-DE PRINCESA A DUQUESA- Crónica de una Redención imputada.

1760 Words
Larkin festejaba con sus lacayos, desde lejos, sus ojos captaron la señal discreta de la matrona indicando que la joven estaba lista, saboreando su victoria, murmuró con voz ronca: -El momento llego- Un coro de aplausos y vítores estalló a su alrededor, mientras Madame Rufia, con un nudo en la garganta, observaba en silencio la arrogancia creciente de su señor. Con paso firme y decidido, Larkin subió las gradas hacia su alcoba; y entonces… Adelaide escuchó pasos lentos, pesados, determinados, él se acercaba mientras ella, al escucharlo sentía un terror ancestral, solo alcanzó a susurrar en su interior: "Diosa madre... protégeme y que sobreviva esta noche." El sonido de sus botas resonó con fuerza sobre el mármol, ese andar lento fuera de lo normal; estampaba que, la pócima había surtido efecto, no lo suficiente como para derribarlo… pero sí para enturbiarle los sentidos. La puerta se abrió con violencia, como una sentencia que no admite apelación… -Mírame… y no bajes la mirada - decretó él, con la voz grave más que de costumbre, ella obedeció. Su mirada se cruzó con la de él: los ojos del Duque brillaban, pero no de deseo… sino de posesión, como un depredador que sabe que su presa no puede escapar, había perfume de vino en su aliento, pero no el descontrol de la embriaguez, solo ese letargo turbio… peligroso, esa quietud que no adormece, sino que avisa: algo está por desgarrarse. Sus ojos ávidos, recorrieron con deleite la figura temblorosa de su ya esposa, una sonrisa lenta, casi lasciva, se dibujó en sus labios, la rodeaba lentamente por la alfombra circular con la calma feroz de un depredador como mercando una joya desvalijada, -tan perfecta- murmuró; y, abruptamente, le arrancó la bata de un tirón, la tela cayó al suelo con un susurro seco, dejando su cuerpo completamente expuesto a su deleite. Adelaide ahogó un gemido de espanto, retrocediendo un paso, cubriéndose instintivamente con los brazos. El Duque rió por lo bajo, un sonido oscuro, satisfecho, y con impulso firme y decidido, separo sus brazos y con una voz de dominio dijo: —No te cubras te lo ordeno, que quiero conocerte toda, eres más hermosa así — observándola, desnuda, vulnerable, petrificada como quien contempla un cautivo resistirse antes de rendirse. Sus dedos comenzaron a deslizarse por la piel desnuda de Adelaide lentamente. —Mira al frente, sube el mentón, permanece firme, no te muevas — dictaminó, con voz grave y exacta, ella obedeció, rígida como una estatua tallada con miedo. Entonces, sin aviso, él separó con firmeza sus piernas de par en par con sus dos manos, obligándola a mantenerse así, se agachó hasta quedar a la altura de sus pies, y desde allí subió lentamente su mirada con desvergüenza, como si la estuviera desarmando con los ojos, memorizando cada curva, cada estremecimiento involuntario, cada respiración contenida de ella —Te han preparado bien... —dijo, con un tono ambiguo, casi burlón Se incorporó lentamente, llevándose una mano al mentón y expresó con sarcasmo la palabra “princesita” como una daga envuelta en terciopelo, diseñada para humillarla… Se acercó hasta quedar frente a su rostro —¿Tienes miedo? — preguntó, sin quitarle los ojos de encima, pero no era una pregunta, era una afirmación disfrazada, un juego cruel donde él ya conocía la respuesta… disfrutando de la humillación hacia ella, -Ahora no estas protegida por el Reino de Albagard trono en el que me rechazaste… princesita, tu rechazo caprichoso morirá en esa cama …- —Mmm… cutis alabastrinus purus, regalis puritas… — murmuró Kaladin, olfateando su cabello y besando la parte trasera de su nuca. Él comenzó a musitar, en una mezcla de burla y deseo: —¿Vas a seguir mis instrucciones, princesita? — con la voz como un veneno dulce, reptando por su espalda. Adelaide no respondió, asintió con la cabeza, apenas perceptible, Larkin camino y se sentó en su trono saboreando cada segundo del dominio que ejercía sentado la observaba, los dedos tamborileando con paciencia en el apoyabrazos, una sonrisa sutil, ilegible, se dibujaba en su rostro. no había lujuria abierta, ni siquiera furia. solo el aire frío de quien sabe que todo le pertenece. -Camina por toda la habitación- ordenó, con esa voz baja que no admitía réplica. Adelaide dio un paso, y luego otro, el mármol parecía más helado con cada contacto de sus pies desnudos, la distancia entre ambos era corta, pero ella avanzó, paso a paso, como si el suelo fuese cristal a punto de romperse, cuando llego al lugar donde estaba el vestido roto, Larkin aplaudió y le ordeno: -date vuelta- miro placenteramente los remiendos del vestido de novia y con su mano dio una orden: -recógelo- , ella se arrodillo con torpeza, los dedos temblorosos acopió las telas, entre sus manos como si recogiera su propio orgullo hecho jirones, -camina hacia mi sin miedo princesita- él se levantó de su sitial y recibió los andrajos, y sin pestañear, los lanzó por la ventana, las telas volaron como hojas muertas, devoradas por la noche mientras se escuchaba los gritos y los aplausos de la gente que se estaba afuera celebrando. Luego, en un gesto tan repentino como cruel, la sujetó por la nuca, la fuerza en sus dedos la obligó a levantar el rostro, la besó, sin ternura, como si marcara su propiedad con violencia, ella intentó apartarse, un quejido ahogado escapó de su garganta, la princesa forcejeó, jadeó contra su boca, y logró apartarse con un leve grito. —¡Por favor… más despacio! — suplicó, sin poder ocultar el temblor de su voz. —¿Des…pacio? — repitió, en un susurro que pesaba más que un grito. Su mano aún en la nuca se endureció. -Shhh… Tú no me das órdenes, princesita- Su aliento chocó contra su mejilla -Ni esta noche, ni nunca. - Adelaide sintió el miedo abrirse paso por su espalda como un hilo helado, el rostro del Duque estaba tan cerca que no podía huir de su mirada, en sus ojos, no había pasión, solo posesión. —Ah, mi dulce princesita… tan frágil y temblorosa, lista para romperse bajo mis manos, te voy a enseñar qué significa entregarte y como duele cuando el amor y el rechazo se vuelven uno… - Silencio incomodo… -Mírame te dije que no apartes la vista- ordenó, elevando la voz Ella obedeció, los ojos fijos en el suelo al principio… hasta que una mano firme le obligó a alzar el mentón. Adelaide contuvo el aliento mientras él, sin apuro, dejaba caer la última tela que cubría su cuerpo, Larkin avanzó con pasos torpes pero decididos, el deseo y el mareo que le provocaba la pócima casi lo desbordaban, su respiración era irregular, sus ojos ardían con una mezcla peligrosa de hambre, furia contenida y con deliberada calma, Al verla allí, vulnerable y temblorosa, algo en él se tensó como si su propia sangre ardiera, era ese instante tan anhelado: el punto exacto donde la victoria se vuelve tangible, caminó hacia ella con una calma envenenada, como quien se aproxima al altar de un sacrificio largamente planeado. Con movimientos impacientes pero medidos, retiró las telas del lecho. Sin vacilar, la alzó en sus brazos con una firmeza silenciosa y, en un acto seco y decidido, la arrojó sobre la cama. El colchón crujió bajo su cuerpo al caer, y antes de que pudiera incorporarse, ya la sujetaba por las muñecas con una fuerza contenida. Se asentó sobre ella, dejando que su sombra la envolviera por completo, su cuerpo, imponente, cubrió el de ella como si el mundo se cerrara de golpe, rozó su oreja con los labios, y el aliento cálido le recorrió la piel como una sentencia disfrazada de caricia. -No temas, princesita- susurró con una sonrisa que no alcanzaba a ser humana. - Aquí sucumbe la niña engreída de Albagard… y nace la Duquesa sumisa de Valdronia- Ya no había vuelta atrás… en ese instante, el Duque cegado por la ilusión del poder absoluto, estaba decidido a doblegarla por completo; y, sin darle tiempo a reaccionar, la envistió con fuerza, Adelaide soltó un grito ahogado, no por el dolor físico del acto (pues no era virgen) sino por el terror visceral de tan vergonzoso momento, su cuerpo tenso se estremecía sin poder evitarlo mirando como el gruñía y jadeaba sobre ella, cerró los ojos con fuerza, se refugió en un mundo de recuerdos dulces: los brazos de su verdadero amor, el aroma de los jardines de Albagard engañándose hasta que la tortura finalice Larkin yacía junto a ella, la respiración aún agitada pero segura, como un soberano que acaba de marcar su territorio, sus ojos, sombríos y encendidos, brillaban con la certeza de quien ha reclamado lo que considera suyo, no había palabras entre ellos, solo el pulso lento del silencio que se impone cuando todo ha sido consumado, giró levemente el rostro hacia ella y, sin dejar de mirarla, inhaló profundamente, la oscura satisfacción tatuada en sus ojos: -Esta noche quedó grabada en mí como una marca indeleble. Imposible de borrar. Imposible de olvidar-, con una sonrisa fría, casi cruel, se acercó a su ya esposa, tocó su mejilla con un dedo y, con voz grave y cargada de ironía, susurró: -Te amo-, pasó una mano por su cabello despeinado, como si nada hubiera ocurrido, y salió del lecho dejando atrás un aire frío y denso, dejando tras de sí un silencio pesado y una herida abierta en el alma de Adelaide. Bajó al gran salón con paso triunfal, como habiendo ganado una guerra, las puertas se abrieron como si anunciaran a un emperador, los nobles de su círculo, empleados y aduladores lo rodearon sin demora, brindando no por amor ni por la unión, sino por él, - ¡Por el duque, que eligió la paz en lugar de la conquista- —exclamó alguien entre risas y aplausos! Él no los corrigió, solo alzó su copa y bebió, no había esposa a su lado, no la necesitaba allí para celebrar lo que, para él, era una victoria más. Mientras tanto, en lo alto de la torre, Adelaide yacía en el lecho que apenas horas antes había sido su prisión, el eco de la fiesta subía como una burla cruel y su nombre, mencionado entre susurros triunfales, las lágrimas empezaron a deslizarse en silencio, hasta convertirse en sollozos que no pudo contener, aun así, su derrota era victoria silenciosa: engaño a su esposo sobre su pureza y su embarazo, y poco a poco, el cansancio la venció y se quedó dormida.
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