Prólogo
¿Cómo trato de pensar de una forma llana y simple que casarme con uno de mis primos es algo normal?
¿Qué cómo está sucediendo eso?
Pues hace décadas los matrimonios entre parientes han dejado de realizarse. Pero mi familia es de las más arcaicas de la sociedad. En especial mi abuelo, James Wilkinson que antes de morir concertó mi matrimonio. Nadie de mi familia sabía nada, pues mi padre no era el hijo primogénito de el título de los Wilkinson. Pero su hijo mayor y actual marqués de Lodge no tuvo hijos y está entrando a sus setenta. En la línea le sigue mi padre que claramente sólo tuvo hijas hembras, por tanto antes de que el título recayera en manos de los Nostell, que son nuestros parientes lejanos, el abuelo James decretó que la sangre Wilkinson debía seguir corriendo entre los marqueses de la casa Minsteracres nacidos.
No sabía cómo pues por años estuvo lamentando el hecho de la pérdida del título, ya que el siguiente marqués no, el siguiente del siguiente... —¿si me entienden verdad?—, ese sería Henry Holkham de Nostell, baronet por cortesía real y estaba casado.
El abuelo no veía cómo el título podría seguir en nuestro árbol genealógico. Hasta que un día llegó la noticia de la inminente muerte de su esposa, la baronetesa Anne Holkham. Y ese hecho tan fatídico dio a luz mi repugnante destino.
Tantos jóvenes en los salones de bailes. Tantos apuestos caballeros con atractivos rostros y títulos dignos de mención en las calles transitadas de Londres.
No.
Condenación.
Tuve que ser el cordero expiatorio. Tuve que casarse como sacrificio por la familia.
Y ahí estaba yo.
Viendo a los ojos al sujeto que en minutos sería mi esposo. A quien debía amar y honrar sobre todas las cosas. A quien vería todos los días, con quién desastrosamente debía tener hijos.
Un hombre muy mayor para mí, aunque quizás exageraba. ¿Cuantos años era que me llevaba? Casi dieciséis años a mi parecer.
¿Que si era atractivo?
Bufo.
¿Un hombre viejo, con una hija de mi edad y una inmensa cicatriz en un lado de su cara lo puede ser?
Dios.
Ni siquiera le conocía.
¿Díganme que no es el peor destino al que pude ser sometida?