Capítulo 7.

2704 Words
El zumbido constante de la licuadora industrial detrás de la barra de granito pulido era lo único que rompía el silencio calculado que se había instalado entre nosotros, una barrera de ruido blanco que me permitía estudiar a Joseph con la misma intensidad clínica con la que evaluaba una nueva máquina de poleas antes de comprarla. Estábamos sentados en una mesa alta, lejos de la entrada principal del local de zumos, un establecimiento que olía excesivamente a hierba de trigo y a pretensiones de salud, donde la luz natural entraba a raudales por los ventanales de piso a techo, iluminando el polvo en suspensión y exponiendo cada imperfección del día. Sostenía entre mis manos un vaso ancho lleno de un líquido verdoso y espeso, una mezcla de proteínas y vegetales que mi cuerpo requería tras el desgaste físico de la noche anterior, aunque mi paladar protestara ante la falta de sabor real, aceptando la ingesta como un mero trámite de combustible necesario para mantener la maquinaria en marcha. Joseph, por el contrario, parecía estar en su elemento, tamborileando los dedos sobre la superficie de madera recuperada de la mesa con un ritmo nervioso que delataba una actividad cerebral frenética, esa que solía preceder a sus momentos de genialidad o a sus desastres más absolutos. Lo observé beber de su propio vaso con ansia, limpiándose después los labios con el dorso de la mano en un gesto poco refinado que contrastaba con la agudeza que empezaba a brillar en sus ojos oscuros, transformando su expresión de bufón habitual en la de un tiburón que ha olido sangre en el agua. Sabía que me había arrastrado hasta aquí con una excusa trivial, pero la forma en que ahora sacaba su tableta electrónica de la mochila, con movimientos precisos y deliberados, me indicaba que la charla de amigos había terminado y que estábamos a punto de entrar en terreno de negocios. Me recliné en el respaldo de metal de mi silla, cruzando los brazos sobre mi pecho ancho para establecer una postura de escucha crítica, permitiendo que mi sombra cayera sobre la mesa como un recordatorio de que mi tiempo era caro y mi paciencia, limitada. Joseph encendió la pantalla de su dispositivo y la deslizó hacia mí con una confianza que rozaba la arrogancia, mostrándome una serie de gráficos de proyección financiera y bocetos de diseño que, a primera vista, parecían tener una coherencia estructural sólida. Sus ojos se clavaron en los míos, buscando esa chispa de reconocimiento que solo aparecía cuando hablábamos el mismo idioma: el del dinero y la expansión. — Olvídate de los suplementos para perros y de las excusas baratas que te di en la tienda, Tomás, porque lo que tengo aquí es la llave para diversificar nuestro capital de una maldita vez —comenzó él, su voz bajando un tono para adquirir esa gravedad comercial que tan bien sabía impostar cuando la situación lo requería, ignorando el entorno de batidos saludables para centrarse en la ambición pura— Llevo meses analizando el mercado de la ropa deportiva técnica, no la basura que venden las grandes marcas a precios inflados, sino equipamiento real, diseñado para gente como nosotros, que entiende que el gimnasio no es una pasarela, sino un campo de batalla. He contactado con proveedores de tejidos de compresión de grado militar en el extranjero y tengo los costes de producción ajustados al milímetro, eliminando intermediarios y centrándonos en la venta directa a través de una plataforma digital agresiva. No es solo ropa, es una identidad de marca, algo oscuro, funcional y estéticamente brutal que encajaría perfectamente con la filosofía de tu gimnasio y con mi red de distribución. Hizo una pausa para dejar que la información se asentara, observando cómo mis ojos recorrían las columnas de números en la pantalla, calculando márgenes de beneficio y retorno de inversión con la rapidez mental que me caracterizaba. Sabía que Joseph podía ser un payaso en su vida personal, pero en los negocios poseía una inteligencia lateral envidiable, capaz de ver patrones donde otros solo veían caos. — Necesito un socio capitalista que entienda el producto, no un banquero que solo vea riesgos, y tú eres el único con la liquidez y la mentalidad necesarias para que esto despegue antes del próximo trimestre —concluyó, reclinándose él también, esperando mi veredicto con la certeza del jugador que sabe que lleva una mano ganadora. Me tomé mi tiempo para responder, deslizando un dedo sobre la pantalla táctil para ampliar los detalles de los costes operativos, verificando que sus proyecciones no fueran meras fantasías optimistas, sino cálculos basados en la realidad tangible del mercado actual. La propuesta era sólida, innegablemente atractiva, y resonaba con mi propio deseo de expandir mi influencia más allá de las cuatro paredes de mi gimnasio, de colonizar otros aspectos de la vida de mis clientes con la misma disciplina férrea que imponía en sus entrenamientos. El dinero, para mí, nunca había sido un fin en sí mismo, sino una herramienta de control, un medio para asegurar mi independencia y para construir fortalezas que me aislaran de la mediocridad del mundo exterior, y esta inversión prometía fortalecer esos muros. — Los números no mienten, Joseph, y admito que la estructura de costes es mucho más eficiente de lo que esperaba viniendo de alguien que acaba de comprar vitaminas para un animal que no existe —respondí con mi habitual tono seco, aunque una leve sonrisa de aprobación tiró de la comisura de mis labios, reconociendo el mérito donde se debía— Tienes el producto, tienes la logística y, por lo que veo, tienes la estrategia de mercado bastante clara, lo cual es sorprendente considerando que tu dieta se basa en impulsos y cafeína. Estoy dispuesto a poner el capital inicial, pero sabes que mi dinero viene con condiciones: quiero supervisión total sobre la calidad del material y veto final en las decisiones de diseño, porque no voy a poner mi nombre ni mis recursos en algo que se deshaga con el primer lavado. Le devolví la tableta con un movimiento firme, sellando verbalmente un pacto que sabía que formalizaríamos con contratos blindados más tarde, pues la amistad no eximía de la prudencia legal. Joseph asintió enérgicamente, sus ojos brillando con el triunfo de haber asegurado mi participación, pero noté una ligera vacilación en su gesto, una pausa microscópica que encendió mis alarmas internas. — Hay un detalle más, Tomás, una pieza del engranaje que no aparece en los gráficos pero que es fundamental para que la operativa financiera no se nos vaya de las manos —añadió Joseph, inclinándose hacia adelante y bajando aún más la voz, como si estuviera a punto de confesar un crimen o de revelar un secreto de estado en medio de la cafetería— Mañana llega mi hermana a la ciudad, y antes de que pongas esa cara de escepticismo que te hace parecer una gárgola, déjame decirte que ella no viene de visita social ni a perder el tiempo. Se va a encargar de la dirección financiera del proyecto porque, te guste o no admitirlo, es la única persona que conozco capaz de manejar flujos de caja con más frialdad que tú y yo juntos. Además, y esto es clave para la imagen de la marca, ella será la modelo principal de la línea femenina; tiene la genética, tiene la actitud y, francamente, nos ahorrará una fortuna en agencias de modelos que no entienden el concepto de fuerza real. Lo miré fijamente, procesando la información y buscando en mi archivo mental la imagen de su hermana, aunque mis recuerdos eran vagos y lejanos, difuminados por los años de mi propio aislamiento voluntario. La idea de mezclar familia y negocios solía ser una receta para el desastre, pero confiaba en el criterio despiadado de Joseph cuando se trataba de dinero; si él decía que ella era buena, es que era letal. — Si maneja los números como tú dices y puede lucir la ropa sin parecer una muñeca de porcelana, no tengo objeciones —concedí, priorizando la eficiencia sobre mis reservas personales— Pero eso nos deja con un hueco evidente en tu plan maestro, Joseph. Joseph chasqueó la lengua, molesto por el recordatorio de la única debilidad de su plan, y se pasó una mano por el cabello corto, mirando hacia la calle a través del ventanal como si la solución fuera a aparecer mágicamente entre el tráfico matutino. — Exacto, nos falta el ojo, el maldito ojo que capture todo esto —gruñó, golpeando suavemente la mesa con el puño— Tenemos el producto, tenemos el dinero y tenemos a la modelo, pero nos falta alguien detrás de la cámara que entienda la estética que buscamos. No quiero las típicas fotos de catálogo con iluminación de estudio y sonrisas falsas; quiero algo crudo, nocturno, que transmita sudor, sombras y esa violencia contenida que tú tanto adoras. Necesitamos un fotógrafo que no tenga miedo a la oscuridad, alguien que pueda mirar a mi hermana, o a ti, y sacar la bestia que lleváis dentro sin necesidad de filtros estúpidos. He revisado portafolios de media ciudad, pero todos son demasiado comerciales, demasiado limpios, demasiado... —buscó la palabra con frustración, gesticulando en el aire— demasiado seguros. Sus palabras actuaron como un detonante en mi mente, una conexión sináptica inmediata que trajo de golpe la imagen de unos ojos azules intensos y una cámara profesional sostenida con una destreza depredadora. El recuerdo de Paula, no solo como la mujer que había gemido bajo mi peso en la suite del motel, sino como la artista que me había robado el alma en medio de una fiesta caótica, se superpuso a la conversación de negocios con una claridad abrumadora. Recordé su confesión en el pasillo oscuro, su búsqueda de las sombras, su desprecio por lo convencional y su habilidad para capturar la esencia oculta de las personas, esa "violencia contenida" que Joseph acababa de describir casi con las mismas palabras que ella había usado. La coincidencia era tan perfecta que parecía diseñada por el destino, o quizás era simplemente que mi subconsciente no había dejado de pensar en ella ni un solo segundo desde que la vi alejarse hacia su oficina. Una sonrisa lenta y calculadora se formó en mi rostro, una expresión que combinaba la satisfacción de resolver un problema logístico con el placer anticipado de tener una excusa profesional para volver a invadir su espacio. No era solo una solución empresarial; era una jugada maestra que me permitiría mantenerla en mi órbita bajo términos que yo podía controlar, mezclando el placer con el deber de una manera que satisfacía mi necesidad de orden y mi hambre de caos. Me terminé el resto de mi batido de un solo trago, dejando el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco que atrajo la atención de Joseph, sacándolo de su espiral de frustración creativa. Lo miré con esa superioridad tranquila que solía desesperarlo, disfrutando del momento de la revelación, sabiendo que la carta que estaba a punto de jugar no solo cerraría el trato, sino que también abriría un nuevo capítulo en mi juego personal. — Deja de buscar, Joseph, porque el problema ya no existe —sentencié con voz firme, limpiándome una gota verde de la comisura del labio con una servilleta de papel— Conozco a la persona exacta, alguien que no solo entiende ese concepto de oscuridad del que hablas, sino que vive en él y se alimenta de él. Es una fotógrafa que no hace fotos bonitas, hace radiografías del carácter, y tiene la técnica y la audacia necesarias para manejar a tu hermana y a cualquier otro modelo que le pongas delante. Joseph me miró con escepticismo, arqueando una ceja gruesa mientras cruzaba los brazos, claramente sorprendido por mi repentina aportación al ámbito creativo, un terreno que solía despreciar por considerarlo demasiado abstracto. — ¿Tú? ¿El hombre que considera que el gris es el único color aceptable para una pared? —se burló, aunque la curiosidad era evidente en su tono— ¿De quién estamos hablando? ¿Algún contacto antiguo del gimnasio o alguien que te debe dinero? Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio visual, y dejé que el nombre saliera de mis labios con una naturalidad que ocultaba la tormenta eléctrica que provocaba en mi sistema nervioso. — Se llama Paula —dije, pronunciando su nombre con una propiedad que iba más allá de lo profesional, saboreando las sílabas— Es fotógrafa editorial, pero su trabajo personal es exactamente lo que buscas: alternativo, nocturno y visceral. Vi el momento exacto en que las piezas encajaron en la mente de Joseph; sus ojos se abrieron de par en par, pasando de la confusión a la comprensión, y luego a una picardía maliciosa mientras su cerebro conectaba el nombre con la imagen que había presenciado hacía apenas una hora. — Espera un momento... —murmuró, una sonrisa amplia y burlona extendiéndose por su cara de perro— Paula. La rubia de la moto. La mujer que bajó de tu Kawasaki frente a todo su edificio como si fuera una estrella de rock. Joseph soltó una carcajada incrédula, negando con la cabeza mientras golpeaba la mesa con la palma de la mano. — ¡Maldito hijo de perra! No solo estabas "ocupado" esta mañana, sino que estabas haciendo networking de alto nivel en las sábanas. —Su risa atrajo miradas de las mesas vecinas, pero a él le importó poco—. Ahora entiendo esa sonrisita estúpida en la tienda de suplementos. Así que la misteriosa acompañante no solo es guapa, sino que también es útil. Eres diabólico, Tomás. Mantuve mi expresión impasible, ignorando sus burlas con la dignidad de quien sabe que tiene el control de la situación, aunque por dentro no pude evitar sentir una punzada de satisfacción al ver cómo mi vida personal y profesional convergían de forma tan elegante. — Es una profesional excelente, Joseph, y eso es lo único que debería importarte para tu negocio —repliqué con frialdad, cortando sus insinuaciones antes de que se volvieran demasiado gráficas, aunque sabía que con él era una batalla perdida— Si quieres que tu marca tenga impacto visual, ella es la indicada. Ya tengo su contacto, y puedo asegurarte que su estilo encaja perfectamente con la visión que has planteado. La pregunta es si estás dispuesto a pagar lo que vale, porque te aseguro que no es barata, ni en dinero ni en carácter. Joseph dejó de reír, recuperando la compostura al oír hablar de costes, y asintió lentamente, reconociendo que si yo la recomendaba con tanta seguridad, la calidad estaba garantizada. — Si es tan buena como dices, y viendo cómo te tiene de... enfocado, le pagaremos lo que pida —concedió, recogiendo su tableta y guardándola de nuevo en la mochila, dando por cerrada la reunión con una eficiencia renovada— Está bien, socio. Tenemos trato. Tú pones el dinero y a la fotógrafa, yo pongo la gestión, la marca y a mi hermana. Se levantó de la silla, estirando su cuerpo robusto y echándose la mochila al hombro, listo para salir a conquistar el resto de su lista de tareas, pero se detuvo un momento antes de alejarse, mirándome con una seriedad nueva. — Habla con ella hoy mismo, Tomás. No quiero perder el impulso. Proponle el trabajo, enséñale los números si hace falta, pero ciérralo. —Joseph me señaló con el dedo índice, un gesto autoritario que entre nosotros era señal de confianza absoluta— Y por el amor de Dios, trata de no asustarla con tu intensidad antes de que firme el contrato. Me levanté yo también, mi altura superando la suya, y le sostuve la mirada con calma. — Me encargaré de ella —aseguré, y la frase tuvo un doble sentido que quedó flotando en el aire entre nosotros. — Escríbeme en cuanto le hayas preguntado —ordenó Joseph mientras se dirigía hacia la salida, dejándome solo de nuevo en medio del local de zumos, con un nuevo objetivo en mente y la excusa perfecta para volver a escuchar la voz de Paula antes de que cayera la noche.
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