Capítulo tres
Narración: Derecca Cartwright
Si alguna vez creíste que algo sumamente aterrador estaba pasando, y sentiste que estabas soñando pero no era así, bueno; ya tienes una clara idea de lo que me pasaba en ese momento.
—¿Adeline...? —intenté preguntar, pero mi boca parecía estar llena de algodón.
Mi cerebro se negaba a aceptar lo que mis ojos veían. Era una ilusión, sí, quizá alguien le puso algo a mi comida 'eso' tiene una explicación. Pero, maldita sea, ¿cuál seria?
—¡Derecca, corre! —gritó Adeline, pero yo simplemente me negaba a apartar mis ojos de esa cosa.
No podía creer que dos chicos guapos del equipo contrario acabaran de convertirse en piel arrugada, alas de murciélago y cara de ancianas mal cocidas.
Mis demás compañeras estaban como locas gritando:
—¡Secuestradores! ¡Profesor, hay secuestradores con pasamontañas! —le chillaba Audrei, una chica bajita, bonita y de cabello n***o azabache al profesor de educación física.
Esperen, tiempo muerto.
¿Secuestradores? ¿Pasamontañas? ¿Qué acaso no veían a esos murciélagos caducados en medio del gimnasio con espuma saliendo de sus bocas?
Parecía que no. Y Adeline corrió a mi lado con una cara muy pálida.
—¡Sorda! ¿no me escuchaste? ¡corre! —exclamó cuando llegó a mi lado.
—¿Correr? —pregunte—. ¿Y esas cosas...no estoy soñando, verdad?
—No, esas cosas tú las conoces. Lo que te dije acerca de que algún día me agradecerías por tanto estudiar mitología... Es cierto; ahora mismo debes poner a prueba todo lo que hemos aprendido —dijo con urgencia y yo estaba al pendiente de cada una de sus palabras.
—¿Esas cosas son... Lo que creo que son?
Ella asintió.
—Santo Madre, ¿me he vuelto loca o algo así? ¿Esto es cierto?
Ade volvió a asentir.
—¿Qué hacemos ahora?
—Correr —sugirió.
Negué con la cabeza.
—Huir no es una opción.
—¿Qué has dicho? —pregunto con sorpresa.
Y lo supe, en lo más profundo de mi, que debería quedarme a luchar con esas... Furias. No soy ninguna cobarde. ¿Quería que algo fantástico me pasara, no? Bien, hay lo tengo. Debo enfrentarme a ellos. O ellas. O lo que sea que sean. Porque yo soy una masoquista, y lo deseaba.
—Huir no es una opción —repetí—, lucharé con las furias. Pero, ¿Se supone que los... Las destruya con mis manos? —pregunte. Las Furias aún estaban espantado a mis compañeros y todavía no venían a por nosotras.
—Tú sabes como. Tienes el arma. Utilízalo, cabeza de teflón —me dijo con voz apurada.
—Ah, claro.
Ella entorno sus ojos.
—Hablo en serio.
—Explícame.
Mi amiga rodó los ojos, denotando su exasperación.
—No creerás que ése collar que traes es normal.
—Ahora si no entendí.
Ella gimió (o algo parecido a un mugido) con impaciencia.
—Ese collar es un arma. Cada semidiós tiene un arma, con diferentes formas pero propósitos iguales.
—¿Cómo los hago funcionar? —pregunte con cierta duda.
—Simplemente desea o piensa que los necesitas. Y tú sabrás que hacer con ello —respondió.
¿Sólo eso? ¿Sería necesario para acabar con los caras de pasas quemadas? ¿Estoy loca?
Bueno, si esto es una actuación... Haremos que sea el mejor show.
Ok, sabia que no era el momento de comportarme como una niña de cinco años, pero no pueden culparme por gritar a todo pulmón cuando dos pasas deshidratadas vivientes corrían hacia ti con espuma o aspirina saliéndoles por la boca.
—¡No te quedes ahí parada, Dere! ¡Corre! —exclamó Adeline mirándome alarmada.
Pero yo no quería correr, ¿Es qué no se daba cuenta que las furias podrían matar a todos en este gimnasio?
—Eli, no podemos dejar esto así, podría ser peligroso para ellos —dije haciendo un movimiento de mano abarcando el gimnasio. Me lo estaba tomando mejor de lo que debería, pero intenta estar a punto de morir a manos de pasas caducadas, rabiosas y con alas de pollo.
—¡Bee-bee! —baló Adeline.
—¡No me voy a ir!
Ella rodó los ojos y dijo:
—Estaba diciendo: ¡De acuerdo!
—Oh.
No pude decir algo más porque en ese instante las furias fueron directo hacia nosotras. Yo no sabia que hacer, ¿rezar? ¿pedir clemencia?
—¡Ay!
Mire hacia Adeline, y un escalofrío recorrió mi espina dorsal al ver que una furia la había arañado y la estaba acorralando. Sentí una furia interior (vaya ironía).
—¡Eh, tú, cosa fea! ¡Deja en paz a mi amiga!
Me lance sin pensarlo hacia el monstruo, tome inconscientemente mi collar que se desprendió de mi cuello y se convirtió en una espada negra violeta; salte y ensarte la espada en su espalda, caí al suelo y rodando para evitar lastimarme y pude ver como la furia desaparecía en destellos dorados. ¿Qué car...?
Corrí hacia mi mejor amiga y me aventé encima de ella antes de que la otra furia la atacará. Di media vuelta y fui hacia la mujer pollo.
—¡Nadie lastima a mi mejor amiga! —exclamé.
Lancé una estocada que la furia esquivo con facilidad, pero no me daría por vencida. Di tajos y mandobles en su dirección, hasta que la tuve acorralada, le di un codazo en cara y la atravesé con facilidad hasta que se desintegró como su hermana.
Caí de rodillas al suelo por el esfuerzo, respire con dificultad y mi collar volvió a su forma original.
—¡Derecca! —mi amiga se acercó corriendo hacia mi—. ¡Eso ha sido una pasada! ¿Cómo lo hiciste?
—Suerte, supongo —me encogí de hombros, respirando agitadamente.
Levanto las cejas con gracia.
—Que modesta. Bien, debemos ir por nuestras cosas.
—¿Mh, de qué...? —no me dejo terminar de formular mi pregunta y me jalo del brazo llevándome directo a nuestra habitación.
Corrimos por los pasillos, subimos escaleras y abrió la puerta de nuestro cuarto.
—Debemos irnos, más de esas cosas podrían llegar.
Ella comenzó a poner nuestras pertenencias en maletas, y yo seguí sin entender nadita.
—Adeline, ¿Qué fue eso?
Ella suspiro y volteo a verme.
—Supongo que es hora de que lo sepas.
—¿Saber qué? —pregunte curiosa e impaciente.
Hizo un gesto con la mano hacia mi hermosa y mullida cama.
—Siéntate.
Me senté y aguarde a que hablará.
—Te dije que un día entenderías el porque de mi empeño en que estudiarás tanto para la clase de latín —comenzó, y yo asentí para hacer que prosiga—, pues es justo por esto, ¿tú sabes qué eran esas cosas? —volví a mover la cabeza—. Pues todo eso, la mitología griega, romana... Es cierta.
Me reí un poquito.
—Claro, si todos los mitos salieron de algún hecho real, ¿no?
—No me estas entendiendo, me refiero a... Bueno, es real y todavía existe, ya lo viste —dijo— Los dioses, monstruos, las relaciones de los dioses con mortales, los frutos de esas relaciones...
—¿Semidioses? —complete en forma de pregunta alzando una ceja.
—Sí, exacto. Pues todo es cierto, y tú eres una.
—Ajá...
—¡Hablo en serio, Dere! ¿Qué, crees que lo que hiciste fue un milagro o qué? —me encogí de hombros—. Derecca Macarena, tus habilidades son propias de un semidiós. Tu dislexia no es por nada, eso es porque tu cerebro esta apto para leer griego antiguo, y tu THDA es por que tienes buenos reflejos para una batalla. ¿Lo captas?
Bueno, en parte quería creerlo, no, de echo debería, ¿a quién engaño? No había otra explicación para lo que acababa de pasar, a menos que quisiera estar viviendo en una mentira, cosa que no quería, debía aceptar lo que mi mejor amiga y casi hermana me decía, soy una semidiosa. Listo.
—Bien, ¿Y ahora qué?
Ella parpadeo sorprendida.
—¿Me crees?
—Claro. Te creería lo que fuera, Eli.
Ella sonrió.
—Gracias. Bueno, como este lugar ya no es seguro, debemos ir al campamento híbrido, el lugar más seguro del mundo y para personas como tú. Ahí encontrarás amigos y probablemente hermanos —dijo lo último con tristeza.
—Oh, Eli. Sabes que tu eres especial para mi —me levante y la abrace.
—Es que te he estado cuidando durante años, que me es difícil creer que todo haya terminado. Ahora serás responsabilidad de tus hermanos y hermanas.
—Nah, yo soy mi propia responsabilidad.
Me sonrió con los ojos brillosos, y que ciertamente se parecían a lágrimas retenidas.
—De acuerdo, empaca tus cosas, chica, tendremos que hacer un pequeño viaje para llegar al campamento.
Todo estaba bien, pero aún había algo que me rondaba por la mente.
—¿Y mi madre?
Ella suspiro
—Bueno, tu madre sabia que algo como esto podría pasar, así que no te preocupes, existen los mensajes Iris y podrás verla después del verano —me aseguro.
—Hum, ¿no sería más fácil una llamada?
Ella abrió los ojos horrorizada.
—¡No! Es peligroso, sería como una señal de neón sobre tu cabeza que dijera: "Estoy aquí, vengan a comerme, tengo un buen sabor." Los semidioses y la tecnología simplemente no se mezclan.
—De acuerdo, cero tecnología —concorde.
—Entonces, supongo que es hora de hacer las maletas, o seria más práctico una mochila, si, tenemos tres. Apresúrate, antes de que más monstruos e inclusive el director vengan.
Y en ese instante, no podía estar más de acuerdo con ella. Dudo que mi recién descubierto cuerpo de semidiosa soportase otro ataque.