Desgarradora despedida
—Es un hermoso y sano varón — Anunció la enfermera saliendo de la habitación, cualquiera podría pensar que al anunciar el nacimiento de una criatura la ocasión debería traer alegría, pero la expresión de la enfermera era grave — Debería entrar, señorita, su hermana no está muy bien…
Izzi se llevó la mano al pecho mientras sentía como un frío recorría su espalda, ¿Qué diablos estaba pasando?
—¿De qué habla? Se hizo todo lo que el médico dijo para que ni ella, ni el bebé corrieran peligro — Dio alarmada.
—Lo entiendo, señorita, pero debe entender que esas cosas no son cien por ciento seguras, debería entrar — La mujer de blanco, insistió.
Izzi estaba como sembrada al suelo incapaz de dar un paso por sí sola, la mujer la tomó del brazo y la guio hasta dentro. En cuando comenzó a caminar, sintió como si sus pies fueran de plomo.
Madison estaba en la cama clínica rodeada de aparatos, con el rostro sudoroso y una palidez mortal que asustó a Izzi haciendo que se le formara un nudo en el estómago.
—Izzi… — Ella apenas musitó y alargó la mano hacia su hermana.
—Madi, no te esfuerces, ¡Debes guardar energías, te recuperarás, ya lo verás, fue un hermoso varón!, ¡Ya eres madre Madi!
—¡No! ¡Escúchame Izzi, debes escucharme! — ella rogó.
—Madi descansa, duerme un poco y hablaremos luego.
La enfermera negó con un movimiento de cabeza desde el otro lado de la cama para que Izzi comprendiera que eran las últimas palabras de su hermana, que la dejara hablar, que la escuchara.
Una lágrima se asomó sin querer en los vivaces ojos azules de Izzi.
Madison tomó débilmente la mano de Izzi entre las suyas.
—Debo confesarte quién es el padre del niño… — Hizo una pausa antes de seguir que aumentó la tensión en la habitación — Es el príncipe Al-Nahayan, el CEO del complejo petrolero Al-Nahayan, en donde trabajaba.
Izzi abrió mucho los ojos sin podérselo creer, lo primero que pensó fue en preguntarle por qué diablos nunca lo dijo, si lo hubiera hecho, ella se habría encargado de hacer que pagara los gastos médicos de su hermana en un hospital de primera, y quizás ahora no estaría muriendo.
Abrió la boca para hablar y luego volvió a cerrarla mordiendo el labio inferior, no tenía caso reclamarle nada a Madison ahora.
—Fue una aventura de una noche, él no sabe que el niño es suyo, y cuando me enfermé tampoco le dije nada, siempre tuve la esperanza de salir de esto por mis propios medios, no iba a hacerme esperanzas con un hombre inalcanzable como él, además, se va del país, tiene problemas con sus papeles por algo legal, nunca regresará, así que no tenía caso…
Madison intentó explicar con la versión corta de la historia, pero en ella había más, e Izzi lo sospechaba, pero se quedaría con la intriga.
—Lo que quiero decir es que, Izzi, si no puedes con la crianza hazle una prueba de ADN al bebé, y envíasela a su padre, él debería hacerse cargo…
—Madi, no te preocupes por eso ahora, tú misma lo harás cuando lo creas conveniente, el niño, tú y yo estaremos juntos, ¡Ya lo verás!
—No, Izzi, siento que no pueda estar contigo, ni con mi bebé, dile que lo amé desde que supe que estaba embarazada… tienes que afrontarlo, debes dejarme ir, Izzi…
—¡No! ¿Madi? ¿Madison? — los ojos de la rubia se cerraron mientras las lágrimas corrían por el rostro de Izzi sin que ella pudiera evitarlo — ¡Madison! ¡No!
El grito de desesperación de Izzi retumbó en los pasillos haciendo un eco desgarrador y erizándole la piel a la enfermera que estuvo con ella a su lado acompañándola hasta el final.
Izzi estaba destrozada, endeudada hasta el cuello con las cuentas del hospital, y con un bebé en brazos al cual criar.
La lluvia seguía cayendo sobre el puñado de personas que tuvieron el detalle de acompañar a Izzi durante el sepelio. Algunos habían dicho bonitas palabras de reconocimiento a la memoria de Madi, y otros solo estaban allí para ver si él se hacía presente en el entierro.
Izzi se revolvía metida en su vestido n***o, bajo el sobrero de ala ancha y tras las gafas oscuras. Agradecía la buena compañía en esos momentos, pero odiaba ver como algunos de los antiguos compañeros de trabajo de Madison estaba allí solo por el chisme.
No los conocía, a ninguno, pero pudo reconocerlos por el cuchicheo insolente.
Inspiró hondo y se centró en el sermón del sacerdote mientras leía los salmos y hablaba a cerca de la vida eterna, y fue entonces cuando una limusina negra de vidrios polarizados se detuvo muy cerca del lugar en donde se oficiaba la ceremonia.
Un hombre abrió la puerta trasera y salió del auto mientras otro se apresuraba a cubrirlo con un enorme paraguas. El traje de diseñador, el calzado italiano y el abrigo de paño inglés, sumado al porte señorial, le dijeron a Izzi quién era.
« ¡Desgraciado! ¿Cómo se atreve? » Ella pensó para sus adentros, « ¡No debería dar la cara aquí cuando ni siquiera estuvo presente durante el embarazo o la enfermedad! »
¡Ella tuvo que invocar a todas sus fuerzas de autocontrol, para no lanzarse sobre él y partirle su cara junto con las gafas oscuras que traía puestas!
« ¡Maldito! »
De inmediato el cuchicheo se escuchó entre los presentes como si estuvieran cerca de un panal de avispas, ¡O más bien como si hubiera un enjambre de moscas!
Alguien se aclaró la garganta y el ruido cesó justo cuando Yashir Al-Nahayan, el príncipe Yashir Al-Nahayan se detuvo frente al féretro.
El hombre posó una mano enguantada sobre el ataúd e inclinando la cabeza dijo una frase que nadie entendió, se quedó ahí por espacio de un minuto más o menos, y luego dando un paso hacia atrás se giró y comenzó a caminar de regreso al auto.
« ¿Qué? ¿Y se irá así nada más? ¿Eso es todo? ¿Una maldita frase en árabe y nada más? », a Izzi se le revolvieron las vísceras y pasando en medio de los presentes echó a correr tras Yashir para decirle cuanto lo odiaba.
—¡Detente! Yashir Al-Nahayan, ¡Detente!
El hombre ni siquiera se dignó a voltear a mirarla y continuó hacia el auto, otro hombre le abrió la puerta y entró en la limusina.
—¡Que te detengas! ¿Eso será todo? ¿Eso era mi hermana para ti? ¿Solo valía una frase? — Izzi seguía gritando como loca mientras el príncipe miraba a la mujer correr sobre el prado húmedo y bajo la lluvia gritando desde lo profundo de su dolor todo lo que pensaba sobre él.
—¡Eres un maldito! ¡La abandonaste cuando más te necesitaba! ¡La usaste y luego la desechaste como si no valiera nada! ¡Eres una basura, Yashir! ¡Tú eres quien no vale nada!
Yashir subió el vidrio de la ventana y el auto arrancó, dejando a Izzi corriendo detrás bajo la lluvia.
—¡Cobarde! — Fue lo último que ella gritó justo antes de tropezar con una piedra e irse de bruces contra el suelo.
Ahí se quedó. No tuvo fuerzas para levantarse. El dolor en su pecho era más fuerte que cualquier otra cosa. Un dolor lacerante, que se convertiría en odio y carcomería lentamente sus sueños y sus esperanzas durante mucho tiempo.
Cinco años más tarde:
—¿Oliver? Oli, ¿Estás listo cariño? — Izzi preguntó desde su habitación mientras buscaba una bufanda para ponerse — ¿Te lavaste los dientes?
—¡Si tía! ¡Ya me laves los dientes! — Respondió la vocecilla infantil.
—¿A ver? — Preguntó ella de forma juguetona.
—¡Ah….! — El niño dijo abriendo la boca — ¿Ves? Ya no hay gérmenes, tía.
Izzi sonrió a la ocurrencia del pequeño.
—Bueno, entonces toma tus cosas, ya es hora de irnos.
—Tía, ¿Me compraste esos bocadillos que te pedí para la merienda?
Izzi se mordió el labio inferior.
—Eh… amor, tal vez en otro momento, tu tía ha tenido que pagar deudas, cariño.
—Pero tía, siempre estás pagando deudas, ¿Por qué nunca se acaban y ya?
—Porque… he tenido que hacer préstamos para pagarlas, y ahora estoy pagando esos préstamos… — No sabía cómo explicarle a su sobrino que la enfermedad de su madre había dejado un enorme cráter en la economía familiar, y que después de cinco años todavía arrastraba buena parte del problema — Tal vez sea mejor que busques tus cosas.
Oliver corrió a su habitación en busca de su maletín escolar e Izzi se dio la vuelta para apagar la televisión, cuando de pronto vio algo en las noticias que la dejó impávida.
La imagen de un hombre elegantemente vestido bajando de un avión se repetía una y otra vez, Izzi tomó el control y aumentó el volumen para escuchar la voz de la periodista:
“Esta mañana arribó al país el príncipe árabe Nashir Al-Nahayan, quien fungirá como CEO de la Corporación Petrolera Al-Nahayan, en un segundo intento por establecer relaciones comerciales con Los Estados Unidos, recordando que, en el pasado, esta corporación no pudo entrar en el comercio de los hidrocarburos en el país debido a problemas legales que enfrentó la familia al ser relacionada con ataques terr*orist*as. Ahora, libres de acusaciones, esperan poder lograr un entendimiento con funcionarios del gobierno y permisología correspondiente para funcionar en el país… en otras noticias, el precio del crudo…”
Izzi se recostó al mesón de la cocina con la mano en el pecho.
—Tía, ¿Te pasa algo? Estás muy blanca, tía.
Izzi necesito un par de minutos para tranquilizarse y poder responder.
—Tranquilo, cariño, estoy bien, es que vi a alguien conocido que tenía mucho tiempo sin ver.
—¿En la televisión? ¿Es alguien famoso? — Abriendo tamaños ojos.
Ella maldijo internamente.
—No, no cariño — Mintió — No me prestes atención, ven, hay que irnos ya, se hace tarde.
Al salir al pasillo se tropezó de frente con su vecina, la señora Montgomery, quien la esperaba comiéndose las uñas.
—¿Has escuchado las noticias Izzi? — Le preguntó en tono preocupado y cauteloso.
—Sí, acabo de escucharlas.
—¿Y qué es lo que piensas hacer, linda?
—Aún no lo sé.
—¿Y si lo buscas?
Izzi sintió una punzada en el estómago y ganas de vomitar, de solo imaginarse tener que verle la cara a Al-Nahayan.
—Creo que no estoy preparada para verlo — Dijo dando por terminada la conversación y tomando a Oliver de la mano para irse.
—Espera, Izzi, no puedes desaprovechar esta oportunidad que te da el destino, ¿Cuántas veces ha venido ese señor al país?
—Eh…
—¡Exacto! Puede que no tengas otro chance de decírselo — Dijo mirando a Oliver con ternura — Es su responsabilidad, y es un derecho del niño.
Izzi inspiró profundo y se rascó la cabeza.
—Tienes razón, lo pensaré.
—Que tengas buen día.
—Tú también, Elsa.
Tomaron el metro para llegar al colegio e Izzi se apresuró a dejar al niño en el salón con la maestra.
—Hola, Jenny, perdona el retraso, ha sido una mañana muy loca — Saludó la rubia a la profesora del niño — ¿Has visto a Susy? — Preguntó quitándole el abrigo a Oliver.
—Creo que ya entró con los niños, ve, yo me encargo de Oli, no sea que te vuelva a regañar, has llegado tarde dos veces esta semana.
—Tres — Corrigió Izzi — Con esta…
La rubia se apresuró al aula en donde trabajaba como maestra jardinera y compartía turno con Susy, otra docente unos diez años mayor que ella.
—Hola…
Susy la miró de arriba abajo y luego dio dos golpecitos a su reloj de pulsera.
—Van tres esta semana, Izzi, ¡Llegas tarde incluso un viernes!
—Lo siento…
Toda la mañana la cabeza de la chica fue un total hervidero, durante el almuerzo no probó un solo bocado, solo movió la comida con el cubierto de un lado para el otro en el plato, y cuando terminó el descanso la tiró toda.
No podía dejar de pensar en las palabras de su vecina, Oliver tenía derechos, y si ella no buscaba a su padre técnicamente le estaba vetando esos derechos.
—¡Hablaré con él, me cueste lo que me cueste!
Durante el día se trazó un plan, lo investigaría para conocer sus gustos y rutinas, así sería más fácil llegar a él. Leyó en línea que era asiduo al deporte, y que no dejaba de ejercitarse cuando viajaba, la chica sonrió ante la idea, ella cubría un turno como entrenadora de un Gimnasio para ayudarse con los gastos.
De inmediato buscó la dirección del hotel en donde él se hospedaba en la ciudad, y ¡Bingo! Había un Gym en el lugar, era más que obvio que iría a entrenar ahí.
—¡Perfecto! Esa será mi entrada.
Con la idea clara en mente regresó a casa y dejó todo listo para el fin de semana.
—Oye Elsa… he pensado mucho en lo que me dijiste…
—¿Y? ¿Qué vas a hacer?
—Voy a buscarlo, pero te necesitaré el fin de semana como niñera, ¡Te lo pagaré, lo prometo!
—No, Izzi, no voy a cobrarte nada, sabes que amo a ese niño como si fuera mi nieto, y sé que estás más que quebrada.
Izzi bajó la mirada al suelo escondiendo sus ojos mientras se llenaban de lágrimas, Elsa levantó el rostro de la chica con su mano.
—Soy una total perdedora.
—¡Mírame Isabelle Williams! Tú no eres una perdedora, has hecho más de lo que una madre haría por ese niño, ¡Ahora ve por el imbécil y haz que lo valga!