BLAKE ASHFORD No suelto su rostro. Mis manos la sostienen con una firmeza que no es dominio, sino anclaje. Como si al tocarla pudiera impedir que todo esto se disuelva. Mis pulgares descansan en sus pómulos, calientes, conscientes, memorizando la forma de su cara como si temiera olvidarla en el siguiente parpadeo. El beso se rompe solo porque necesito aire. Me separo apenas unos centímetros. Lo suficiente para verla. Georgia me mira con sorpresa abierta, los labios entreabiertos, los ojos todavía atrapados en el instante anterior. No retrocede. No avanza. Se queda ahí, presente, real, mirándome como si no supiera qué versión de mí acaba de aparecer frente a ella. Y lo entiendo. Yo tampoco lo sé. Apoyo la frente contra la suya. El contacto es mínimo, íntimo, brutal en su sencillez. E

