Capítulo 1.
Mi mente daba vueltas, y no sabía por qué. Tal vez alguna resaca que no recuerdo, o quizás era simplemente el peso acumulado de días idénticos que se apilaban uno sobre otro como discos de hierro mal colocados en una barra oxidada. El viento helado de la mañana se filtraba por las pequeñas rendijas de mi casco, golpeando mi rostro con la misma frialdad implacable con la que suelo enfrentar cada amanecer, entumeciendo mi piel pero despertando mis sentidos a una realidad cruda y gris. Bajo mi cuerpo, el motor de la Kawasaki vibraba con una potencia contenida, una bestia mecánica que exigía ser liberada en el asfalto congelado, respondiendo a cada leve giro de mi muñeca con un rugido que resonaba en mi pecho más fuerte que mis propios latidos. La carretera se extendía frente a mí, una cinta de oscuridad rodeada por la blancura de la nieve que cubría los tejados y los árboles esqueléticos, testigos silenciosos de mi trayecto solitario hacia el único lugar donde el caos de mi cabeza encontraba cierto orden. No había tráfico, solo el zumbido del viento y la sensación de velocidad que desdibujaba los contornos del mundo, convirtiendo las casas y los postes en manchas borrosas que carecían de importancia. Me incliné en la curva, sintiendo cómo la gravedad y la fuerza centrífuga peleaban por el control, una danza peligrosa que me hacía sentir vivo, recordándome que, a pesar de la monotonía, la sangre seguía corriendo caliente y furiosa bajo mi piel. Mis guantes de cuero se aferraban al manillar con una firmeza casi dolorosa, mis nudillos blancos bajo la protección, canalizando una tensión que no lograba disipar ni siquiera con la adrenalina del momento. Era un hombre de estructura sólida, de un metro noventa diseñado para intimidar y ocupar espacio, pero dentro de ese armazón muscular, a veces sentía que solo habitaba un vacío que buscaba desesperadamente algo con qué llenarse.
Detuve la moto frente a la fachada de ladrillo y cristal del gimnasio, el silencio cayendo de golpe cuando apagué el motor, un contraste tan abrupto que mis oídos pitaron durante unos segundos. Al bajarme, el aire gélido aprovechó para colarse por el cuello de mi chaqueta, un recordatorio mordaz de que el invierno no tenía piedad, similar a la vida misma cuando bajabas la guardia. Me quité el casco, sacudiendo mi cabello n***o y liso que caía rebelde sobre mi frente, y observé mi reflejo distorsionado en el escaparate oscuro del local; allí estaba Tomás, el dueño, el entrenador, el hombre que todos creían conocer pero que nadie realmente entendía. Mis ojos oscuros me devolvieron la mirada desde el vidrio, cargados de una fatiga antigua, una que no se cura durmiendo, sino viviendo de otra manera, aunque todavía no había descubierto cuál era esa forma. Saqué las llaves con un movimiento mecánico, el metal tintineando en la quietud de la calle desierta, y abrí la puerta pesada, siendo recibido por ese olor característico a caucho, desinfectante y el fantasma del sudor de ayer. Era mi santuario y mi jaula, el lugar donde construía cuerpos y, a veces, destruía mis propias dudas levantando pesos que aplastarían a un hombre común. Caminé por la sala principal, mis botas dejando huellas húmedas que pronto se secarían, y encendí las luces; los tubos fluorescentes parpadearon antes de inundar el espacio con una claridad clínica, revelando las filas de máquinas que esperaban, mudas y obedientes, a ser usadas. Me gustaba este momento, la calma antes de la tormenta, cuando el gimnasio era solo mío y no tenía que fingir sonrisas ni paciencia con nadie.
Comencé mi ronda habitual, no por obligación, sino por una necesidad casi patológica de control; cada objeto en este lugar debía estar alineado con una precisión militar, pues si no podía ordenar el mundo exterior, al menos gobernaría este pequeño reino de hierro y espejos. Mis dedos rozaron la tapicería fría de un banco de press, verificando que no hubiera grietas, que el cuero sintético estuviera tenso y perfecto, listo para soportar el esfuerzo ajeno. Avancé entre las estaciones de poleas, ajustando un pasador que no había quedado completamente insertado, y el "clic" metálico resonó satisfactoriamente en el silencio, un pequeño triunfo contra el desorden. Sin embargo, al llegar a la zona de pesos libres, me detuve en seco, una oleada de irritación subiendo por mi garganta como bilis caliente al ver una mancuerna de treinta kilos abandonada en el suelo, lejos de su par, como un objeto huérfano y olvidado. La miré con desprecio, no por el objeto en sí, sino por lo que representaba: la pereza, la falta de disciplina, la mediocridad de alguien que no es capaz de terminar lo que empieza. Me agaché, mis músculos tensándose bajo la ropa térmica, y agarré el mango cromado con brusquedad, levantando el peso con un solo movimiento fluido y potente para devolverlo a su lugar en el estante. El sonido del metal chocando contra el metal fue seco, definitivo, una sentencia que dictaba que en mi espacio, las cosas se hacían bien o no se hacían. Me quedé allí un instante, respirando hondo, tratando de calmar esa ira desproporcionada que a veces me asaltaba por las cosas más triviales, consciente de que mi mecha era corta y mi paciencia, un recurso limitado que se agotaba demasiado rápido.
La puerta de entrada se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire frío y el sonido de la calle, anunciando la llegada de los primeros clientes, esos madrugadores que buscaban expiar sus culpas o construir sus egos antes de ir a la oficina. No me giré de inmediato, manteniéndome de espaldas mientras reacomodaba unos discos, dándome unos segundos más de aislamiento antes de tener que ponerme la máscara de entrenador profesional. Escuché los pasos, los saludos murmullados que no respondí verbalmente, limitándome a un leve asentimiento cuando finalmente me volví hacia la sala, mi rostro configurado en esa expresión impasible que mantenía a la mayoría a una distancia segura. Observé cómo un chico joven, apenas un novato con más entusiasmo que técnica, se colocaba bajo la barra de sentadillas, cargando un peso que claramente excedía sus capacidades actuales. Lo vi luchar, sus rodillas temblando hacia adentro, su espalda curvándose peligrosamente, una arquitectura del desastre a punto de colapsar bajo la gravedad. Podría haberle gritado desde donde estaba, podría haber dejado que aprendiera a través del dolor, pero mi instinto profesional, y quizás una pizca de esa astucia que me caracterizaba para manejar situaciones, me impulsó a intervenir antes de que se rompiera la columna. Caminé hacia él, mis pasos firmes y silenciosos sobre el suelo de goma, como un depredador acercándose a una presa que no sabe que está en peligro.
Sin decir una palabra, me coloqué detrás de él justo cuando estaba a punto de fallar en el ascenso, mis manos flotando cerca de la barra pero sin tocarla todavía, imponiendo mi presencia. Él sintió mi cercanía, esa sombra de un metro noventa que lo cubría, y el miedo a hacer el ridículo le dio un último empuje de fuerza para subir. En cuanto bloqueó las rodillas, aseguré la barra y la guié hacia los soportes con un golpe seco. El chico se giró, jadeando, buscando aprobación o tal vez una excusa, pero se encontró con mi mirada severa, oscura y penetrante, que lo escaneó de arriba abajo desmantelando su ego. Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal lo suficiente para incomodarlo, para hacerle sentir que había transgredido una ley sagrada de este templo. Corregí su postura con un toque brusco en su hombro, obligándolo a retraer las escápulas, y luego señalé sus pies con un movimiento de barbilla, indicándole la apertura correcta. No hizo falta un sermón; la vergüenza en sus mejillas y la forma en que bajó la mirada me dijeron que había entendido el mensaje: aquí no se viene a jugar, se viene a sufrir con corrección. Me alejé sin esperar su agradecimiento, dejándolo solo con su lección, sintiendo esa mezcla de satisfacción y hastío que me provocaba la incompetencia ajena.
Regresé a mi rincón cerca del mostrador, apoyándome contra la pared con los brazos cruzados sobre mi pecho ancho, observando el ecosistema del gimnasio cobrar vida lentamente. El sonido de las máquinas, los gruñidos de esfuerzo, la música genérica que sonaba de fondo... todo se convertía en un ruido blanco que me permitía perderme en mis pensamientos, en esa sensación de que algo me faltaba, de que esta rutina perfecta y controlada era, en el fondo, una prisión dorada que yo mismo había construido. Fue entonces cuando la puerta se abrió de nuevo, pero esta vez con un ímpetu diferente, una energía caótica que rompió mi burbuja de introspección. Era Javi, mi amigo de toda la vida, o al menos el que más tiempo había soportado mi carácter reservado y mis silencios prolongados. Entró con una sonrisa que parecía demasiado brillante para una mañana tan gris, su presencia llenando el espacio de una vitalidad que me resultaba, a la vez, envidiable y agotadora. Caminó directo hacia mí, ignorando a los clientes, con esa confianza de quien se sabe bienvenido incluso cuando no ha sido invitado, y se detuvo frente a mí, evaluándome con una mirada burlona.
— Esa cara de perro no te la quita ni el mejor café, Tomás —soltó Javi, su voz resonando con una alegría que me pareció casi ofensiva dadas las circunstancias de mi humor.
Le sostuve la mirada, imperturbable, aunque una pequeña parte de mí agradeció la distracción, el quiebre en la monotonía de mi monólogo interno.
— Alguien tiene que mantener el orden aquí mientras el resto del mundo sigue dormido o haciendo estupideces —respondí, mi voz saliendo más grave de lo que esperaba, cargada de esa ironía seca que solía usar como escudo.
Javi soltó una carcajada corta, negando con la cabeza mientras se apoyaba en el mostrador, invadiendo mi zona de control con total impunidad.
— Siempre tan dramático, tan intenso. Deberías relajarte, hermano. Te va a estallar una vena antes de los treinta si sigues tomándote la vida tan en serio.
— Y tú deberías buscar un trabajo de verdad en lugar de venir a molestarme a mi lugar de trabajo —repliqué, aunque sin veneno real, era nuestra dinámica habitual, un juego de tira y afloja que nos mantenía conectados.
Javi se encogió de hombros, restándole importancia a mi comentario, y su expresión cambió, adoptando ese brillo de conspiración que solía preceder a las malas ideas o a las noches que terminaban borradas de la memoria. Se inclinó un poco hacia mí, bajando el volumen de su voz como si estuviera a punto de revelarme un secreto de estado, aunque sabía que probablemente se trataba de algo mucho más banal y peligroso.
— Escucha, olvida el trabajo un rato. Esta noche hay una fiesta. No es una de esas reuniones aburridas de siempre, Tomás. Es en la casa de los de la productora, va a haber gente interesante... y mucho descontrol. Justo lo que necesitas.
Lo miré con escepticismo, frunciendo el ceño. La palabra "fiesta" evocaba en mí imágenes de ruido, conversaciones vacías y gente fingiendo ser feliz, un escenario que chocaba frontalmente con mi deseo de aislamiento.
— No estoy para fiestas, Javi. Tengo que abrir mañana temprano, y la última vez que te hice caso terminé en un lugar que ni siquiera sabía que existía en el mapa —dije, intentando cerrar la conversación, volver a mi caparazón de seguridad.
Pero Javi no era de los que se rendían fácilmente; conocía mis puntos débiles, sabía que bajo esta armadura de disciplina y frialdad, había un hombre apasionado y fogoso que anhelaba, casi con desesperación, dejar de pensar y empezar a sentir.
— Vamos, no me jodas. Mírate. Estás aquí encerrado como un monje entre hierros. Necesitas salir, ver mujeres, beber algo que no sea un batido de proteínas. Además... —hizo una pausa calculada, sonriendo con malicia— he oído que el ambiente va a ser propicio para alguien con tu... "magnetismo". No me hagas rogarte.
La mención de mujeres y alcohol encendió una chispa en mi interior, una que trataba de sofocar a diario pero que siempre permanecía latente, esperando el oxígeno necesario para convertirse en incendio. Mi mente racional me gritaba que dijera que no, que me quedara en casa, seguro y aburrido, pero mi cuerpo, traicionero y hambriento de sensaciones, empezó a inclinarse hacia la propuesta.
Dudé, mis ojos desviándose hacia el ventanal donde la nieve seguía cayendo, cubriendo el mundo de blanco, borrando los errores y las huellas. Sentí el peso de la soledad en mis hombros, más pesado que cualquier barra que hubiera levantado esa mañana. ¿Qué me esperaba en casa? ¿El silencio? ¿La televisión encendida sin volumen? La perspectiva de otra noche igual a las anteriores me provocó un rechazo visceral. Miré a Javi, que esperaba mi respuesta con la paciencia de un pescador que sabe que el pez ya ha mordido el anzuelo. Hubo unos segundos de resistencia, un último intento de mi voluntad por mantener el control, pero finalmente exhalé un suspiro contenido, dejando salir la tensión acumulada en mi pecho. Tal vez necesitaba eso, tal vez necesitaba que el caos me tragara por unas horas para poder volver a apreciar el orden.
— Está bien, nos vemos allí. Me pasas la dirección —dije, con un tono que pretendía ser indiferente, pero que escondía una anticipación que me inquietaba.
Javi sonrió victorioso, dándome una palmada en el hombro antes de alejarse hacia la salida, dejándome de nuevo solo, pero esta vez con una promesa flotando en el aire, una promesa de una noche que podría cambiarlo todo, o tal vez, solo ser otra cicatriz más en mi historia.
[…]
El vino tinto, un Cabernet de una cosecha que probablemente costaba más que la ropa de la mitad de los invitados, se arremolinaba en la copa de cristal con una lentitud hipnótica, chocando contra las paredes transparentes como una marea de sangre oscura y sofisticada. Sostuve el tallo de la copa con delicadeza, aunque mis dedos ejercían una presión firme, casi posesiva, consciente de que este líquido era mi única barrera real contra la vulgaridad que me rodeaba en aquella mansión pretenciosa. Llevaba una camisa negra, de un tejido ligero que se adhería lo justo a mi torso, con las mangas remangadas hasta los codos para dejar al descubierto mis antebrazos, donde las venas se marcaban como mapas de carreteras sobre una musculatura trabajada a base de hierro y disciplina. Me sentía una mancha oscura en medio de tanto color chillón y lentejuelas baratas, una sombra elegante que se deslizaba por el salón principal observando el espectáculo de la decadencia ajena con una mezcla de aburrimiento y desdén. La música golpeaba las paredes, un ritmo grave y repetitivo que hacía vibrar el suelo bajo mis botas, pero yo me movía a mi propio tempo, ajeno a la urgencia colectiva por divertirse, manteniendo esa postura erguida de mi metro noventa que me permitía mirar a la mayoría por encima del hombro. No estaba allí para socializar, o al menos eso me decía a mí mismo; estaba allí porque el silencio de mi apartamento se había vuelto demasiado ruidoso y porque, en el fondo, mi naturaleza buscaba este tipo de caos para reafirmar mi propio control. Bebí un sorbo, dejando que el sabor a madera y frutos negros inundara mi paladar, cerrando los ojos un instante para aislarme de las risas estridentes que estallaban a mi derecha, saboreando el único elemento de calidad genuina que había encontrado en toda la noche. Era un invitado fuera de lugar, lo sabía, un lobo que se ha colado en una fiesta de perros domésticos, pero ese desajuste, lejos de incomodarme, alimentaba mi ego y esa sensación de superioridad que a veces era mi mejor armadura.
Comencé a caminar sin rumbo fijo, abriéndome paso entre la multitud sudorosa que bailaba o charlaba en grupos cerrados, mi presencia actuando como un rompehielos invisible que apartaba los cuerpos antes incluso de tocarlos. Sentía las miradas resbalar sobre mí, algunas curiosas, otras cargadas de una envidia mal disimulada, y muchas, demasiadas, impregnadas de un deseo básico y directo que me resultaba tedioso por lo predecible que era. Mi complexión musculosa y mi estatura imponente funcionaban como un imán, atrayendo la atención de quienes buscaban algo sólido a lo que aferrarse en medio de la vorágine etílica, pero yo no estaba dispuesto a ser el salvavidas de nadie esta noche. Giré hacia una zona un poco más despejada, cerca de unos ventanales que daban a un jardín cubierto de nieve, buscando un poco de aire visual, cuando tres mujeres interceptaron mi trayectoria con una coordinación que sugería una emboscada planificada. Se plantaron frente a mí, bloqueando el paso con sonrisas ensayadas y posturas que buscaban resaltar atributos que no me interesaban en lo más mínimo, sus ojos recorriendo mi figura con una avidez que, en otro momento o con otras personas, podría haber resultado halagadora. Eran atractivas bajo los estándares convencionales, supongo, con sus vestidos ajustados y su maquillaje perfecto, pero carecían de ese misterio, de esa chispa de inteligencia que diferencia a una mujer interesante de un simple adorno de fiesta. Me detuve, no por cortesía, sino porque físicamente no podía avanzar sin arrollarlas, y las miré desde mi altura, mi rostro manteniendo esa expresión impasible y severa que solía reservar para los clientes que no devolvían las pesas a su sitio.
— Vaya, no te habíamos visto antes por aquí... eres enorme —soltó la del medio, una morena de voz chillona que intentó tocar mi brazo, sus dedos rozando apenas la piel de mi bíceps antes de que yo retrocediera medio paso, un movimiento sutil pero claro que marcaba una frontera infranqueable.
Las otras dos rieron, un sonido tintineante y vacío que me provocó una punzada de irritación en la sien, y se acercaron un poco más, como si mi rechazo físico fuera una invitación a intentarlo con más ahínco.
— ¿Te dedicas a algo que requiera tanta fuerza o solo te gusta intimidar a la gente? —preguntó la de la derecha, ladeando la cabeza y mordiéndose el labio inferior en un gesto que seguramente había practicado frente al espejo, creyendo que resultaba irresistible.
Bebí otro sorbo de vino, tomándome mi tiempo antes de responder, disfrutando del silencio incómodo que empezaba a generarse, observando cómo sus sonrisas vacilaban ligeramente ante mi falta de reacción inmediata.
— Me dedico a no perder el tiempo con conversaciones que no llevan a ninguna parte —respondí finalmente, mi voz sonando grave y cortante, sin una pizca de la calidez que ellas esperaban encontrar.
— Oh, vamos, no seas así. Solo queremos que nos invites a algo o que nos cuentes de dónde has salido —insistió la tercera, la rubia teñida, intentando recuperar el terreno perdido con una audacia que rozaba la desesperación.
Las miré una por una, escaneando sus rostros con una frialdad clínica, buscando algo, cualquier cosa que me hiciera cambiar de opinión, pero solo encontré banalidad y alcohol barato. No me parecían atractivas, ni siquiera agradables; eran simplemente ruido, interferencias estáticas en una frecuencia que yo no quería sintonizar.
— Disfrutad de la fiesta. Yo tengo mejores cosas que hacer que fingir interés —sentencié, y sin esperar una réplica, las rodeé con un movimiento fluido, dejándolas allí plantadas.
Pude sentir, casi físicamente, cómo sus egos se desinflaban a mis espaldas, la decepción transformándose rápidamente en una indignación infantil al darse cuenta de que su encanto no tenía moneda de cambio conmigo. Escuché sus murmullos ofendidos, frases cortadas sobre mi arrogancia y mi supuesta mala educación, pero sus palabras me resbalaron como la lluvia sobre el asfalto impermeable. No sentí culpa, ni remordimiento; a mis años, y con mi historial, había aprendido que la honestidad brutal era el único ahorro de tiempo real en las interacciones sociales, y no estaba dispuesto a sacrificar mis minutos de paz por mantener la ilusión de tres desconocidas. Me dirigí hacia una esquina del salón donde la iluminación era más tenue, buscando refugio en las sombras, mi lugar natural, lejos del foco de atención que, paradójicamente, siempre parecía perseguirme. Me apoyé en una columna, cruzando un brazo sobre mi pecho para sostener la copa con el otro, y dejé que mi mirada vagara por la sala, esta vez con el ojo crítico de un cazador que observa la selva sin intención de disparar, solo por el placer de entender el ecosistema. Veía las dinámicas de poder, las parejas que se formaban por inercia, los solitarios que fingían revisar sus teléfonos, todo un teatro humano desplegándose ante mí mientras el alcohol comenzaba a soltar ligeramente mis propias barreras, suavizando los bordes afilados de mi cinismo. Fue entonces, en medio de ese escrutinio desapasionado, cuando percibí algo diferente, una anomalía en el patrón predecible de la noche que hizo que mis instintos se tensaran de inmediato. No fue un sonido, ni un movimiento brusco, sino la sensación casi eléctrica de ser observado, no con lujuria como las tres mujeres anteriores, sino con una precisión analítica, como si alguien estuviera diseccionándome a distancia.
Giré la cabeza lentamente, mis ojos oscuros barriendo el perímetro con calma, hasta que la encontré, destacando entre la multitud como un faro de luz fría en medio de un incendio forestal. Era una mujer, una fotógrafa nocturna por lo que parecía, sosteniendo una cámara profesional con una destreza que delataba oficio y pasión. En el instante preciso en que mis ojos conectaron con su dirección, vi el movimiento de su dedo sobre el disparador, y supe, con una certeza absoluta, que me había robado el alma en una imagen sin pedir permiso. El flash no saltó, era una profesional que sabía trabajar con la luz ambiente, pero el "clic" imaginario resonó en mi cabeza más fuerte que la música. Era Paula, aunque yo aún no sabía su nombre; una mujer blanca, de cabello rubio que caía con una naturalidad estudiada, y unos ojos azules que, incluso a esa distancia, parecían brillar con una inteligencia afilada. No bajó la cámara de inmediato al verse descubierta; sostuvo el encuadre un segundo más, desafiante, antes de bajar la lente y mirarme directamente, sin rastro de vergüenza o disculpa en su rostro. Me quedé estático, la copa de vino olvidada en mi mano, sintiendo una sacudida de intriga que no había experimentado en mucho tiempo; en lugar de molestarme por la invasión a mi privacidad, sentí una curiosidad repentina, un magnetismo que tiraba de mí hacia ella con una fuerza invisible. Ella era diferente, su postura, su mirada, la forma en que se mantenía al margen del caos pero capturándolo, todo en ella gritaba que era una jugadora de mi mismo nivel.
Nuestras miradas se entrelazaron a través de la sala llena de gente, un cable invisible tensándose entre nosotros, ignorando los cuerpos que se interponían en nuestra línea de visión. Ella notó que yo la había visto, que había captado el momento exacto de su hurto visual, y lejos de amedrentarse, sostuvo mi mirada con una firmeza que me resultó increíblemente excitante. Paula, con su estatura de uno setenta y esa figura atractiva que la ropa no lograba ocultar del todo, despertó en mí algo más que simple atracción física; despertó al depredador astuto y pícaro que llevaba dentro. Una sonrisa lenta, casi perezosa, se dibujó en mis labios, una sonrisa coqueta y cargada de intenciones que no necesitaba palabras para ser entendida. No era la sonrisa de cortesía que le había negado a las otras, era una promesa, un reconocimiento de culpa compartida, una señal de que el juego había comenzado y que yo estaba dispuesto a jugar. La tensión entre ambos creció rápidamente en ese intercambio silencioso, el aire volviéndose denso y cargado de electricidad estática, haciendo que el resto de la fiesta se desvaneciera en un segundo plano borroso e irrelevante. Me gustaba su audacia, me gustaba que hubiera tenido el valor de robarme una imagen y la entereza de no apartar la vista cuando la atrapé; eso denotaba carácter, y el carácter era lo único que realmente me seducía.
Decidí que la distancia entre nosotros era un error que debía corregirse de inmediato; la curiosidad se había transformado en una necesidad física de proximidad. Terminé el resto de mi vino de un solo trago, dejando la copa vacía sobre una mesa cercana sin siquiera mirar dónde caía, liberando mis manos para lo que pudiera venir. Me ajusté los puños de la camisa, un gesto reflejo de preparación, y me separé de la columna que me había servido de refugio, abandonando mi posición defensiva para pasar a la ofensiva. Mis pasos comenzaron a trazar una línea recta hacia ella, firmes y decididos, mis botas golpeando el suelo con una cadencia que marcaba el ritmo de mi corazón acelerado. No dejé de mirarla ni un instante mientras avanzaba, mis ojos oscuros clavados en sus ojos azules, desafiándola a que mantuviera la posición mientras yo, con mi imponente estatura y mi presencia física, invadía su espacio. La gente se apartaba a mi paso, percibiendo quizás la intensidad de mi objetivo, o tal vez simplemente apartándose del hombre vestido de n***o que caminaba con la determinación de quien va a reclamar algo que le pertenece. Cada metro que recortaba aumentaba la tensión, esa línea ardiente que nos unía se hacía más corta y más caliente, prometiendo que el choque, cuando finalmente ocurriera, sería inevitable y posiblemente devastador. Tomás caminaba hacia Paula, y la noche, que había empezado fría y aburrida, de repente prometía arder.