BLAKE ASHFORD Salgo del juzgado con el pulso todavía caliente por la discusión con Wright y con la sensación clavada de que él ya empezó a mover piezas en otra mesa: la prensa. No es un detalle menor; en el país donde vivo la justicia siempre pelea con la narrativa pública. Si Wright logra poner el foco en mí —en supuestas “tácticas agresivas” o en la menor contradicción—, puede convertir un caso técnico en un linchamiento mediático. Y él sabe jugar esa cancha mejor que muchos. Lo primero que hice cuando llegué a la oficina fue pedir un briefing rápido: reportes de prensa, grabaciones, quién habló y qué se dijo. Mi asistente ya tenía una carpeta gruesa en la mesa. El circo había empezado: columnas de opinión que hablaban de “demanda emblemática”, tuits de activistas que pedían justicia

