El rugido satisfecho de la Kawasaki se extinguió en el estacionamiento de hormigón de mi gimnasio, un sonido familiar y reconfortante que marcaba el final de mi escape y el regreso a mi verdadero dominio, un lugar donde el hierro y la disciplina dictaban las leyes de la física y el progreso humano. Me quité el casco con un movimiento seco, dejando que el aire frío y metálico de la mañana golpeara mi rostro, un contraste severo y necesario tras el calor pegajoso y dulce que aún sentía en la piel por el encuentro con Paula. El edificio, una estructura austera de ladrillo oscuro y ventanales ahumados, llevaba mi marca de sobriedad y funcionalidad, sin colores chillones ni promesas vacías que pudieran distraer del trabajo duro que se realizaba en su interior. Caminé hacia la entrada, sintiendo el peso reconfortante de la llave en mi mano, y me detuve un instante antes de abrir la puerta, cerrando los ojos para aspirar el olor que se filtraba: una mezcla de magnesio, caucho quemado y el limpio aroma del desinfectante, el perfume de mi santuario personal. Era un olor a esfuerzo sin paliativos, un ambiente donde la honestidad brutal del músculo bajo tensión no admitía mentiras, y ese retorno a la verdad física me asentó de nuevo en mi centro de gravedad tras la vorágine emocional de las últimas doce horas. Entré en el silencio de las instalaciones aún vacías, donde las barras olímpicas esperaban en los racks y las mancuernas dormían en sus estantes, cada una colocada con el orden militar que yo exigía, una disciplina visual que reflejaba la estricta estructura que mantenía mi vida a flote.
Mi primer instinto fue dirigirme a la pequeña oficina que funcionaba como mi centro de control, un espacio espartano y funcional con una mesa de acero y una sola pantalla de ordenador que contenía la verdad numérica de mi imperio. Me senté en la silla, sintiendo el cuero frío bajo mi peso, y encendí la pantalla, sumergiéndome de inmediato en la prosa seca de las hojas de cálculo y los informes financieros, un ejercicio de contención mental tan exigente como levantar un peso máximo. Revisé las métricas de asistencia de la semana, los balances de los pagos y las proyecciones de inversión para el nuevo equipo de cardio que pensaba adquirir, sintiendo el familiar placer de la gestión perfecta, donde cada cifra estaba en su sitio y cada gasto se justificaba con un retorno tangible. Esta meticulosidad era mi ancla; mientras el mundo exterior podía ofrecer pasión fugaz, caos y mujeres inesperadas, el gimnasio me ofrecía la seguridad de que el esfuerzo equivalía a un resultado medible, una ecuación simple y sólida que mi mente cínica y matemática podía aceptar sin reservas. Hice algunas transferencias bancarias a proveedores, envié un par de correos electrónicos concisos a mis entrenadores principales con las directrices para la jornada y me aseguré de que el programa de limpieza se hubiera ejecutado a la perfección en la madrugada. Me detuve un instante al ver una notificación sobre un descuento por volumen en un tipo específico de proteína vegana que varios clientes exigentes habían solicitado, y tomé nota mental de que debía ir a la tienda especializada de suplementos antes de la hora pico. El tiempo es un recurso finito y precioso, y mi filosofía siempre ha sido maximizar su uso: la gestión de la mañana me daba ahora la excusa perfecta para salir a abastecerme y despejar la mente antes de la primera clase.
Me levanté del escritorio con la decisión tomada, mis músculos ya relajados por el breve descanso y la inmersión en la lógica, y me dirigí hacia la salida, mi chaqueta de cuero de nuevo sobre los hombros, sintiendo cómo se ajustaba a mi cuerpo con la familiaridad de una segunda piel. No me detuve a saludar a los primeros clientes que comenzaban a aparecer, la mayoría hombres y mujeres serios que compartían mi desprecio por las charlas triviales matutinas; un asentimiento de cabeza era la máxima cortesía que concedía, y ellos lo entendían, respetando mi burbuja de introversión. Volví a subir a la moto, el motor encendiéndose con el mismo rugido potente que había dejado la huella de mis movimientos en la acera de la editorial, y me lancé de nuevo a las calles, dirigiéndome a la zona industrial donde se ubicaba el mayor distribuidor de artículos deportivos y nutricionales de la ciudad. El trayecto fue rápido y mecánico, mi mente ya calibrando el peso que tendría que cargar y el mejor lugar para aparcar para evitar que algún idiota sin coordinación golpeara la Kawasaki con su carrito de la compra. Entré en la macrotienda, un hangar cavernoso de techos altos y pasillos metálicos, donde la música heavy metal competía con el zumbido de los aires acondicionados y el olor a plástico nuevo y aminoácidos sintéticos. Mis ojos escanearon el lugar en busca del pasillo de suplementos, y fue entonces, entre una montaña de cajas de creatina y un expositor de guantes de levantamiento, donde lo vi.
Joseph estaba allí, agachado junto a una de las estanterías bajas, analizando la etiqueta de un paquete de barras energéticas con esa concentración ridículamente intensa que solo él podía aplicar a la compra de carbohidratos, su cuerpo ancho y voluminoso bloqueando casi todo el acceso al pasillo. Joseph había sido mi amigo desde la infancia, un lazo que había sobrevivido a las vicisitudes del tiempo y a mi propia naturaleza reclusiva, un vínculo basado en la lealtad absoluta y en una aceptación mutua de nuestras locuras y defectos. A pesar de esa historia compartida, mi reacción inicial fue la de siempre: la frialdad instintiva de quien rechaza la interacción social innecesaria, una barrera automática que se levantaba para proteger mi paz mental de cualquier intrusión, incluso de las bienvenidas. Mis ojos se posaron sobre él, mi cerebro lo registró como "Joseph, conocido, inofensivo", y desvié la mirada hacia las etiquetas de los botes de proteína de suero, manteniendo mi paso firme, actuando como si su presencia fuera tan relevante como la de una estantería más. Era un juego silencioso, un ritual que habíamos perfeccionado a lo largo de los años, donde yo lo ignoraba con mi habitual intensidad gélida, y él, sabiendo que mi falta de saludo no era personal sino una manifestación de mi neurosis, simplemente aceptaba mi comportamiento.
Joseph, sin embargo, era tan tenaz como yo, pero en la esfera de la interacción humana, y si bien al principio mantuvo el silencio, su impaciencia por romper el hielo siempre superaba su respeto por mi introversión. Sentí su mirada de reojo sobre mí, analizando mi falsa indiferencia, y luego escuché un bufido bajo, una carcajada ahogada que indicaba que había entendido perfectamente mi intento de evasión matutina. De pronto, un objeto se interpuso en mi campo de visión, una mano grande y abierta que se movía con un gesto lento y perfectamente articulado, coronada por el dedo corazón que se alzaba en mi dirección con una burla explícita y descarada. Joseph no necesitó pronunciar una sola palabra para transmitir su mensaje: Sé que me estás ignorando, idiota, y esto es lo que pienso de tu muro de hielo. Era la forma más pura y sincera de comunicación que existía entre nosotros, un lenguaje corporal de desafío y afecto que nadie más entendería. El gesto, tan irreverente como esperado, atravesó mi coraza de disciplina y mi cinismo matutino con la facilidad de un cuchillo caliente en la mantequilla, obligando a una reacción que no pude contener.
Una sonrisa genuina, rara y fugaz, se dibujó en mis labios, un movimiento muscular que sentí casi extraño en mi rostro habitualmente pétreo, pero que Joseph, con su aguda observación, captó al instante. Me detuve por completo, soltando un resoplido que reconocí como mi propia versión de la risa, y le di un golpe suave y medido con el codo en la parte posterior de su hombro, una muestra de afecto físico tan limitada como intensa.
— Buenos días, granuja —articulé, mi voz sonando más cálida de lo que había sido en las últimas horas, reconociendo finalmente el lazo inquebrantable que nos unía.
Joseph se enderezó, su rostro iluminado por una sonrisa amplia y contagiosa que contrastaba con mis facciones angulares y severas, y me miró con sus ojos brillantes y juguetones.
— Sabía que estabas en modo Terminator esta mañana, pero pensé que al menos tu disciplina incluía saludar a tu mejor amigo —ironizó Joseph, encogiéndose de hombros y dejando caer la barra de proteínas de vuelta a su cesta con un desinterés dramático— ¿No has dormido bien o la chica de la moto te ha dejado sin energía? —preguntó, clavándome una mirada penetrante, evidenciando que su percepción sobre mi vida era mucho más aguda de lo que yo quisiera.
Ignoré la mención de Paula por el momento; no era el lugar ni la hora para ese tipo de conversaciones, y él respetaba los límites tácitos que yo imponía a mi vida personal, aunque siempre se daba el lujo de sondearlos.
— La logística requiere precisión, no charla trivial —espeté, volviendo a mi tono habitual, aunque suavizado por la reciente sonrisa— Estoy aquí para buscar el nuevo lote de proteína vegana. ¿Qué demonios haces tú a las ocho y media de la mañana en este purgatorio de carbohidratos?
Joseph rio de nuevo, un sonido que era fuerte y sin restricciones, que rebotaba en los techos de metal y hacía que un par de dependientes se giraran a mirarnos con curiosidad.
— Mi madre me ha mandado a buscar vitaminas para su perro y, ya sabes, la obediencia es el secreto de mi éxito —bromeó, aunque sabía que la verdadera razón era que él también tenía un gimnasio a unas cuantas manzanas de distancia y estaba en su ronda de abastecimiento— Te acompaño, pero antes de que carguemos quince kilos de polvo sabor a chocolate, vamos a celebrar tu brevísimo resurgimiento social. Hay un puesto de zumos de frutas y proteínas que acaban de abrir a la vuelta, y necesito reponer fuerzas después de la humillación de tener que comprar multivitamínicos caninos.
Lo miré, mi mente ya calculando el tiempo que nos llevaría esa pequeña desviación de mi itinerario, y la necesidad de volver a mi rutina se enfrentó al reconocimiento de que un momento de distensión con Joseph era una inversión a largo plazo para mi salud mental. Asentí, guardando el móvil que seguía vibrando con la presencia invisible del número de Paula, y recogí mi cesta de la compra.
— Cinco minutos, Joseph, no más —advertí, mi voz sin admitir discusión.
— Cinco minutos es todo lo que necesito para contarte mi última locura —afirmó Joseph, con una sonrisa de complicidad que me decía que, a pesar de mi frialdad, él siempre encontraría una manera de infiltrarse en mi vida.
Salimos de la tienda, dejando atrás el pasillo de suplementos y las miradas curiosas, y caminamos juntos hacia la salida, mi figura imponente junto a la suya más robusta, el silencio cómodo de una amistad que no necesitaba explicaciones ni adornos, dirigiéndonos hacia un lugar donde el hierro y la disciplina se encontraban momentáneamente con la fruta y la proteína.