Mientras se alejaba, la rubia no dejaba de voltear a ver si la seguía, la distancia se estaba acortando y Ugalde, ni siquiera pensaba en el hombro que le sangraba abundantemente y mucho menos en el costado de su cuerpo que también sangraba, la adrenalina lo hacía seguir tras de aquella asesina serial, aquella podría ser su detención más importante y eso era todo lo que le importaba.
La emoción del momento lo mantenía en la carrera, tenía que atrapar a aquella peligrosa mujer que no dudó un solo instante en dispararle, confiada en que lo mataría antes de que pudiera detenerlos.
Habían corrido dos calles y Samuel, estaba por alcanzarla cuando de pronto, ella se volteó y disparó de nuevo contra él, sólo que esta vez no hizo blanco, el agente no había detenido su loca carrera y llegó hasta donde ella no se lo esperaba, ya que daba por sentado que al dispararle haría blanco o provocaría que el agente se detuviera para evitar que la bala lo hiriera.
Al verlo acercarse, reaccionó y trató de golpearlo con la pistola, Samuel, pudo esquivar el golpe, aunque la patada que ella le tiró, le pegó en el muslo derecho, provocándole un gran dolor, con la mano izquierda ella lo golpeó en el rostro antes de que se repusiera, Ugalde, estuvo a punto de caer por la fuerza del puño en su rostro.
Soportando el dolor que sentía en el muslo, en el brazo y en el costado de su cuerpo, Samuel, esperó el siguiente golpe que ella lanzó con la mano derecha, empuñando la pistola y tratando de golpearlo con el cañón de la misma.
El agente, detuvo el golpe con el antebrazo y en un movimiento reflejo le tiró un puñetazo dándole de lleno en la cara y haciéndola caer de nalgas en el pavimento al tiempo que soltaba la pistola.
Ella comenzó a gritar desaforadamente, solicitando ayuda gritando que la querían violar, él se acercó a ella en el momento en que varios curiosos también se acercaron intentando detenerlo, sin precipitarse, sacó su credencial y les gritó para detenerlos:
—Policía judicial… será mejor que no intervengan.
Los curiosos se detuvieron y Ugalde, sujetó de los cabellos a la rubia y trató de levantarla, y grande fue su sorpresa cuando se quedó con la peluca en la mano.
Entonces se fijó bien y era el muchacho que viera en la casa que vigilaba, su rostro sangraba de nariz y boca y se veía confuso, lo levantó por un brazo y en ese momento llegó una patrulla de uniformados a bordo de una patrulla.
Las personas los habían llamado al oír los disparos, los policías apuntaron con sus armas a los dos en una actitud decidida y amenazante.
—¡Levanten las manos y no intenten nada! —les gritaron.
—Soy el agente de la judicial, Samuel Ugalde, en servicio —respondió sacando su credencial— espósenla y vamos por su cómplice que está a dos calles de aquí, son peligrosos asaltantes —dijo señalando la dirección y en ese momento se quedó sin sentido. La pérdida de sangre y el esfuerzo le pasaban factura.
Los policías llamaron a una ambulancia y unos minutos después, Samuel, era atendido en un hospital, cuando recobró el sentido, frente a él se encontraba Daniel Lugo y Vicente Rivas, viéndolo con un gesto de satisfacción en el rostro.
—La tenemos —dijo Lugo— o mejor dicho, lo tenemos, ya confesó haberle dado muerte a sus cómplices, ya cerraron el caso.
—Ya le dije al jefe que mientras tú seguías una pista, yo trataba de encontrar la relación entre los cómplices —dijo Vicente, con cinismo— no nos equivocamos pareja.
—El asesino serial, era un homosexual de los conocidos como travesti —comenzó a decirle Daniel— seducía a los hombres en un antro al que acostumbraba ir, ellos no tenían idea de que era hombre y se dejaban atrapar entre sus garras.
Cuando los invitaba a robar, ellos accedían de inmediato, ya que “ella”, les ofrecía que en cuanto tuvieran una buena cantidad de dinero “ahorrado”, se les entregaría sin condiciones, ya que desde que los conquistaba hasta el último golpe, sólo les permitía besos y caricias algo atrevidas.
La pasión que les demostraba, los enloquecía, incluso les llegó hacer de todo, menos tener relaciones sexuales, por lo que ellos esperaban ansiosos a que llegara ese momento que consideraban sublime.
En el cuarto o quinto golpe, accedía a ir con ellos a sus domicilios, se metían a la recámara y cuando las manos de ellos se encontraban con… “algo1 que no tienen las mujeres entre las piernas, se molestaban y le reclamaban.
“Ella”, les decía que los amaba, que los haría felices, que no importaba nada, mientras se apoderaba de su pistola, les insistía en seguir con la relación, más al ver que ellos se ponían furiosos por el engaño y amenazaban con golpearla, sacaba la pistola y sin compasión les disparaba al pecho.
Alega defensa propia, ya que sabía que esos “machitos” engañados, no iban a quedar conformes hasta darle una paliza que la mandara al hospital, o de plano la iban a matar a golpes, por lo que “ella” sólo se defendió de lo que hubiera sido su muerte segura, así que no era una “asesina”.
Ayer la consignaron al reclusorio en donde será enjuiciada, ya se verá si se le acepta la legitima defensa o lo catalogan como homicidio con todas las agravantes, lo más seguro es que vaya al reclusorio por muchos años, como asesino serial.
—¿Ayer? —preguntó Samuel— pues cuanto tiempo tengo aquí.
—Tres días, compañero, la bala no fue de peligro, la cuchillada sí que te lastimó de gravedad, si no te han traído tan a tiempo, tal vez no lo estarías contando —dijo Vicente viéndolo con atención— lo bueno fue que los policías vieron el arma asesina en el suelo y la tuya en tu funda, detuvieron a la “cosa” esa y fueron a donde les indicaste que estaba su cómplice, quién también está procesado.
—El último cómplice, quiere declarar en contra de “ella”, ya que dice que lo engañó haciéndose pasar por mujer y que le prometió grandes momentos de placer —agregó Daniel— la tenemos bien encerrada y gracias a ustedes.
—Bueno, jefe… dejemos que mi compañero descanse un poco
—¿Compañero? —preguntó Ugalde.
—Sí, desde el momento en que salgas, estarás asignado a homicidios de forma permanente, no puedo darme el lujo de perder a un elemento como tú —dijo Lugo
—Yo mismo le pedí que solicitara tu incorporación al grupo —dijo Rivas, sonriente y viéndolo a los ojos— como le dije al jefe, hicimos buena pareja y quiero seguir contigo
Los dos agentes salieron y en ese momento entró su esposa visiblemente consternada.
—No sabes cómo he sufrido estos días esperando que reacciones —le dijo Susana.
—Tienes razón, mi amor… no te mereces esto…
—Lo peor de todo es que nadie me decía nada, hasta que tu compañero, Vicente, como dijo que se llama, me consoló y me aseguró que ibas a estar bien, que te dispararon y te acuchillaron, pero que atrapaste a los asesinos, gracias a él pude tranquilizarme.
—Sí, es mi nuevo compañero… me acaban de asignar formalmente a homicidios.
—¿Y siempre va a ser así?
—No… no… para nada… esto fue algo sencillo… se va a poner peor… cada vez que me toque investigar algo… —dijo Ugalde, bromeando.
—No digas eso ni de broma, no quiero volver a pasar por una situación como esta, tienes que cuidarte más para que no me mates de un susto.
—Te prometo que así lo haré, ya lo verás.
Con Vicente, trabajó casi dos años, juntos resolvieron varios homicidios hasta que el veterano investigador se retiró. Lo cierto es que aprendió mucho de él ya que después de la detención de la rubia, le prestaba más atención a sus sugerencias.
No sólo fueron compañeros, se hicieron grandes amigos y varias veces fue con su esposa a comer con Susana y él, ya que a ella le caía muy bien Rivas, y le estaba agradecida por la forma en que se portó en el hospital.
Cuando se jubiló, Héctor Ruiz, se convirtió en su compañero y de él no ha tenido ninguna queja, siempre atento a todo, no protesta por nada y no le importa trabajar tiempo extra si es necesario, también le cae bien a Susana, su mujer.
—“Qué tiempos aquellos” —pensaba cuando vio la colilla del cigarro apagada entre sus dedos, iba a dejarla sobre el cenicero, cuando de pronto, unas suaves manos lo abrazaron por la espalda, y comenzaron a acariciarle el pecho con ternura, al tiempo que la dulce voz de Susana se escuchaba decirle:
—Ya acuéstate... ya es muy tarde... deja tus problemas para la jefatura, aquí eres solo mío y de nadie más… y lo sabes —dijo ella cariñosa como era su costumbre.
Las manos de Adriana recorrían el dorso de su amado esposo, sin llegar a donde estaba su virilidad en toda su excitación, Samuel, con tono de broma contesto:
—¿Sabes que eres muy posesiva?... Todo lo quieres para ti.
—Quisiera poder serlo para no permitir que te alejes de mi un solo momento, estar junto a ti haciéndote el amor noche y día —susurro ella con suavidad, al oído de su marido, sabiendo que eso lo excitaba más.
Ugalde, no le respondió, simplemente dio media vuelta y con la ardiente pasión que lo embargaba la beso en la boca, Susana, correspondió con igual intensidad y juntos se recostaron en la cama, sin dejar de besarse de aquella forma excitante y llena de deseo, ella se separó un poco de él para decirle con una ternura infinita:
—Acuéstate boca arriba, tú vienes cansado y no debes esforzarte, deja que todo lo haga yo… ya te tocará a ti —le dijo ella al oído y con un tono natural de picardía.
Samuel, iba a protestar, sólo que, sabía que era inútil y la obedeció, Susana, se despojó del sensual camisón con el que vestía y sus senos quedaron libres y bamboleantes, luciendo la plenitud de sus formas y de su tamaño, sus pezones estaban erectos sobre aquellas redondas esferas de carne tibia y cálida.
Cuando vio que Samuel, estaba recostado, a la expectativa, se montó sobre él colocando una pierna a cada lado de su cuerpo, y sin ninguna ayuda colocó sus tibios y sensuales pechos sobre el rostro de su amado.
Cubrió sus ojos en una suave caricia con sus senos en los parpados de él, y luego los bajo despacio hasta llegar a su boca, en donde los movió de lado a lado, con suavidad y sin prisas, permitiendo que la boca de Ugalde, aprisionara primero uno y luego otro, dejando que besara, succionara y disfrutara de aquellos deliciosos senos, los cuales eran recorridos por los labios y lengua del excitado agente.
Samuel, no utilizaba las manos, realmente no las necesitaba ya que ella le facilitaba todo para gusto y disfrute de ambos, ella sabía cuánto le gustaba a su marido tener al alcance sus endurecidos pechos, y él sólo se dejaba llevar.
Susana, siguió bajando con sus senos por el cuerpo de Samuel, rozándole el pecho, el vientre, hasta que llegó a su excitada virilidad, paso los senos en medio de aquella manifiesta excitación y luego, ayudada con sus manos la aprisionó entre la carne tibia de sus tetas, viendo con toda su atención como sobresalía, sin poderse contener lo aprisiono en su boca y comenzó a besarlo con pasión.
Samuel, se estremeció de placer, aquello era algo que ella pocas veces le había hecho, por lo que lo estaba disfrutando como nunca, los senos de ella se separaron y sus manos sujetaron, acariciando su masculinidad, mientras que con su boca seguía proporcionándole un intenso y delicioso placer.
Samuel, sintió que no iba a aguantar más aquel tratamiento y trató de sujetar la cabeza de su esposa para levantarla y hacerle el amor como lo estaba deseando, sólo que, antes de que lo hiciera ella se levantó y se montó sobre la cadera de él, acoplando sus cuerpos de manera perfecta para que se unieran en plenitud, una vez que lo logró, se recostó sobre el pecho de él y lo besó con amor.