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1040 Words
La cita había sido espeluznante. El miedo nunca me dejó de lado e intentaba que mis nervios se fueran. Había sido la primera regla de Aída. Intentaba de igual modo que Aída no tomase cosas que tuviesen un precio más elevado, ni mucho menos se diera cuenta que iba con el dinero justo para ir al cine. Cada que veía cosas, yo solo reía, cambiaba la conversación y me la llevaba del sitio. Se volvió un mecánicos de defensa para evitar sentir vergüenza de no poder comprarlo. Ella había ido preciosa ese día; todo le quedaba increíble y sus ojos brillaban más que nunca. Solo cruzaba los dedos para que ella disfrutara mi compañía tanto como yo la disfrutaba. Pero lo había logrado, acabada aquella película, nos sentamos durante horas a hablar, tanto que el tiempo se nos fue más rápido de lo que debía y finalmente debíamos regresar a casa. Su padre fue por ella y yo regresé a casa caminando a oscuras. Tenía miedo, pero la felicidad que traía mi pecho, compensaba cada paso que daba de regreso a casa. Al llegar a casa no podía dejar de sonreír. Me lancé sobre la cama y miré el techo durante horas, reviviendo cada recuerdos que tenía de ella. Hablando, comiendo, riendo. Tomando mi mano con nerviosismo y tratando de hacerme sentir más cómodo de lo que debía. Se sentía totalmente irreal y solo moría de felicidad. Fue así como el tiempo nos llevó a ser más unidos que nunca. Ella traía a mi la adrenalina que necesitaba, y yo muchas veces la calmaba un poco. Éramos totalmente opuestos y todos lo notaban. Decían que a la larga, traería consecuencias, pero yo solo me negaba. Quizás el amor era más fuerte o yo era muy obstinado y me negaba a perder a la chica más linda de la ciudad. Estaba cegado por completo e idiotizado ante su belleza. Haría cualquier cosa por ella y eso lo supe hasta finalmente tener el valor de pedirle ser mi novia. Era un gran paso y un paso muy arriesgado. No conocía a su familia, ni ella a la mía. Éramos el secreto perfecto del otro y cada movimiento que hacíamos, lo hacíamos con cuidado. No solo éramos personas con carácteres totalmente opuestos, la vida que teníamos cada uno, no se acercaba ni un poco a la otra. Su vida era casi perfecta y jamás le había faltado nada. Por mi parte, había luchado con mi padre por lo poco que teníamos y había vivido en carne propia el miedo de no saber qué comer al día siguiente. Pero todo valía la pena, realmente en aquel momento jamás se cruzó por mi mente, las consecuencias. Y tampoco llegué a pensar en todas las cosas negativas que llegarían mucho después. Estuve durante meses reuniendo cada uno de mis billetes. Muchas veces dejando de comer en clases solo para dejar ese poco de dinero. Quería ser justo y darle todo lo que merecía. Así que lo haría con lo poco que tenía. Estuve durante días organizando lo que haría; contaba con la poca ayuda de mi hermana que era rebelde y muy poco optimista. Sabía que saldría herido y que tarde o temprano todo aquel sueño que estaba viviendo, se vendría abajo. Pero yo me negaba no a esa idea, si no a todas aquellas ideas negativas que todos opinaban. Yo no me rendiría y tendría el valor al menos de intentarlo, sin importar el costo que años más tarde tendría que pagar. Compré rosas ese día, sabía que amaba el chocolate y fue lo que hice. Una caja llena de chocolates y algo que amaba desde muy pequeño, hacer cartas. Muy pocas personas sabían eso de mi; se volvía un chiste entre hombre y más entre chicos. Pero amaba con todo mi ser escribir cartas, pensamientos y anotar todo aquello que se cruzara por mi mente. Eso me ayudaba siempre a recordar todo tal y como había sucedido y era mejor escribiendo que hablando. Así que decidí escribir en aquel tiempo, una primera carta para Aída. “Querida Aída, Desde que te conocí he quedado enamorado de ti. Sí, estoy completamente enamorado de ti y tu belleza. No he dejado de pensar en ti ni un segundo y sé que eres lo que quiero tener por mucho más tiempo en mi vida; así que espero que me aceptes y aceptes lo poco que tengo para ofrecer, un enorme corazón que te ama. ¿Aceptas ser mi novia? — Atte: Patric Johnson. Para: Aída Keller.” Escribí finalmente. Ese día mis nervios estaban a toque de piel. Moría en vida y todos lo notaban. Mi hermana menos reía de mi con frecuencia, jamás me había comportado de ese modo. Pero realmente tenía mucho miedo. Había llegado muy lejos con Aida como para arruinarlo a éstas alturas, pero también sabía que moría por presentarla como mi novia en cualquier sitio que llegase. Quería tenerla a lo alto y luchar por ella día tras día. Así que ese día la cité una vez más, era una pequeña plaza que estaba cerca de casa; era tranquila y linda. Poco público que nos dejaría un poco más tranquilos. Me puse un jeans rasgado n***o y una camiseta blanca, zapatos blancos y una gorra del mismo color. Salí de casa con el corazón saliendo de mi pecho. Llevaba las rosas en manos, al igual que aquella pequeña caja. Todos se detenían a mirarme y otros se reían. Me veía ridículo y también me sentía de ese modo. Pero todo realmente valía la pena por ella y todo cobraría sentido cuando finalmente la tuve ante mi y sus ojos se cristalizaron. —Aída.—Le dije entregando aquel pequeño ramo de rosas rojas y dejando la caja sobre sus manos. Ella puso los ojos en blanco, y la ví morir de felicidad. Se sentó a un lado y destapó aquella caja donde dentro estaba mi pequeña carta. Ella sonrió y la miró con cuidado, leyendo cada palabra y dejando caer un par de lágrimas. Fue poco después que dejó todo a un lado, se puso de pie sonriendo y me besó.—Sí, Patric. Quiero ser tu novia.—Y me besó.
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