Día 3

713 Words
Creo que aquel sentimiento de impotencia y dolor se volvieron más grande que yo. Se sentía la traición más grande que había sentido. Así como también sentía un vacío interno por creerme insuficiente. Y sí, era un hombre de 45 años que estaba enterándose que su esposa le era infiel. Un sujeto desconocido y sin nombre que había entrado quizás en un corto o largo plazo, y nunca le viste. Tampoco tuviste el valor de preguntar. Pero supongo que lo más difícil fue volver a verla. Tenerla en mi cama, verla sonreír por el desayuno y verla conversar con nuestros hijos. Estaba allí, junto a mí y la sentía a kilómetros de distancia. Eso terminó de acabar conmigo. Pero llegó la parte de afrontar una realidad que no quería ver. Tenía que preguntar, tenía que decirle, tenía que tener un motivo. Recuerdo ese día con exactitud. Aún siento ese nudo en la garganta y aquel miedo del siguiente paso. FLASHBACK Llegué aquella noche y sentía mis manos temblar. Realmente mi mundo se estaba viniendo a bajo. Al llegar me encontré con mis hijos cenando junto a mi esposa. Aída sonreír a la par de mis hijos; y yo solo intentaba mantenerme de pie. Quería abrazarla y llorar. También quería hacerle frente y gritar. Pero no sabía que opción dolía menos o a cuál debía aferrarme. Así que decidí sentarme. Besé cada frente de mis hijos y sonreí de manera forzada. —¿Largo día en el trabajo, amor?—Le pregunté a Aída. Quien llevaba un bocado de comida a su boca. Sonrió y luego de terminar de comer; respondió.—Algo cansada sí estoy.—Fue su respuesta.—Al terminar de comer, lo más probable es que solo duerma hasta mañana.—Siguió. Besé la mano de mi hija e intenté acabar aquel plato. Fingiendo una vez más, que no sabía nada y que no estaba apunto de estallar. Mis hijos me miraban con determinación y sabía que en el fondo ambos sabían que algo ocurría. Me puse de pie y seguí los pasos de Aída. Quien en silencio caminó hasta nuestra habitación. Una vez dentro, se recostó en la cama y sonrió.—¿Y que tal tu día?—Preguntó de manera cínica. Aún no sabía cómo actuar o qué decir. Me senté a su lado y puse mi mano en su regazo.—...Aída...—Susurré. Ella me miró confundida y por un instinto natural o una clase de conexión; ya sabía que algo no estaba bien. —¿Qué sucede?—Preguntó levantando mi mano de su pierna. Respiré hondo.—Tengo que hablar contigo. Y solo te exijo, por el tiempo que llevamos juntos y la linda familia que construimos; que me digas la verdad.—Pregunté tensando mi mandíbula. Sus manos comenzaron a temblar y rascó su nuca. Sabía a la perfección el miedo de Aída, así como también sabía con exactitud cuando mentía. —Me estás asustando, Patric. ¿Qué sucede?—Volvió a preguntar. Suspiré y tomando su mano entre las mías. Tuve el valor de hablar.—¿Me amas?—Pregunté sin más. Ella sonrió de lado y asintió.—Te amo.—Dijo casi inaudible. Me acerqué y besé su frente con cuidado.—No Aída. No me amas.—Y se alejó de mí con miedo. Mirándome confundida y sospechando todo lo que iba a pasar. —¿Cómo dices eso?—Preguntó ofendida.—Tenemos una familia, Patric. Y una vez más. Mi alma se quebró en mil pedazos. Teníamos una familia, Aída. —Sé la verdad, Aída. Ahora quiero que lo digas de tu propia boca. ¿Tienes un amante?—Y me miró en silencio. Inmóvil. Sus ojos se cristalizaron y rió.—...Patric... Nunca te haría eso...—Dijo de voz temblorosa. Y algo terminó por estallar. Me puse de pie y la miré con enojo. —Aída, te dije que tendrías la oportunidad de decir la verdad.—Y tomé su mano con fuerza.—Así que solo aprovecha la oportunidad y dime la verdad. —Me estás lastimando...—Dijo sacando su muñeca de mis manos. —Última oportunidad, Aída.—Dije aparentando mis labios en una línea fina. —Se llama Robert.
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