Capítulo 2.

4137 Words
Me detuve frente a ella, frenando mi inercia con la precisión de una máquina que corta su suministro de energía, quedando a escasos centímetros de su cuerpo, lo suficientemente cerca para invadir su espacio vital pero sin llegar a tocarla, imponiendo mi presencia como una montaña de granito ante una flor que se niega a ser aplastada por el viento. La música de la fiesta parecía haber bajado de volumen, o quizás fue mi cerebro el que decidió filtrar el ruido estático para concentrarse únicamente en la frecuencia que ella emitía, una vibración casi imperceptible de desafío y curiosidad que resonaba con la mía propia. Desde mi altura de metro noventa, bajé la mirada hacia ella, observando cómo sus ojos azules se clavaban en los míos sin el menor rastro de intimidación, devolviéndome el escrutinio con una firmeza que pocas veces encontraba en alguien, y mucho menos en una mujer rodeada de pavos reales borrachos. Su cabello rubio brillaba bajo las luces estroboscópicas, un halo dorado que contrastaba con la oscuridad de mis propias intenciones y con mi cabello n***o y liso, creando un juego visual de opuestos que mi mente artística, enterrada bajo capas de músculo y cinismo, no pudo evitar apreciar. No bajó la cámara, la mantuvo aferrada entre sus manos como un escudo o tal vez como un arma, sus dedos largos y ágiles acariciando el cuerpo del objetivo con una familiaridad técnica que delataba horas de oficio en la penumbra. Pude oler su perfume, una fragancia sutil que no buscaba competir con el hedor a alcohol y sudor del ambiente, sino que existía en una capa diferente, algo fresco y nocturno que me recordó a la lluvia sobre el asfalto caliente. Me mantuve en silencio durante unos segundos eternos, dejando que mi sombra la cubriera, probando los límites de su compostura, esperando ver esa g****a en la fachada que siempre aparecía cuando la gente se enfrentaba a mi seriedad, pero ella no parpadeó, se mantuvo firme en su metro setenta, erguida y segura. Sentí una punzada de respeto, una rareza en mi catálogo emocional, y dejé que una comisura de mis labios se elevara milimétricamente, rompiendo mi máscara de hielo con un gesto de picardía calculada. — Tomás —solté mi nombre al aire, seco y directo, como quien lanza una piedra a un estanque para ver las ondas, sin ofrecerle mi mano ni una sonrisa de cortesía, presentándome con la frialdad de un iceberg que esconde el noventa por ciento de su masa bajo la superficie. Ella ladeó la cabeza ligeramente, un movimiento felino que me permitió ver la curva de su cuello, y sus ojos azules recorrieron mi rostro una vez más, catalogando cada rasgo, desde mis ojos oscuros hasta la tensión de mi mandíbula, procesando la información con esa intuición social que parecía emanar de su piel. — Paula —respondió ella, y su voz sonó clara, sin el temblor que solía provocar mi cercanía física, con un tono que equilibraba una frialdad especular a la mía con una curiosidad vibrante que bailaba en sus pupilas. Me crucé de brazos, haciendo que los bíceps se marcaran bajo la tela negra de mi camisa, un despliegue de fuerza inconsciente pero efectivo que formaba parte de mi lenguaje corporal habitual, y decidí ir directo al grano, ignorando los preámbulos sociales que tanto detestaba. — No suelo permitir que me roben cosas, Paula, y mucho menos mi imagen —murmuré, inclinándome un poco hacia ella para que mi voz grave cortara el aire entre nosotros, cargando las palabras con una mezcla de reproche fingido y coqueteo oscuro— ¿Tienes alguna razón válida para disparar sin permiso, o simplemente te gusta coleccionar trofeos de caza mayor? Paula sonrió entonces, una sonrisa enigmática que no llegaba a mostrar los dientes, una expresión de quien sabe algo que tú ignoras y disfruta de esa ventaja táctica, demostrando que sabía guardar silencio cuando era necesario antes de soltar su golpe. — Depende —replicó, sosteniendo mi mirada con una intensidad que hizo que la temperatura entre nosotros subiera varios grados de golpe, ignorando la amenaza velada en mi pregunta para centrarse en la oportunidad— Mi tarifa por explicar mi arte suele ser alta, pero dado que eres el modelo involuntario, podría hacerte un descuento. Invítame a un trago y te diré por qué tu cara merecía un espacio en mi tarjeta de memoria. La audacia de su propuesta me golpeó con la fuerza de una revelación; estaba acostumbrado a que las mujeres esperaran ser invitadas, a que jugaran el papel de presas pasivas esperando al depredador, pero Paula había invertido los roles con una naturalidad pasmosa, negociando conmigo como si estuviéramos cerrando un trato comercial en lugar de coqueteando en una fiesta absurda. Me gustó esa agilidad mental, me gustó que no se disculpara y que, en cambio, me retara, poniendo un precio a su secreto que requiera una acción por mi parte, transformando la interacción en un juego de dos direcciones. Mi sonrisa se ensanchó, transformándose en esa expresión astuta y pícara que solía preceder a mis peores y mejores decisiones, y sentí cómo el magnetismo natural que poseía se desplegaba completamente, aceptando el desafío. Asentí lentamente, reconociendo su jugada, y sin decir una palabra más, extendí mi brazo no para tocarla, sino para señalarle el camino, un gesto de invitación que también era una orden implícita de que me siguiera. — Trato hecho —concedí, mi voz bajando una octava, volviéndose más íntima— Pero no vamos a beber la basura que sirven en la barra principal. Si vas a confesar, necesito que valga la pena. Me giré, dándole la espalda momentáneamente pero sabiendo con certeza absoluta que ella me seguiría, sintiendo su presencia detrás de mí como un campo magnético que se desplazaba en sincronía con mis pasos. Comencé a abrirme paso entre la multitud de nuevo, pero esta vez no era un vagabundeo solitario; tenía un destino y una compañía, y eso cambiaba la dinámica de mi movimiento, haciéndolo más decidido, más protector, asegurándome de que el caos de la fiesta no la tragara mientras avanzábamos hacia terreno más neutral. Caminamos juntos, esquivando cuerpos que se movían al ritmo de una canción electrónica repetitiva, una marea de humanidad que me resultaba cada vez más ajena ahora que mi atención estaba focalizada en la mujer que caminaba a mi lado. Mis ojos, entrenados para detectar oportunidades y debilidades, escanearon el entorno buscando el objetivo perfecto para cumplir mi parte del trato, descartando las bandejas de los camareros que llevaban copas de champán aguado. Pasamos cerca de una mesa reservada, una zona VIP delimitada por cordones de terciopelo rojo que supuestamente protegían a la élite de la plebe, donde un grupo de hombres de trajes caros reía a carcajadas ignorando una botella de whisky de malta importado que descansaba, solitaria y tentadora, en el borde de su mesa. No lo pensé dos veces; mi código moral siempre había sido flexible cuando se trataba de equilibrar la balanza contra la opulencia desperdiciada, y la emoción del pequeño hurto encendió esa parte apasionada y fogosa de mi carácter. Sin detener mi paso, extendí mi mano grande y firme, mis dedos cerrándose alrededor del cuello de la botella ajena con la rapidez de una serpiente atacando, y la deslicé hacia mi costado, pegándola a mi cuerpo para ocultarla en la sombra de mi silueta. Fue un movimiento fluido, invisible para los dueños distraídos, pero supe que Paula lo había visto por la forma en que soltó una pequeña exhalación, una mezcla de sorpresa y complicidad. — Sígueme —susurré, guiándola lejos del tumulto, buscando las puertas francesas que había visto antes, las que daban a una galería lateral mucho menos transitada, un espacio donde el ruido se convertía en un murmullo distante y la noche podía respirar. El aire en la galería era más fresco, olía a polvo antiguo y a cera de muebles, un contraste bienvenido con el ambiente cargado del salón principal, y la iluminación tenue de unas pocas lámparas de pared creaba una atmósfera de clandestinidad perfecta para dos conspiradores que acababan de cometer un crimen menor. Nos detuvimos junto a una ventana alta que daba al jardín nevado, la luz de la luna reflejándose en la nieve y bañando el interior con un resplandor azulado y fantasmal que hacía que los ojos de Paula parecieran aún más profundos y misteriosos. Solté la botella sobre el alféizar de mármol con un golpe suave, el sonido del vidrio contra la piedra resonando como una campana que marcaba el inicio del segundo acto, y me giré para enfrentarla completamente, apoyando mi espalda contra el marco de la ventana. La tensión entre ambos creció rápidamente en ese silencio repentino, una electricidad estática que erizaba el vello de mis brazos y hacía que el aire se sintiera denso, difícil de respirar pero delicioso de saborear. La miré, realmente la miré, notando cómo su respiración se había acelerado ligeramente, cómo sus pupilas se dilataban al mirarme, y supe que la atracción era mutua, visceral y peligrosa. No había vasos, ni hielo, ni servilletas; solo nosotros, el alcohol robado y la promesa de una conversación que desnudara algo más que hechos superficiales. Rompí el sello de la botella con un giro seco de mi muñeca, el crujido del metal rasgándose sonando obscenamente fuerte en la quietud del pasillo, y desenrosqué el tapón, liberando el aroma complejo del whisky añejo, turba y caramelo quemado que subió hasta mi nariz. Le ofrecí la botella primero, un gesto de caballerosidad retorcida, desafiándola a beber sin la protección de una copa, a compartir los gérmenes y la saliva, a cruzar esa primera barrera física de la intimidad oral. Paula no dudó; tomó la botella pesada con sus manos delicadas pero firmes, sus dedos rozando los míos en el intercambio, enviando una corriente eléctrica que recorrió mi brazo hasta la columna vertebral. — Salud por los ladrones —brindó ella con una voz suave y ronca, levantando la botella hacia mí antes de llevarse el cristal a los labios y tomar un trago largo, su garganta moviéndose al tragar el líquido ardiente sin una sola mueca de desagrado. Me devolvió la botella, sus ojos brillando con el efecto inmediato del alcohol soltando barreras, y yo, hipnotizado por la mancha húmeda que sus labios habían dejado en la boca de la botella, coloqué mi boca exactamente en el mismo lugar, bebiendo de su rastro, saboreando el whisky mezclado con la fantasía de su sabor. El líquido quemó al bajar, un fuego líquido que se asentó en mi estómago y comenzó a irradiar calor hacia mis extremidades, alimentando la fogosidad que siempre latía bajo mi piel. — Ahora cumple tu parte —exigí, bajando la botella pero manteniéndola cerca, como un ancla que nos mantenía unidos en este naufragio voluntario— Tienes tu trago, y es uno muy bueno, robado a unos banqueros que probablemente no lo merecían. Dime, Paula, ¿por qué yo? ¿Por qué esa foto? Me acerqué un paso más, invadiendo su zona de confort hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual conmigo. La atmósfera se cargó de un erotismo latente, una promesa de que las palabras eran solo el preludio de algo mucho más físico. Ella se apoyó contra la pared opuesta, cruzando sus piernas de manera que su figura atractiva se delineara bajo la ropa, y sostuvo mi mirada con esa intuición que me desarmaba, como si pudiera leer los pensamientos sucios y poéticos que se arremolinaban en mi mente. Pasó la lengua por sus labios, recogiendo una gota perdida de whisky, un gesto que seguí con la mirada como un hombre hambriento sigue un trozo de pan. — No te tomé la foto porque seas guapo, Tomás, aunque es evidente que lo eres y que lo sabes —comenzó, su voz bajando a un susurro cómplice, desmantelando mi ego con una honestidad brutal para luego reconstruirlo con algo más interesante— Hay muchos hombres guapos ahí dentro. Son aburridos. Son predecibles. Tú... tú estabas ahí, en medio de todo ese ruido, y parecías estar en un silencio absoluto. Hizo una pausa, como buscando las palabras exactas, o quizás disfrutando de tenerme pendiente de sus labios, esperando su veredicto. Volvió a tomar la botella de mis manos, sus dedos acariciando mis nudillos deliberadamente, y bebió otro trago, esta vez más corto, antes de continuar. — Vi la forma en que mirabas a esas chicas, como si no existieran. Vi cómo sostenías tu copa, como si fuera lo único real en la habitación. Tienes una oscuridad, Tomás. Una tensión en los hombros, en la mandíbula... una violencia contenida que me resulta fascinante. —Sus ojos azules se oscurecieron, reflejando una comprensión profunda de mi naturaleza— Mi cámara busca eso. No me interesan las sonrisas falsas ni las poses de i********:. Busco lo que la gente trata de esconder cuando cree que nadie mira. Se separó de la pared y dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia a casi nada, obligándome a mirar hacia abajo, a perder el control de la situación por primera vez en la noche. Su perfume me envolvió, embriagador, mezclándose con el olor a whisky en su aliento. — Soy una fotógrafa alternativa —susurró, y la etiqueta sonó en sus labios como una confesión de un pecado delicioso— No busco la luz, busco las sombras. Me especializo en capturar el lado nocturno, lo crudo, lo que sucede cuando el sol se esconde y las máscaras se caen. Y tú, Tomás, con esa mirada de lobo hambriento y ese traje elegante... eres la personificación de la noche que yo quiero capturar. […] No sé cuántas horas habían pasado desde que el primer trago de aquel whisky robado nos había quemado la garganta, ni cuántas botellas ajenas se habían desvanecido en la penumbra de la galería lateral mientras nuestras palabras se trenzaban en una danza peligrosa de verdades a medias y promesas tácitas. De alguna manera, la intensidad de la conversación, la forma en que Paula desmantelaba mi fachada con su curiosidad punzante, se había vuelto tan embriagadora como el alcohol mismo, creando una borrachera compartida que no necesitaba la luz estroboscópica de la pista de baile. El retorno al salón principal no fue un escape del pasillo, sino una extensión de nuestra intimidad, un movimiento lógico que nos llevó, sin mediar palabra, al centro de la pista de baile, ahora curiosamente amplia y aparentemente vacía, un escenario desierto en medio del caos de la fiesta. La música había descendido a un ritmo lento y sensual, una melodía grave y melancólica que abrazaba el cuerpo y obligaba a la cercanía, y nos encontramos inmersos en ella, nuestros cuerpos buscando el contacto con la naturalidad de dos elementos que han estado destinados a chocar desde el principio del universo. Mis brazos fuertes se deslizaron automáticamente alrededor de su cintura, la palma de mi mano grande se asentó sobre la curva de su cadera, sintiendo la tela suave del vestido n***o bajo mis dedos, una conexión física que era el resultado inevitable de todas las miradas, todos los desafíos, todas las confesiones robadas que habíamos compartido. Ella, sin dudarlo, se acurrucó contra mí, su cabeza de cabello rubio reposando con una familiaridad sorprendente sobre la dureza de mi pecho, justo donde la camisa negra se tensaba sobre el músculo, y sentí el peso ligero de su cuerpo, una bienvenida carga que de inmediato borró cualquier rastro de la fatiga que me había traído a esta fiesta. La música nos movía con una lentitud casi dolorosa, un vaivén hipnótico que no era un baile, sino un roce constante, un lenguaje silencioso donde la presión de mi mano sobre su cintura respondía al ritmo de su respiración contra mi piel. El contacto directo de nuestros cuerpos fue un impacto simultáneo y visceral, una descarga eléctrica que no era violenta, sino profundamente calmante, una fusión de energías donde mi rigidez encontró alivio en su suavidad ágil, y su curiosidad pareció anclarse en mi solidez. Sentí cada curva de su figura atractiva ajustándose a mi estructura, la diferencia de nuestras estaturas desapareciendo en la perfección de ese abrazo que nos hacía encajar como piezas de un rompecabezas diseñado por la misma mano del destino. El alcohol había hecho su trabajo, soltando las riendas de la disciplina que tan celosamente guardaba en mi vida cotidiana, permitiendo que el hombre apasionado y fogoso que se escondía bajo el traje de entrenador y dueño de gimnasio tomara el control sin remordimientos. Pude oler su perfume más intensamente ahora, una mezcla embriagadora de su piel, el whisky y ese aroma nocturno que la definía, creando un halo de sensualidad que me nublaba el juicio de la manera más deliciosa posible. Cerré los ojos, disfrutando de la sensación de su cabello en mi barbilla, del calor que emanaba de su cuerpo, de la certeza absoluta de que en ese vasto y vacío espacio de la pista de baile, solo existíamos nosotros dos, dos sombras que habían encontrado su reflejo en la oscuridad. Mi mano se movía lentamente sobre la curva de su cintura, acariciando la piel bajo la tela, un movimiento sutil pero cargado de promesas que esperaba que entendiera, sintiendo cómo su cuerpo respondía con un leve estremecimiento que me encendió por completo. Este no era un coqueteo superficial; era una negociación de rendición, y yo sabía que estaba perdiendo, o mejor dicho, ganando, al permitir que ella tomara las riendas de mi deseo. Fue un movimiento rápido, un acto de voluntad pura, que rompió la lentitud hipnótica de nuestro baile. Paula, con esa agilidad que la hacía tan peligrosa, se separó de mi pecho justo lo suficiente para poder agarrar mi camisa con ambas manos, aferrándose a la tela con una decisión que no admitía réplicas. Sus ojos azules, ahora oscurecidos por el deseo, se clavaron en los míos, una orden silenciosa, un desafío final antes de que la línea de la tensión fuera cruzada de forma definitiva. Con un tirón firme y sorprendentemente fuerte, ella me obligó a bajar mi cabeza, acortando la gran distancia que separaba mi boca de la suya, una maniobra de su parte que confirmó que ella era la cazadora y yo, el premio que había decidido reclamar sin más dilación. No hubo vacilación, no hubo duda, solo el impacto suave pero profundo de nuestros labios uniéndose por primera vez, un contacto que fue tan explosivo como el primer sorbo de alcohol, pero infinitamente más adictivo y necesario. Mis párpados se cerraron de inmediato, y sentí cómo una sonrisa inconsciente se extendía por mis labios al percibir la entrega en su beso, la respuesta sin reservas de su boca contra la mía, confirmando el fuego que había estado ardiendo a fuego lento entre nosotros durante horas. El sabor era el que había anticipado: whisky, un toque de menta y la dulzura natural de una boca que me había estado negando sus secretos durante demasiado tiempo. No me dio tiempo a responder de forma pasiva; mi naturaleza apasionada y fogosa exigía una réplica inmediata y abrumadora a la audacia de su ataque. Dejé que mi sonrisa se borrara, reemplazada por la intensidad pura del deseo, y sin romper el beso, mis manos dejaron su cintura para deslizarse con firmeza bajo sus muslos. Con un impulso potente de mis brazos, la levanté del suelo sin esfuerzo, cargándola sobre mí, obligando a sus piernas a rodear mi cintura, abrazando mi cuerpo con la misma fuerza que ella me había besado, transformando el beso lento en un acto de dominación y entrega mutua. El aliento se me escapó en un gemido sordo que se perdió en la profundidad de nuestras bocas, y el beso se volvió más voraz, más demandante, un intercambio de alientos y lenguas que era una declaración de intenciones sin filtro. La sentí aferrarse a mi cuello, sus dedos tensos en mi piel, mientras yo la sostenía contra la dureza de mi cuerpo, mi propia excitación física reaccionando a la sensación del peso de su figura atractiva ajustándose a mi centro, sintiendo la textura de su piel y la agilidad de sus movimientos. La música se convirtió en un simple zumbido lejano, y la pista de baile, que ya estaba vacía, se desvaneció por completo en la realidad, quedando solo el calor de nuestros cuerpos, la urgencia de nuestros deseos y la certeza de que este encuentro era el destino ineludible que habíamos estado construyendo desde la primera foto robada. El segundo beso, profundo y prolongado, fue la línea de fuego que cruzamos sin mirar atrás, un punto de no retorno que dejó claro que la conversación había terminado y que la acción era la única forma de seguir respirando. Nos separamos ligeramente, solo para tomar aire, nuestros rostros tan cerca que nuestras frentes se tocaban, la respiración agitada de Paula chocando contra mis labios, mientras yo la sostenía firmemente, mi corazón latiendo con una fuerza inusitada que resonaba en mi pecho como un tambor de guerra. Nuestros ojos se abrieron, encontrándose en la penumbra, y en el azul oscuro de sus pupilas vi el mismo fuego irrefrenable que sentía arder en mis propias venas, la misma necesidad de huir de la banalidad y sumergirnos en lo crudo, en lo real. No hizo falta que articulara ni una sílaba; mi intención era clara, tan obvia como la erección que se tensaba bajo mis pantalones, tan fuerte como la mano que descansaba en la curva de su espalda. Le hice una seña con los ojos, un gesto sutil, indicándole la dirección de la salida, la promesa implícita de que este juego se jugaría en un escenario diferente, más privado, donde no habría testigos ni música que interfiriera con el único sonido que importaba. Ella entendió de inmediato, esa intuición social tan desarrollada que la caracterizaba, captando el mensaje antes de que se formara en mi mente, y su única respuesta fue un movimiento lento y sensual de asentimiento con la cabeza, una confirmación que me dio permiso para finalizar la transacción. La bajé al suelo lentamente, mis manos rozando sus muslos, manteniendo el contacto hasta el último momento, y luego giré mi cuerpo hacia la salida más cercana, tomando su mano con la mía, una unión de fuerza y agilidad que se movía con propósito a través de la fiesta. Salir del salón fue un borrón de luces y ruido; la gente que nos miraba se sintió irrelevante, meras figuras de cartón que no podían comprender la intensidad del vínculo que acababa de forjarse. Al cruzar la puerta principal, el frío de la noche nos golpeó con la fuerza de un latigazo, un contraste físico que sirvió para despertar los sentidos, pero que no hizo nada para enfriar el fuego que ardía entre nosotros. El sonido del motor de mi Kawasaki rugiendo a la vida rompió el silencio de la calle desierta, un rugido grave y potente que se sentía como una extensión de mi propia energía, una bestia mecánica que nos llevaría lejos del teatro de la noche. Ella subió detrás de mí sin ayuda, con una agilidad sorprendente para alguien que había bebido tanto, su cuerpo pegándose al mío con la familiaridad de alguien que sabe exactamente dónde debe estar. La abracé con mis brazos fuertes, asegurándola contra mi espalda, sintiendo su calor a través de mi chaqueta de cuero, la promesa del encuentro que se acercaba. El camino no era largo, no se necesita mucho tiempo para encontrar un lugar que ofrezca la discreción y el anonimato que dos extraños fogosos necesitan para volverse íntimos, y mi mente ya había cartografiado los moteles discretos en las afueras. Saqué el casco adicional de la maleta de la moto, sintiendo el metal frío en mis manos, y me giré para colocarlo sobre la cabeza de Paula. Ella alzó su rostro hacia mí, sus ojos azules brillando bajo la luz mortecina de un farol, y noté cómo su sonrisa era ahora más profunda, más real que cualquier gesto que había mostrado en la fiesta. Sostuve el casco entre mis manos, ese objeto de protección y velocidad, y lo deslicé lentamente sobre su cabello rubio, encajándolo sobre su cabeza con una intimidad que no era menos sensual que un beso. Mis dedos se demoraron en asegurar la correa bajo su barbilla, ajustándola con el cuidado de quien vela por un tesoro, sintiendo la suavidad de su piel por última vez antes de que la visera de acrílico se interpusiera entre nosotros. El acto fue una promesa, una ceremonia de partida que anunciaba que la espera había terminado, y que el único camino a seguir era la velocidad.
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