Capítulo 16

2990 Words
El humo del cigarrillo que él exhalaba con esa insolencia teatral se enroscó en el aire frío del portal, dibujando formas fantasmales que parecían burlarse de la rigidez de mi postura, mientras su presencia física actuaba como un ácido corrosivo sobre la capa de control que yo había intentado mantener intacta durante todo el trayecto desde el hospital. Era como mirar una versión degradada de mi propio reflejo en un espejo de feria roto, una distorsión grotesca donde mis rasgos afilados se suavizaban por el exceso de alcohol y las noches sin dormir, y donde mi disciplina férrea era reemplazada por una languidez depredadora y oportunista que me revolvía el estómago con una mezcla de reconocimiento y repulsión. No necesité preguntar qué hacía allí ni cómo había encontrado mi dirección después de una década de silencio absoluto; las respuestas estaban escritas en la suela desgastada de sus botas militares y en la codicia hambrienta que brillaba en sus ojos oscuros al recorrer la fachada de mi edificio, calculando el valor de mi vida actual para ver cuánto podía saquear antes de desaparecer de nuevo. Sentí cómo los músculos de mis trapecios se tensaban hasta convertirse en piedra bajo mi chaqueta de cuero, una reacción fisiológica automática ante la amenaza invasora que mi cerebro reptiliano identificó mucho antes de que mi lógica pudiera procesar la catástrofe emocional que su regreso implicaba. Gabriel no era simplemente un familiar perdido que buscaba redención o un techo caliente; era la encarnación viva del caos del que yo había huido, el agujero n***o que había tragado cualquier intento de normalidad en nuestra juventud y que ahora amenazaba con devorar el imperio de orden que yo había construido con sangre y sudor. Tiró la colilla al suelo de mármol inmaculado de la entrada, aplastándola con un giro lento y deliberado de su pie, un gesto minúsculo pero cargado de un simbolismo de profanación que actuó como el detonante final para la bomba de relojería que yo llevaba en el pecho. Su sonrisa se ensanchó al ver mi reacción, mostrando unos dientes que no conocían la blanqueadora dental y una satisfacción perversa al comprobar que, a pesar de los años y de mi éxito, seguía teniendo la capacidad de sacarme de mis casillas con un solo movimiento. — Lárgate. La palabra salió de mi garganta como un proyectil de bajo calibre, cargada de una advertencia letal que cualquier hombre con instinto de supervivencia habría obedecido al instante, pero Gabriel simplemente soltó una carcajada ronca que rebotó en las paredes de piedra del edificio. Se separó del marco de la puerta con una lentitud exasperante, estirando los brazos como si estuviera despertando de una siesta larga y placentera, invadiendo mi espacio personal con ese olor rancio a tabaco barato y sudor viejo que me trajo recuerdos de habitaciones cerradas y gritos nocturnos. Me miró de arriba abajo, evaluando mi ropa cara y mi postura de combate con una diversión cínica, negando con la cabeza como si mi transformación en un hombre de negocios respetable fuera el chiste más gracioso que había escuchado en años. Dio un paso hacia mí, ignorando la tensión eléctrica que vibraba en el aire, y extendió una mano con la palma abierta en un gesto de falsa paz que ocultaba, como siempre, una daga en la otra mano. La furia que me había consumido en el hospital, la impotencia de ver a Paula mirarme como a un extraño, encontró de repente un canal de salida perfecto y justificado en la figura de mi hermano, convirtiéndolo en el pararrayos de toda mi frustración acumulada. No esperé a que hablara, no esperé a que soltara alguna de sus mentiras manipuladoras sobre la familia o la mala suerte; mi paciencia se había agotado hacía diez años y no tenía intención de renovar el crédito. — Vaya bienvenida, Tomás, cualquiera diría que no me echabas de menos, aunque viendo lo bien que te va, supongo que te has olvidado de dónde venimos y de quién te enseñó a pelear en el barro antes de que te volvieras tan... civilizado. El primer golpe no vino de sus puños, sino de su audacia al intentar tocarme el pecho con un dedo acusador, una invasión territorial que mi cuerpo rechazó con una violencia explosiva. Le aparté la mano con un manotazo seco que resonó como un latigazo, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, le lancé un empujón directo al pecho con la palma abierta, aplicando la fuerza bruta que solía reservar para las barras olímpicas más pesadas. Gabriel trastabilló hacia atrás, sus botas resbalando en la acera, pero lejos de amedrentarse, su rostro se transformó en una máscara de ira callejera, esa expresión salvaje que precedía a las peleas en los bares de mala muerte de nuestra adolescencia. Se lanzó contra mí con un rugido gutural, bajando el hombro para intentar derribarme con una embestida torpe y desesperada, buscando llevar la pelea al suelo donde la técnica importa menos que la suciedad. Pero yo ya no era el chico que peleaba a ciegas; era una máquina de precisión biomecánica, y lo recibí con una estabilidad de granito, pivotando sobre mi pie izquierdo para esquivar su carga y conectando un gancho corto al hígado que le cortó la respiración en seco. El impacto de mis nudillos contra su carne blanda fue una sensación repugnante y satisfactoria a la vez, una confirmación táctil de mi superioridad física que, sin embargo, me dejó un sabor metálico en la boca. — No te levantes. Gabriel ignoró mi orden, por supuesto, boqueando en el suelo mientras su rostro se congestionaba por la falta de aire, pero sus ojos brillaban con esa locura resiliente que siempre lo había caracterizado. Se incorporó escupiendo saliva sanguinolenta sobre el asfalto, y se limpió la boca con el dorso de la mano antes de volver a la carga, esta vez lanzando una lluvia de golpes desordenados que buscaban mi cara con la intención de marcarme, de romper la fachada de perfección que tanto odiaba. Bloqueé sus puños con mis antebrazos, sintiendo el impacto de sus huesos contra los míos, analizando sus patrones de ataque con la frialdad de quien estudia una rutina de ejercicios mal ejecutada. Era rápido, sucio y peligroso, pero carecía de fondo y de disciplina; era pura entropía lanzada contra un muro de hormigón armado. Atrapé su muñeca derecha en el aire cuando intentó un golpe cruzado, aplicando una torsión articular que lo obligó a girar el cuerpo con un grito de dolor, y aproveché la apertura para barrer sus piernas con una patada baja que lo mandó de espaldas contra el suelo duro con un golpe seco y definitivo. Me coloqué sobre él inmediatamente, inmovilizándolo con una rodilla en el pecho que le impedía respirar con normalidad, mi mano cerrada alrededor de su cuello, no para asfixiarlo, sino para mantenerlo quieto bajo el peso de mi dominio absoluto. — Sigues siendo el mismo animal predecible, Gabriel, solo que ahora eres más lento y yo soy mucho más fuerte de lo que recuerdas, así que no me obligues a romperte algo que no pueda arreglarse con hielo. Él me miró desde el suelo, con la cara raspada y el orgullo intacto, y para mi sorpresa y furia, comenzó a reírse de nuevo, una risa ahogada por la presión de mi rodilla pero cargada de veneno. Sus manos agarraron mi muñeca, no para quitársela, sino para sostenerse, como si disfrutara del contacto violento, como si esta b********d fuera la única forma de intimidad que reconocía entre nosotros. Había sangre en sus dientes cuando sonrió, una imagen grotesca que me revolvió el estómago y me hizo cuestionar, por un segundo, si yo no era igual que él, solo que con mejor ropa y más dinero. La pelea había terminado físicamente, yo había ganado con una facilidad insultante, pero su mirada me decía que la guerra psicológica apenas estaba comenzando y que él tenía armas que mis músculos no podían bloquear. Gabriel sabía que mi talón de Aquiles no era físico, sino la necesidad patológica de mantener mi mundo bajo control, y su sola existencia era una bomba de racimo lanzada contra mis cimientos. — Puedes golpearme todo lo que quieras, hermanito, puedes romperme la cara y tirarme a la basura, pero eso no cambia el hecho de que he vuelto para quedarme y de que voy a ser tu sombra, te guste o no. Me levanté de golpe, apartándome de él como si fuera material radiactivo, sintiendo la necesidad imperiosa de limpiarme las manos y el alma. Lo miré desde mi altura, respirando agitadamente, mientras él se incorporaba lentamente, sacudiéndose el polvo de la chaqueta como si nada hubiera pasado, recuperando esa compostura cínica que me resultaba insoportable. Recogió su mochila del suelo, se colgó un asa al hombro y me guiñó un ojo con una familiaridad que me prometía pesadillas futuras. Sabía que no se iría lejos, sabía que rondaría mi vida como un buitre esperando el momento de debilidad, pero en ese instante, con la adrenalina quemándome las venas y la imagen de Paula en el hospital martilleándome el cerebro, decidí que no le daría ni un segundo más de mi tiempo. Le di la espalda sin decir una palabra más, un gesto de desprecio supremo, y entré en el edificio para recoger la bolsa de Paula con movimientos mecánicos y violentos, necesitando huir de allí antes de cometer un error irreversible. — Nos vemos pronto, Tomás, guárdame un sitio en tu gimnasio de lujo. Su voz me persiguió hasta el ascensor, pero la ignoré, centrando toda mi energía en la única misión que importaba ahora: llegar a Paula. La bolsa de viaje en mi mano se sentía ligera, pero la carga emocional que llevaba sobre los hombros amenazaba con aplastarme si me detenía a pensar. Salí por la puerta del garaje montado en la Kawasaki, el motor rugiendo con una ferocidad que igualaba mi estado interno, y me lancé a las calles nocturnas conduciendo con una agresividad s*****a, cortando el tráfico como un cuchillo caliente, buscando en la velocidad el olvido que la violencia no me había proporcionado. Necesitaba verla, necesitaba tocarla, necesitaba borrar la suciedad de mi hermano con la pureza complicada de nuestra conexión rota. La imagen de Gabriel sangrando en el suelo se superponía con la mirada vacía de Paula en la cama del hospital, creando un collage de desastres que me impulsaba a acelerar más, a buscar en el riesgo físico una forma de sentirme vivo y en control. El hospital apareció ante mí como un faro de luz estéril en medio de la oscuridad, y dejé la moto en la entrada sin importarme las señales de prohibido, corriendo hacia los ascensores con la bolsa al hombro y el corazón desbocado. Caminé por los pasillos blancos con pasos largos y decididos, ignorando a las enfermeras que me miraban con reproche, sintiendo que llevaba conmigo una tormenta eléctrica que podía hacer saltar los fusibles del edificio. Al entrar en la habitación 304, la encontré despierta, mirando por la ventana hacia la nada negra de la noche, su perfil iluminado por la luz de las farolas exteriores, luciendo tan frágil y distante que me dolió físicamente. Se giró al escucharme entrar, y sus ojos azules me escanearon con esa misma curiosidad cautelosa de antes, pero esta vez, notó algo diferente en mí: la tensión en mi mandíbula, el brillo febril en mis ojos, la energía vibrante y peligrosa que traía de la pelea. No le di tiempo a analizarme, no le di tiempo a pensar ni a buscar en su memoria dañada quién era yo; cerré la puerta con el pestillo, dejando fuera al mundo, a los médicos, a su madre y a mi hermano, y me acerqué a la cama con la determinación de un hombre que se juega su última carta. — Te traje tus cosas. Mi voz sonó ronca, casi un gruñido, y dejé la bolsa en el suelo sin mirarla, mis ojos clavados en los suyos, transmitiéndole una intensidad que la hizo estremecerse visiblemente. Me acerqué hasta el borde de la cama, invadiendo su espacio vital, y ella no retrocedió; se mantuvo quieta, observándome con los labios entreabiertos, su respiración acelerándose al compás de mi cercanía. La bata de hospital le quedaba grande y le daba un aspecto de paciente que yo detestaba, así que extendí la mano y toqué su mejilla con los nudillos, un roce áspero y caliente que contrastaba con su piel fría. Ella cerró los ojos al contacto, soltando un suspiro tembloroso, y supe que la puerta seguía abierta, que su cuerpo reconocía la llamada de la selva aunque su mente estuviera perdida en la civilización. No hubo palabras suaves, no hubo explicaciones médicas sobre la memoria; me incliné sobre ella y capturé su boca con un beso que no pedía permiso, un beso hambriento y desesperado que llevaba el sabor de mi furia y mi miedo. Paula se tensó por un segundo, su cerebro lógico intentando procesar la invasión de este desconocido familiar, pero entonces sus manos se alzaron por voluntad propia para aferrarse a mi chaqueta de cuero, tirando de mí hacia ella con una fuerza que desmentía su fragilidad. — Tomás... Susurró mi nombre contra mis labios, no como un dato, sino como una súplica, y ese sonido rompió el último dique de mi contención. Me subí a la cama con cuidado de no lastimarla pero con la urgencia de poseerla, mi cuerpo cubriendo el suyo, protegiéndola y reclamándola a la vez, creando un refugio de calor y peso en medio de la frialdad clínica. Sus manos se colaron bajo mi chaqueta, buscando el calor de mi pecho, sus dedos trazando el mapa de mis músculos con una familiaridad ciega que me hizo gemir en su boca. Ella no recordaba nuestras conversaciones, no recordaba mis celos ni mis victorias, pero recordaba esto: la fricción, el peso, la química innegable que explotaba cada vez que nos tocábamos. Deslicé mis manos por su cuerpo, apartando la bata lo suficiente para sentir su piel desnuda, y ella arqueó la espalda, ofreciéndose al contacto, sus piernas enredándose con las mías en una danza instintiva que no necesitaba partituras. La besé en el cuello, en el punto exacto donde sabía que perdía la razón, y la sentí vibrar bajo mí, un sonido de placer puro que no tenía pasado ni futuro, solo un presente absoluto y abrasador. — No pienses, Paula. Solo siente. Tu cuerpo sabe quién soy, déjalo hablar. Ella asintió frenéticamente, sus ojos anclados en los míos, oscuros y dilatados, reflejando mi propia desesperación. Cada caricia era un recordatorio, cada beso era un ladrillo en la reconstrucción de nuestro puente, y a medida que la intensidad crecía, vi cómo la confusión en su mirada se disipaba, reemplazada por una claridad visceral. No estábamos haciendo el amor para celebrar nada; estábamos follando para sobrevivir, para anclarnos el uno al otro en medio del naufragio de su memoria y de mi vida. La sentí húmeda y dispuesta, su cuerpo respondiendo a mi toque con una lubricación natural que confirmaba que, para sus células, yo seguía siendo su amante, su dueño, su igual. Me acomodé entre sus piernas, sintiendo la resistencia de las sábanas de hospital, y entré en ella con un empuje lento y profundo, dándole tiempo a sentirme, a llenarse de mí, a reconocer la forma exacta en que encajábamos. Paula soltó un grito ahogado contra mi hombro, sus uñas clavándose en mi espalda a través de la camiseta, y comenzó a moverse conmigo, encontrando el ritmo perdido, la cadencia que habíamos perfeccionado en noches de sudor y secretos. — Sí... esto... recuerdo esto. Su confesión fue un susurro roto, pero para mí fue la victoria más grande de mi vida, más importante que cualquier peso levantado o cualquier enemigo derrotado. Aumenté el ritmo, impulsado por su reconocimiento, mis caderas golpeando contra las suyas con una fuerza controlada que buscaba despertarla del todo, sacudir la amnesia a golpe de placer. La habitación del hospital, con sus monitores y su olor a desinfectante, desapareció, reducida al espacio mínimo que ocupaban nuestros cuerpos entrelazados, un universo de dos donde solo existía la sensación y el instinto. La vi llegar al clímax, su rostro contorsionado por el éxtasis, sus ojos en blanco, y sentí cómo sus contracciones me apretaban, llamándome, reconociéndome, dándome la bienvenida a casa. Me dejé ir con ella, vertiéndome en su interior con un gruñido sordo, vaciando toda la tensión de la pelea con mi hermano, todo el miedo a perderla, sellando nuestro pacto de nuevo con la tinta indeleble del deseo. Caí sobre ella, respirando agitadamente, mi frente apoyada en la suya, sintiendo cómo sus manos me acariciaban el pelo con una ternura que, por primera vez desde el accidente, se sentía real y presente. — No sé cómo explicarlo, Tomás, pero... se siente correcto. Se siente mío. Levanté la cabeza para mirarla, y vi en sus ojos un brillo nuevo, una conexión que, aunque todavía frágil, ya no era la mirada vacía de una extraña. Había una calidez incipiente, una curiosidad afectiva que nacía de la satisfacción física, la prueba de que mi arriesgada estrategia había funcionado: habíamos puenteado la mente para reiniciar el corazón. Le besé la frente, sintiendo una paz profunda asentarse en mi pecho, sabiendo que fuera de esas paredes mi hermano estaba planeando mi destrucción y que el mundo seguía siendo un lugar hostil, pero que aquí, en esta cama estrecha, yo había recuperado lo único que realmente no podía permitirme perder. Me acomodé a su lado, abrazándola contra mi cuerpo, decidido a pasar la noche allí, montando guardia contra los fantasmas de su memoria y los demonios de mi pasado, sabiendo que la guerra sería larga, pero que al menos, ya no estaba peleando solo. — Descansa. Mañana te ayudaré a recordar el resto, un beso a la vez.
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