El reloj marcaba las 7:08 p.m. en Nueva York cuando Travis por fin pudo salir del entrenamiento. El cielo ya estaba oscuro, y su celular tenía un 18% de batería. Pero no le importaba. Esta vez sí iba a cumplir. Marcó de inmediato. La llamada tardó en conectar, pero Hana respondió. La imagen apareció en la pantalla: ella, sentada en la sala, con Zack dormido sobre su pecho y una expresión completamente neutra. —Hola —dijo Travis, con una sonrisa cansada—. Lo logré. —Felicidades —respondió Hana, sin rastro de emoción. —¿Zack ya duerme? —Hace rato. Silencio. —Hana, sé que últimamente ha sido difícil llamarlos… pero no creas que no pienso en ustedes. Estoy haciendo lo mejor que puedo. —¿De verdad? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. Porque lo que tú consideras “lo mejor” parece muy po

