Capítulo 8.

2651 Words
El filo de acero inoxidable de mi cuchillo japonés descendió sobre la tabla de cortar con una cadencia rítmica y casi hipnótica, separando las fibras de los pimientos rojos con la misma precisión quirúrgica con la que solía desglosar los movimientos de un levantamiento olímpico fallido. Me encontraba en la soledad inmaculada de mi cocina, un espacio diseñado bajo los mismos principios de funcionalidad austera y estética minimalista que gobernaban el resto de mi existencia, donde el granito n***o de las encimeras brillaba bajo la luz focalizada de las lámparas colgantes, reflejando mi propia imagen distorsionada mientras preparaba la cena. El olor acre y picante del ajo sofriéndose en aceite de oliva virgen comenzaba a impregnar el aire, una fragancia doméstica que chocaba frontalmente con la atmósfera de acero frío y sudor que había respirado durante todo el día en el gimnasio, marcando la transición necesaria entre el hombre público que imponía disciplina y el hombre privado que buscaba alimentar la máquina. No cocinaba por placer hedonista, o al menos eso me decía a mí mismo para mantener mi armadura intacta, sino porque el control sobre lo que ingería era la base fundamental sobre la que se construía mi físico y mi rendimiento, una variable que no estaba dispuesto a delegar en manos de terceros. Sin embargo, esa noche, la rutina mecánica de cortar, sazonar y sellar la carne se sentía diferente, interrumpida por una vibración estática en mi mente que no provenía de la cafeína residual ni del cansancio muscular, sino de la presencia silenciosa del teléfono móvil que descansaba sobre la isla de la cocina como un artefacto cargado de explosivos. Mis ojos oscuros se desviaban hacia la pantalla negra cada pocos segundos, traicionando la disciplina férrea que presumía poseer, mientras mi cerebro, habitualmente ocupado en cálculos de macronutrientes y horarios de apertura, se encontraba secuestrado por el recuerdo de unos ojos azules y una actitud desafiante que había alterado mi ecosistema. Habían pasado apenas doce horas desde que la dejé frente a su edificio, marcándola con un beso que fue una declaración de guerra contra la discreción, y la necesidad de volver a escuchar su voz se había transformado en una urgencia física, un hambre que el filete de ternera que chisporroteaba en la sartén de hierro fundido no podría saciar. Limpié mis manos con un trapo de cocina, eliminando los restos de humedad y especias, y tomé el dispositivo con una decisión repentina, desbloqueando la pantalla para buscar ese nombre que ahora encabezaba mi lista de prioridades con un ridículo emoji de cámara fotográfica que me pareció, en ese instante, la única nota de color en mi mundo gris. El tono de llamada sonó una, dos veces, un sonido digital que resonó en el silencio de mi apartamento, y sentí cómo mi ritmo cardíaco se aceleraba imperceptiblemente, una respuesta fisiológica que me irritó por lo que implicaba de pérdida de control, pero que al mismo tiempo me inyectó una dosis de adrenalina bienvenida. Imaginé dónde estaría ella, si seguiría atrapada en la redacción de la revista peleando con editores mediocres que no entendían su visión, o si estaría en la soledad de su propio refugio, quizás editando las fotos que me había robado, pensando en mí con la misma intensidad perturbadora con la que yo pensaba en ella. No tuve que esperar al tercer tono; la línea se abrió con un clic suave, y el silencio al otro lado se llenó de una respiración que reconocí al instante, seguida de una voz que rompió la distancia física con una calidez que me golpeó el pecho. — Sabía que no podrías esperar hasta mañana para llamar, Tomás, aunque tu orgullo seguramente te dictaba que dejaras pasar al menos veinticuatro horas para no parecer desesperado. Su voz sonaba clara, vibrante, con ese matiz de burla cariñosa y emoción apenas contenida que confirmaba mi sospecha de que ella también había estado mirando el teléfono, esperando que mi nombre iluminara su pantalla para rescatarla de la banalidad de su martes por la noche. No había rastro de la profesional estresada de la mañana, ni de la mujer tímida que temía ser juzgada; era la Paula de la fiesta, la Paula del motel, la mujer que jugaba en mi liga y entendía las reglas no escritas de nuestra interacción. Me apoyé contra el borde de la encimera, bajando el fuego de la cocina con un movimiento ciego de mi mano libre, y dejé que una sonrisa ladeada, esa que ella no podía ver pero que seguramente intuía, se dibujara en mi rostro, disfrutando de la forma en que me leía con tanta facilidad. — La paciencia es una virtud para los que tienen tiempo que perder, Paula, y tú sabes mejor que nadie que yo prefiero la eficiencia y la acción directa antes que los juegos de espera protocolarios —repliqué, mi voz grave y profunda llenando la cocina, adoptando ese tono ronco que solía reservar para la intimidad, ignorando deliberadamente su acusación sobre mi desesperación para centrarme en el hecho de que ella había respondido al primer segundo— Además, mi curiosidad técnica necesitaba saber si sobreviviste a la inquisición de tus compañeros de trabajo o si te han quemado en la hoguera por llegar en moto y con la ropa de la noche anterior. ¿Cómo ha ido tu día en el mundo de las apariencias y los plazos imposibles? Escuché su risa al otro lado de la línea, un sonido burbujeante y genuino que me provocó una sensación de satisfacción visceral, como si hubiera logrado arrancar una nota musical en medio del ruido estático. Podía imaginarla perfectamente, quizás descalza en su salón, moviéndose con esa elegancia felina mientras sostenía el teléfono, sus ojos brillando con la travesura de quien ha cometido un crimen perfecto y se ha salido con la suya. — Ha sido un absoluto caos, Tomás, pero del tipo que extrañamente he disfrutado gracias a la dosis de adrenalina matutina que me proporcionaste frente a la puerta principal —confesó ella, y pude notar cómo su tono bajaba ligeramente, volviéndose más confidencial, creando esa burbuja de intimidad a través de la señal telefónica— El editor quedó encantado con el material, aunque tuve que inventar una historia inverosímil sobre una avería en mi coche y un servicio de transporte alternativo muy exclusivo para justificar mi entrada triunfal. Mis compañeras no han dejado de interrogarme, por supuesto, intentando sonsacarme quién era el gigante de n***o que me besó como si no hubiera un mañana, pero he decidido mantener el misterio; creo que la realidad es demasiado intensa para sus mentes acostumbradas a los romances de oficina. Y tú, ¿has logrado intimidar a suficientes personas hoy para sentirte realizado o tu día ha carecido de la emoción de secuestrar fotógrafas? Di la vuelta al filete en la sartén, el sonido del contacto de la carne cruda con el metal caliente llenando el breve silencio, y observé cómo el jugo se caramelizaba en la superficie, pensando en cómo articular la siguiente parte de la conversación sin perder el ritmo seductor que habíamos establecido. No quería que esto fuera solo una charla de amantes recordando la noche anterior; necesitaba traerla a mi terreno, vincularla a mis ambiciones y a mis proyectos para asegurarme de que nuestra conexión tuviera más anclajes que el simple deseo físico. La propuesta de Joseph era la excusa perfecta, el puente dorado que uniría mi mundo de hierro y negocios con su mundo de sombras y lentes, y estaba decidido a cruzarlo esa misma noche. — Mi día ha tenido sus momentos interesantes, incluyendo una reunión de negocios que, curiosamente, tiene todo que ver contigo y con esa oscuridad que dices buscar con tu cámara —solté el anzuelo con calma, cambiando el registro de mi voz hacia algo más serio pero cargado de promesas, preparándome para negociar con ella como lo haría con un socio, pero deseándola como a una mujer—. Tengo un amigo, un socio inversor, que está lanzando una línea de ropa deportiva técnica, algo brutal, funcional y alejado de la estética comercial brillante que tanto detestas. Necesitamos una dirección visual, alguien que capte la esencia del esfuerzo, el sudor y la violencia contenida del entrenamiento real, y mientras escuchaba sus requerimientos, me di cuenta de que estaba describiendo exactamente tu trabajo. No queremos fotos bonitas, Paula; queremos la verdad cruda que tú ves a través de ese visor. Hubo una pausa al otro lado, un silencio reflexivo donde casi pude escuchar los engranajes de su mente creativa girando a toda velocidad, procesando la información, evaluando el desafío y conectando los puntos entre mi llamada y mi propuesta. No me preguntó por dinero, ni por horarios, ni por condiciones triviales; su instinto artístico, ese que la había llevado a robarme la foto en la fiesta, saltó directamente a la esencia del proyecto, demostrando una vez más que nuestras prioridades estaban alineadas en una frecuencia diferente a la del resto de los mortales. — Ropa técnica, sudor, violencia contenida y tú involucrado en el proceso… suena como si hubieras diseñado el trabajo de mis sueños solo para tentarme, Tomás —respondió finalmente, y su voz vibraba con una emoción nueva, una mezcla de interés profesional y excitación personal que me indicó que ya la tenía en el bolsillo— Sabes que normalmente rechazo los trabajos comerciales porque me obligan a traicionar mi estilo, a buscar la luz donde yo quiero sombras, pero si tú estás detrás de esto, sé que tendré la libertad de hacer lo que realmente sé hacer. Acepto, sin dudarlo. Quiero ver esa marca, quiero ver qué es lo que tu mente estructurada considera “brutal”, y sobre todo, quiero demostrarte que tu intuición sobre mí no estaba equivocada. ¿Cuándo empezamos? La inmediatez de su respuesta, la falta de vacilación y la confianza absoluta que depositaba en mi criterio provocaron una oleada de calor en mi pecho que nada tenía que ver con la temperatura de la cocina. Me gustaba esa decisión, esa capacidad de lanzarse al vacío sabiendo que yo estaría allí para sostener la red, o quizás para caer con ella. Apagué el fuego definitivamente, el aroma de la cena lista llenando mis fosas nasales, pero mi apetito había cambiado de objetivo de manera radical. — Empezamos cuando tú quieras, los contratos y los detalles aburridos los maneja Joseph, pero la visión es nuestra —aseguré, sintiendo una satisfacción profunda al usar ese pronombre posesivo plural, vinculándonos en un proyecto común— Estoy terminando de cocinar algo rápido ahora mismo, una cena funcional para reponer lo que tu compañía me hizo quemar anoche y esta mañana, pero después de eso, mi agenda está sospechosamente despejada y mi mente sigue trabajando en las posibilidades de este proyecto… y en otras cosas. La insinuación quedó flotando en el aire, densa y eléctrica, una invitación implícita que no necesitaba ser verbalizada para ser entendida. Esperé su respuesta, tamborileando los dedos sobre la encimera fría, imaginando su reacción, visualizando sus labios curvándose en esa sonrisa enigmática que me volvía loco. Paula no me hizo esperar; su voz bajó un tono más, volviéndose un susurro ronco que se deslizó por mi oído y bajó directamente a mi ingle, cargado de una intención que borraba cualquier rastro de duda. — Entonces no pierdas el tiempo cenando solo y pensando en posibilidades abstractas, Tomás. Ven a mi apartamento cuando termines ese filete. Tengo un vino que es mucho mejor que el que robamos en la fiesta, tengo algunas ideas para esas fotos que necesito discutir contigo en persona… y tengo una necesidad urgente de comprobar si la realidad de anoche supera al recuerdo que me ha estado distrayendo todo el día. Te envié la ubicación mientras hablábamos; no tardes, la paciencia nunca ha sido mi fuerte tampoco. La llamada se cortó antes de que pudiera responder, dejándome con el teléfono pegado a la oreja y el sonido del tono de desconexión zumbando en el vacío, una jugada maestra de su parte que me arrebató el control de la conversación en el último segundo y me dejó deseando más. Bajé el móvil lentamente, mirando la pantalla donde la notificación de su ubicación ya brillaba en el mapa, una chincheta roja en medio de la ciudad que marcaba mi nuevo destino inevitable. Una sonrisa, esta vez amplia y sin restricciones, rompió la máscara de seriedad de mi rostro, y solté un resoplido de incredulidad y admiración mientras negaba con la cabeza. Serví la carne en un plato con movimientos mecánicos, sin prestar verdadera atención a la presentación que habitualmente cuidaba con esmero, mi mente ya viajando a través de la ciudad, calculando la ruta más rápida, anticipando el olor de su piel y la textura de su recibimiento. Me senté a la mesa de mi comedor, rodeado por el silencio de mi apartamento, y corté el primer trozo de carne, masticando con fuerza mientras mis pensamientos se arremolinaban en una tormenta introspectiva que me resultaba fascinante y peligrosa a partes iguales. ¿Por qué ella? La pregunta resonó en mi cabeza con la persistencia de un eco en una sala vacía. Había conocido a muchas mujeres, cuerpos esculturales que frecuentaban mi gimnasio, bellezas convencionales que buscaban la validación de estar con el dueño, con el hombre fuerte y exitoso, pero todas ellas terminaban siendo intercambiables, variaciones de un mismo tema aburrido que se desvanecía con la luz del sol. Con Paula era diferente; no se trataba solo de la química s****l explosiva, aunque esa parte era innegablemente adictiva, una droga dura que me hacía querer consumirla una y otra vez hasta la sobredosis. Era algo más profundo, algo que tenía que ver con la forma en que ella me miraba, no como un trofeo o un salvador, sino como un igual, como un espejo oscuro donde ella reconocía sus propios demonios. Bebí un trago de agua, limpiando mi paladar, y miré mi reflejo en la ventana oscura del comedor, viendo a un hombre que siempre había creído que el control absoluto era la única forma de vida aceptable. Paula representaba el caos, sí, pero no un caos destructivo y desordenado, sino una entropía elegante, una fuerza de la naturaleza que desafiaba mis estructuras rígidas y me obligaba a adaptarme, a sentir, a vivir en el momento presente sin la red de seguridad de mi planificación obsesiva. Me excitaba su inteligencia, su audacia para robar botellas y corazones, su capacidad para transformarse de profesional a amante salvaje en un parpadeo; me excitaba que no me necesitara para sentirse completa, sino que me eligiera para potenciar su propia intensidad. Terminé la cena con una rapidez inusitada, el sabor de la comida apenas registrándose en mi cerebro, impulsado por una fuerza motriz que nacía en mis entrañas y subía hasta mi pecho. Me levanté, dejando los platos en el fregadero para ocuparme de ellos en otro momento —una herejía contra mi orden habitual que ni siquiera me molesté en corregir—, y caminé hacia mi habitación para cambiarme, o mejor dicho, para prepararme para la batalla. Mientras me abrochaba de nuevo la chaqueta de cuero, sintiendo el peso familiar de la protección sobre mis hombros, me di cuenta de que la respuesta a mi pregunta era simple y aterradora a la vez: Paula me llamaba la atención más allá de un día porque era la única mujer capaz de mantener el ritmo de mi propia oscuridad, la única que no corría asustada ante la intensidad de mi mirada, sino que sacaba una cámara y la capturaba. Y eso, esa promesa de un desafío constante y de una pasión sin límites, era lo que hacía que la sangre me hirviera en las venas mientras salía de mi apartamento, listo para sumergirme de nuevo en la noche que ella y yo estábamos a punto de conquistar.
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