mientras se presionaba contra una mujer extraña...
Sacudió su cabeza y se concentró en lo que tenía enfrente.
—Listo. Hemos terminado —le dijo Gabriel a Andrea, que lucía aliviada mientras escupía el saco en su mano—. Quédate con Duverjay hasta que liberemos a tu madre, ¿sí?
—Gracias —dijo Andrea, permitiendo al mayordomo llevarla de vuelta al salón principal. Duverjay y Mere Marie tenían habitaciones en el cuarto piso, y Rhys supuso que Duverjay dejaría que Andrea durmiera en el suyo por la noche.
—Es hora de la parte divertida —dijo Aeric, esbozando una de sus extrañas sonrisas.
Rhys y Gabriel siguieron a Aeric mientras salían por la puerta trasera, cruzando el patio y hacia el gimnasio. Este estaba dividido en tres segmentos. La zona más grande tenía el área de entrenamiento que Rhys y Gabriel habían usado; el suelo podía transformarse en goma dura, placas más suaves o, incluso, un cuadrilátero listo para practicar boxeo. El segundo segmento más largo tenía equipo de entrenamiento y de ejercicio: pistas de carreras, estantes de pesas de varios tamaños y todo tipo de equipo especializado para mantener sus cuerpos en perfecta forma para portar espadas. El último segmento, más pequeño que el resto del gimnasio, era también el único lugar protegido con detector de huella dactilar y escáner de retina.
Aeric cruzó todo el gimnasio hasta la jaula de barras negras y se detuvo en la puerta para el escaneo rápido, desactivando las cerraduras de la puerta de un metro de grosor. La abrió de golpe y entró, esperando a que Rhys y Gabriel lo siguieran.
Rhys miró las barras de metal que formaban las paredes de la jaula, cada una llena hasta el techo con filas de armamento. Rifles y armas nuevas, a la derecha; espadas y armas antiguas, a la izquierda. Gabriel fue hacia la derecha, y Aeric y Rhys hacia la izquierda. Típico, ya que Gabriel se había ajustado a la tecnología del siglo XXI con facilidad, a diferencia de Aeric y Rhys, a quienes les costaba un poco más. En especial, a Aeric. Él había aprendido lo mínimo sobre armas y computadoras, pero solo eso.
Quizás fue por el hecho de que, aunque los tres hombres aparecieron en la misma época, Aeric y Rhys eran mucho más viejos que Gabriel, que había vivido treinta años antes de unirse a los Guardianes. Su envejecimiento humano se detuvo solo unos meses antes de llegar a la mansión, treinta años siendo el punto común estático para los ursos —personas que tomaban forma de osos—. De cualquier forma, Rhys y Aeric fueron directamente a las espadas. Rhys escogió una espada escocesa balanceada y Aeric tomó una espada ancha y pesada. Eso decía mucho de sus estilos de pelea, con Rhys escogiendo maniobrabilidad y Aeric pura fuerza bruta. Cruzaron caminos con Gabriel, quien había tomado dos pistolas negras y una riñonera doble.
Mientras Gabriel se dirigía a buscar una espada ligera, Rhys y Aeric escogieron sus armas. Había una regla de los Guardianes que Mere Marie había establecido: “si pelean en el mundo moderno, necesitarán equipo moderno”. Si alguien disparaba un arma de fuego, los Guardianes tendrían que responder igual. Aún así, las armas de fuego jugaban poco en ese mundo. Era natural para Rhys y Aeric pelear con sus espadas, y el trabajo usual de los Guardianes de enfrentar demonios y vampiros peligrosos y sedientos de sangre eran actividades que requerían espadas.
—No olvides tu uniforme —le dijo Rhys a Aeric mientras salían de la jaula. Duverjay tenía tres paquetes con el equipo esperando sobre una mesa, cada paquete etiquetado con los nombres de los Guardianes.
Rhys tomó las botas de combate negras, pantalones oscuros de camuflaje, franela gris, un cinturón especialmente hecho para las armas y un chaleco antibalas n***o. Cada objeto tenía el blasón de los Guardianes Alfa, la cabeza de un oso rugiendo sobre dos espadas cruzadas, con las letras G y A en cada lado. Salió al pequeño cuarto de casilleros al lado de la jaula, y se vistió.
Después de ponerse el portaarmas en su cinturón, aseguró las correas en cada pierna, a la altura del muslo. El cinturón tenía una funda a su izquierda para su espada y dos portapistolas a la derecha, una en la cadera y la otra quince centímetros más abajo. La parte trasera de la riñonera tenía unos clips cargados para las armas especiales calibre treinta y ocho que tenía, y guardaba más munición en su chaleco.
Afuera de los casilleros, los Guardianes tomaron un minuto para verificarse a sí mismos y entre sí, asegurándose de que todo estuviera en su lugar y nadie olvidara nada vital. Otra de las reglas de Mere Marie, algo que sintió que motivaría el trabajo en equipo.
De los miles y miles de términos que aprendió Rhys en el último año, trabajo en equipo era el que menos le gustaba. Su uso sugería una tarea poco placentera o el autosacrificio por el bien mayor, y Rhys había hecho mucho de ambos durante su vida. Aún así, había empezado a gustarle trabajar con Gabriel y Aeric, el confiar en ellos durante la batalla. Gabriel tenía un vasto conocimiento sobre la magia, y Aeric… Rhys todavía no había descifrado a Aeric aún, pero el sujeto sabía un poco sobre casi todo.
—Andando —dijo Aeric.
Dejaron el gimnasio desde el lugar opuesto por el que entraron, cruzando un corto pasillo que llevaba a la salida. La mansión estaba situada en El Malecón, justo al norte del Barrio Francés, en un vecindario histórico llamado La Treme. La mansión y sus terrenos ocupaban casi una manzana, y los Guardianes todavía tenían que usar un garaje de tres pisos en la parte trasera de la propiedad para guardar sus numerosos vehículos.
Ya que viajaban juntos y querían moverse rápido, Aeric tomó las llaves de una pequeña camioneta blindada de la jaula de armas y se las lanzó a Rhys, quien era el conductor designado del grupo. En menos de un minuto, estaban saliendo del garaje y directo al vecindario Marigny.
El viaje fue corto, apenas un par de kilómetros. Había poco tráfico en el área debido a que era un miércoles después de las diez, por lo que aparcaron en un lugar del Barrio Español unos minutos después. La calle era residencial, alineada con varias casas coloridas tan viejas como la ciudad misma. Todo el vecindario tenía casas rústicas. Rhys saltó y miró a su alrededor, tratando de localizar el área donde el espejo adivino había mostrado al objetivo.
“Echo”, pensó distraídamente, “un bonito nombre”. Rhys se regañó e intentó volver a concentrarse, pero Gabriel ya lo había resuelto.
—Es ahí —apuntó Gabriel—. Unas calles más abajo. La anaranjada de allá.
El otro guardián tenía razón. La distintiva casa color melón se encontraba entre una azul y otra verde lima. Tres edificios alegres y bien cuidados eran idénticos, excepto por el color. Rhys salió al trote, cerrando el coche con el control mientras bajaban la calle.
Rhys se detuvo en la acera frente a la casa naranja, número trescientos siete. Siguió caminando unas casas más, hasta un punto donde crecían unos árboles de mandarinas; su grueso follaje le daría algo de cobertura a los hombres.
—Aeric, vigila el oeste —dijo Rhys, apuntando hacia donde provenían—. Gabriel, el este. Vigilaré movimientos en la puerta frontal.
No tuvieron que esperar mucho. Unos minutos después de que iniciaran la guardia, la puerta de la casa número trescientos siete se abrió con un fuerte golpe. Hubo un sonido de grito y una voluptuosa rubia en un traje de la marina conservadora salió de la casa. Lucía en apuros.
Rhys pudo sentir la tensión de Gabriel y Aeric a su lado, el sentimiento naciente de aquellos tiempos de guerra, luchando codo a codo con sus compañeros. Un segundo antes, Rhys estaba listo para saltar a la acción, y al siguiente una rubia lo miraba directamente a los ojos. Un segundo antes, era un guerrero listo para la batalla, y al siguiente, se encontraba pasmado. Sus ojos lo cautivaron, como dos pozos de la más pura e increíble amatista, un púrpura real con destellos de oro derretido.
“Debe ser mía”, pensó.
Rhys sintió que su oso se movía dentro, saliendo a la superficie, pero sin forzarlo a cambiar forma. Sus labios se abrieron por voluntad propia, y un grito ahogado cruzó su garganta. Entonces empezó a moverse, sin pensar en otra cosa que en la necesidad de tocarla, de protegerla.
—Es mía —gruñó.
Una forma oscura apareció en la línea de visión de Rhys, algo que no pudo comprender en el momento. La sombra oscura chocó con la pareja de Rhys, quién soltó un grito de sorpresa.
Pop.
Rhys frenó de golpe, mirando el espacio vacío. Aunque la mujer había estado en la acera hacía un momento, a menos de quince metros de distancia, ahora se había... ido.
—La lanzó a una vía de escape —dijo Gabriel, apareciendo al lado de Rhys—. Un pliegue de espacio entre nuestro mundo y el más allá. No podemos seguirla, sería imposible saber exactamente dónde está.
Rhys parpadeó un par de veces, mirando sus manos, aparentemente vacías. Nunca antes había sentido una pérdida así, incapaz de entender, incapaz de explicar...
—Rhys —dijo Aeric, colocando una mano en su hombro—. Mantén los ojos abiertos.
Rhys se volteó a verlo, mostrando sus colmillos. Su oso respondía a la pérdida de su pareja, desgarrando los últimos vestigios del sentido común. Algo en los ojos color azul hielo de Aeric se movió, en respuesta al desafío de Rhys.
Rhys movió su cabeza hacia atrás, su boca siguió el cielo y su cuerpo empezó a desgarrarse. Sus huesos cambiaron mientras el hombre se convertía en oso. Furioso y devastado, Rhys soltó un alarido frenético y desesperado.
Con las cuatro patas en el suelo, se giró y corrió por la calle, olvidándose de todo excepto de lo que había perdido.