4

1106 Words
Cada situación se hacía más difícil. Me trataba de mantener fuerte, pero todo se desplomaba. Intentaba confiar en mí esposa, hacerme el fuerte, pero no podía. Ella me había fallado y no encontraba el modo de hacerle frente a eso. No sabía cómo sentirme o que hacer. Solo tomaría un poco de tiempo para que la noticia corriera por toda la ciudad, y me negaba a esa idea. —¿Robert? ¿Robert tu amigo, Aída?—Pregunté eufórico. La ira me consumía, al igual que la decepción inminente.—Siempre debí saberlo, he sido un tonto al confiar un poco en ti.—Dije caminando en círculos por toda la habitación. Ella solo me miraba en silencio, sabía que todo aquello que había creado entre mentiras y el tiempo, se estaba viniendo abajo. Ya no podía continuar con su doble vida, ni su doble amor. Debía finalmente decidir entre su amante o su esposo. —¿Dices amarme, Aida? ¿Eso es amor? He luchado por ti, por nuestros hijos, por esta casa. He dejado mi vida en ti y así me pagas.—Dije explotando por completo.—¡Es injusto!—Dije caminando hacia ella.—Es injusto que éste sea el modo en el que me pagas. Es injusto que deje el sudor de mi frente sacando todo el dinero posible para tenerte como una reina y que tú solo corras tras otro imbécil.—Grité tomándola de las manos. Ahora no veía en su mirada, sentía que temblaba aunque quería hacerse la fuerte. Pero al igual que yo, estaba destrozada. —¿Qué le diremos a los niños? ¿Que le diré a mi familia?—Reí a carcajadas.—¡Mi esposa es una zorra!—Dije apretando ahora sus muñecas con fuerza. —Respeta, Patric.—Dijo poniendo sus labios en una fina línea. —¿Respetar, Aida? Así como respetaste nuestro matrimonio, nuestra vida, nuestro hogar.—Reí con sarcasmo.—Tú eres quien debería aprender a respetar o tener valor por las cosas. Entendí que no lo tienes, ni lo tendrás. No quiero ni siquiera mirarte a la cara.—Dije soltando sus muñecas y alejándome de ella. Pero partió en llanto.—¡Es tu culpa! ¡Estuve aquí durante años, esperando que volvieras a casa, esperando un abrazo, esperando un beso, y nunca llegaba!—Sollozó en silencio. Puse mis ojos en blanco y caí al suelo llevando mis manos con frustración a mi cabeza.—¿Es en serio, Aida? ¿La justificación de tu amorío es que no te daba suficientes abrazos, suficientes besos?—Reí con descaro.—Eres una cínica. Eso eres...—Y ahora la miraba con el alma quebrada.—¡Pasaba días trabajando, sin dormir, sin comer, solo queriendo llegar a mi casa a descansar y llego a casa para saber que mi esposa tiene otro!—Dije algo cansado.—Ni siquiera sé a dónde ir con ésta conversación.—Confesé.—Al parecer en éste matrimonio y en ésta habitación eres tú quien toma las decisiones.—Negué rotundamente. Secó sus lágrimas y me miró.—Ya no te amo, Patric. Hace mucho que ya no te amo.—Susurró. Algo en mi se quebraría en mil pedazos y juraba sentir estacas en mi alma. Todo se venía abajo y quería morir estando vivo. Quería desaparecer de aquel instante y no vivirlo nunca. No sé lo deseaba a nadie, porque era la cosa más vacía que podía existir. Me puse de pie y la miré inmóvil.—¿No me amas, Aida? ¿Hace mucho tiempo? ¿hace cuánto me estás mirando la cara de tonto y andas saliendo con él?—Pregunté lleno de ira, aparentando mis manos con fuerza. —... Patric...—Susurró con miedo. —¡Patric nada, Aída! ¡No eres tú quien está de éste lado sintiéndose de la mierda!—Respondí con frustración.—Nunca hubiese creído ésto de ti. Pensé que éramos un equipo, pero me doy cuenta que solo era yo quien pensaba de ese modo.—Negué. Ella guardó silencio y tomó mi rostro entre manos. Un acto que ví repulsivo y quité de manera inmediata.—No quiero que me toques, no después de verte con él. No después de saber que lo amas a él como alguna vez me amaste a mi. No quiero verte, no quiero tocarte, no quiero nada de ti. Quiero que estés lejos de mi vida, lejos de mi hogar, lejos de mi familia.—Susurré con enojo.—Mis hijos no merecen ésto, no merecen ésto en lo que has convertido. No eres la mujer de la que me enamoré ni mucho menos eres la mujer que fue mi esposa durante toda una vida. Si eres feliz como dices serlo, vete. Aléjate y desaparece de una vez por todas de mi vida.—Dije poniéndome de pie y alejándome de ella. —...Patric...—Volvió a susurrar.—Podemos hacer que funcione, puedo intentarlo. Reí con sarcasmo.—¿Hacer que funcione, Aida? ¿Intentar qué? ¿Seguir en tu doble vida? ¡Que todos se enteren que Aída, la esposa de Patric, tiene un amante! ¡El primero de muchos, aplaudan!—Dije con sarcasmo.—Eres una hipócrita.—Escupí sin más. —Lo estoy intentando y tú solo te niegas.—Dijo cruzando sus brazos. —¿Es en serio lo que dices Aida?—Reí otra vez.—Lo único que intentas es seguir en tu mentira, seguir en tu doble vida. ¿Creíste que nunca me iba a enterar? ¿Ese era tu plan? Reírte a mi costa, sacarme dinero y seguir revolcándote con ese imbécil.—Bufé. Negó.—Nunca me oías, Patric. Nunca me tenías cuidado o amor, tu mayor error fue creer que el dinero lo daba todo. Tu error fue creer que las cosas casas me llenaban de caricias y afectos. ¡Yo quería amor! ¡Algo tan simple que nunca me diste!—Dijo entre lágrimas. —¿Y entonces para qué demonios te casaste conmigo, Aida? ¡Dime! ¡No hubieses aceptado casarte conmigo hace más de 10 años, nunca hubiésemos tenido hijos! ¡Te hubieses ahorrado esta “vida de mierda” que según tú, te he dado.—Reí una vez más.—Ya deja de buscar excusas y mentiras para justificar tus actos de mierda. Eres lo que eres y eso nunca va a cambiar. Quizás debí hacerle caso a mis instintos siempre y darme cuenta que todo era muy perfecto como para ser real.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD