Capítulo 5.

2169 Words
El zumbido grave de la Kawasaki descendió hasta convertirse en un ronroneo dócil mientras maniobraba la máquina con precisión quirúrgica hacia la acera, deteniéndome justo frente a la imponente fachada de cristal y acero de la editorial, una torre moderna que se alzaba hacia el cielo gris de la mañana como un monumento a la prisa y a la información. El reloj en el tablero digital marcaba las ocho menos cuarto, confirmando que mi promesa de eficiencia no había sido una fanfarronada vacía, sino el resultado de una ejecución impecable a través del tráfico matutino y de una parada estratégica en su apartamento que habíamos gestionado con la velocidad de un equipo de boxes de Fórmula 1. Observé el entorno a través de la visera ahumada de mi casco, notando el contraste brutal entre el mundo que habíamos compartido en la penumbra del motel y esta realidad corporativa, aséptica y brillante, donde la gente caminaba con cafés en mano y el ceño fruncido por las preocupaciones triviales. Paula se bajó de la moto con un movimiento fluido, aunque noté esa ligera rigidez en sus piernas que me llenó de una satisfacción primitiva, un recordatorio físico de las horas que había pasado envuelta en mis sábanas y en mi cuerpo. Ya no parecía la mujer desesperada que buscaba una bota perdida en una habitación oscura; ahora, gracias a los minutos que ganamos en la carretera y a mi insistencia en que subiera a su piso a organizarse mientras yo esperaba abajo con el motor en marcha, lucía impecable. Llevaba un abrigo largo de color camel que ocultaba su figura pero le daba un aire de sofisticación urbana, y su cabello rubio, aunque todavía conservaba un aire salvaje que solo yo sabía interpretar, estaba recogido en un moño bajo que gritaba profesionalismo. Sostenía el portafolio de cuero con las fotos impresas contra su pecho como un escudo, y la bolsa con su equipo fotográfico colgaba de su hombro con la naturalidad de una extremidad extra, demostrando que había recuperado el control de su narrativa externa. Sin embargo, yo sabía la verdad que se escondía bajo esa capa de eficiencia; sabía que bajo esa ropa elegante su piel todavía guardaba el calor de mis manos y que su mente, por muy enfocada que estuviera en la entrega, seguía vibrando con la resonancia de nuestro encuentro. Me mantuve a horcajadas sobre la moto, con el motor en punto muerto pero aún encendido, disfrutando de la vibración que subía por mis piernas y de la posición de observador privilegiado que me otorgaba el anonimato del casco. Paula se ajustó la correa de su bolso y se giró hacia el edificio, pero se detuvo en seco al notar que la entrada no era el flujo anónimo de personas que esperaba, sino un escenario donde ella se había convertido repentinamente en la protagonista involuntaria. Un grupo de unas diez personas se arremolinaba cerca de las puertas giratorias, fumando los últimos cigarrillos antes de entrar o simplemente esperando a colegas, y el silencio que cayó sobre ellos fue tan palpable que casi pude tocarlo. Eran sus compañeros de trabajo, una mezcla de mujeres con tacones de aguja y hombres con trajes ajustados que parecían clones producidos en serie por la industria de la moda, y todos, sin excepción, tenían los ojos clavados en nosotros. Sus miradas oscilaban entre la figura imponente de mi moto negra, una mancha de agresividad mecánica en su acera inmaculada, y Paula, la fotógrafa que, según sus expresiones de incredulidad, jamás había llegado al trabajo escoltada por el caos motorizado. Vi cómo se daban codazos discretos, cómo los susurros comenzaban a tejerse entre ellos como una red venenosa de curiosidad y chisme, diseccionando la escena con la avidez de quienes tienen vidas demasiado vacías. Los hombres me miraban con una mezcla de desdén y envidia mal disimulada, tratando de adivinar quién se escondía tras el visor oscuro, mientras que las mujeres escaneaban a Paula con una reevaluación crítica, como si su llegada en moto hubiera alterado repentinamente su estatus en la jerarquía social de la oficina. Paula se giró hacia mí, dándoles la espalda al grupo de curiosos, y pude ver cómo sus mejillas se teñían de un rubor que no era por el frío, sino por la incomodidad de ser el centro de atención de una manera tan pública y escandalosa. Se acercó un paso más a la moto, invadiendo mi espacio personal para crear una burbuja de privacidad en medio de la vía pública, y sus ojos azules buscaron los míos a través del plástico oscuro de mi visera, brillando con una mezcla de diversión nerviosa y vergüenza. — Nunca traigo a nadie aquí, Tomás, y mucho menos así... me están mirando como si acabara de bajar de una nave espacial o como si hubiera cometido un crimen —susurró ella, inclinándose hacia mí para que su voz no se perdiera en el ruido del tráfico, sus manos aferrando la correa de su bolso con fuerza para disimular el temblor de sus dedos. La escuché, pero mi atención estaba dividida entre sus palabras y la reacción del público, sintiendo cómo mi instinto territorial se despertaba ante los murmullos de los hombres de traje que la observaban con demasiada insistencia. Me molestaba la idea de que pensaran que podían juzgarla, o peor aún, que creyeran que tenían algún derecho sobre su atención, y decidí que la discreción no era la herramienta adecuada para cerrar este capítulo de la mañana. No iba a ser el chófer anónimo que la dejaba y desaparecía en la niebla; iba a dejar una marca, una advertencia silenciosa y una reclamación pública que silenciara los rumores o, mejor aún, que los encendiera con la verdad de que ella estaba fuera de su alcance. Con un movimiento lento y deliberado, llevé mis manos enguantadas a los cierres de mi casco, ignorando su mirada interrogante, y comencé a desabrocharlo, rompiendo la barrera de anonimato que me separaba del mundo. El aire frío golpeó mi rostro cuando me quité el casco, sacudiendo mi cabello n***o y liso que cayó desordenado sobre mi frente, y respiré hondo, sintiendo la frescura de la mañana y las miradas de la multitud clavándose ahora en mi cara descubierta. No miré a los espectadores; mis ojos oscuros y penetrantes se enfocaron únicamente en Paula, atrapándola en mi campo de visión con la intensidad de un depredador que ignora al resto de la selva para concentrarse en su pareja. Vi cómo sus ojos se ensanchaban ligeramente al ver mi expresión, esa mezcla de seriedad y picardía que ella ya empezaba a conocer demasiado bien, y antes de que pudiera protestar o alejarse, actué. Me incliné hacia adelante sobre el tanque de gasolina, mi mano derecha disparándose para agarrar su nuca con firmeza pero sin violencia, mis dedos enredándose en la base de su moño perfecto, y tiré de ella hacia mí con una decisión que no admitía resistencia. Ella soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero su cuerpo respondió automáticamente a mi toque, inclinándose sobre la moto hasta que nuestros rostros quedaron a centímetros de distancia, ignorando por completo a la audiencia estupefacta a nuestras espaldas. — Que miren todo lo que quieran, así sabrán que hoy no es un día cualquiera —murmuré contra sus labios, un segundo antes de sellar mi boca contra la suya en un beso que no tuvo nada de casto ni de despedida formal. La besé con hambre, con una pasión deliberada y sucia que reclamaba cada rincón de su boca, moviendo mis labios sobre los suyos con una presión firme que la obligó a abrirse a mí allí mismo, en medio de la calle. No me importó quién miraba; de hecho, una parte oscura de mí disfrutó del sonido de los tacones deteniéndose en seco y del silencio absoluto que se hizo en la entrada del edificio. Mi lengua rozó la suya, saboreando el último vestigio de café y menta, recordándole con cada movimiento la intimidad que habíamos compartido hacía menos de una hora, marcándola frente a sus colegas como una mujer que acaba de ser amada exhaustivamente. Sentí cómo ella se relajaba contra mí, olvidando la vergüenza, sus manos subiendo tímidamente para posarse sobre mis hombros cubiertos de cuero, devolviéndome el beso con una intensidad que demostraba que, a pesar de su fachada profesional, la mujer de la noche anterior seguía allí, viva y ardiente. Fue un beso largo, una declaración de principios que duró lo suficiente para incomodar a los puritanos y para hacer suspirar a los envidiosos, un momento de conexión pura que borró el entorno de oficinas y plazos de entrega. Cuando finalmente me separé de ella, lo hice lentamente, sin romper el contacto visual, dejando que mis labios rozaran los suyos una última vez antes de soltar su nuca, permitiéndole recuperar su espacio pero manteniendo la cercanía eléctrica entre nosotros. Paula parpadeó, sus ojos azules brillantes y algo desenfocados, y una sonrisa nerviosa pero genuina se dibujó en su rostro, una expresión que iluminaba sus facciones y le daba un aire juvenil y cómplice que contrastaba con su atuendo serio. Se pasó una mano por el cabello, comprobando instintivamente que su peinado siguiera en su sitio, y soltó una risita baja, casi incrédula, mientras daba un paso atrás para recuperar el equilibrio sobre la acera. Miró de reojo hacia la entrada, donde sus compañeros fingían ahora mirar sus teléfonos o hablar entre ellos con un interés exagerado, y luego volvió a mirarme a mí, mordiéndose el labio inferior con ese gesto que ya se estaba convirtiendo en mi debilidad personal. — Estás loco, Tomás, completamente loco... ahora sí que no van a dejar de hablar de esto hasta Navidad —concedió ella, aunque su tono no tenía ni pizca de reproche, sino más bien una nota de admiración por mi audacia. Se ajustó el abrigo, recuperando la compostura con una rapidez envidiable, y dio un paso más hacia atrás, preparándose para cruzar el umbral hacia su mundo de plazos y editores exigentes. — Por cierto —añadió, deteniéndose un momento y señalando con la barbilla hacia el bolsillo interior de mi chaqueta, donde guardaba mi teléfono móvil—, no busques mi número en servilletas ni esperes a que el destino nos cruce de nuevo. Ya me tomé la libertad de guardarlo en tu lista de contactos mientras te vestías. Su sonrisa se ensanchó, volviéndose pícara y desafiante, recuperando esa chispa de la mujer que me había robado la botella de whisky, y sin esperar mi respuesta, se dio la media vuelta. La vi caminar hacia las puertas giratorias con un paso firme y decidido, sus caderas oscilando con una elegancia natural que el abrigo no podía ocultar, entrando en el edificio como una reina que acaba de conquistar un reino lejano y vuelve a casa con los trofeos de guerra. Me quedé allí un momento más, procesando su última jugada con una sonrisa estúpida que empezaba a formarse en mis labios, una sonrisa que intenté reprimir sin éxito mientras volvía a colocarme el casco. Saqué el móvil del bolsillo con un movimiento rápido, desbloqueando la pantalla con el guante, y ahí estaba, en la cima de la lista de llamadas recientes, un nuevo contacto guardado simplemente como "Paula", seguido de un emoji de una cámara fotográfica. Solté una carcajada corta y ronca que resonó dentro del casco, guardando el teléfono de nuevo, y negué con la cabeza mientras metía primera y soltaba el embrague. La moto respondió con un salto hacia adelante, alejándome de la acera y de las miradas curiosas que aún persistían, incorporándome al flujo del tráfico con una agresividad renovada. Mientras el viento comenzaba a golpear contra mi pecho y la velocidad aumentaba, mi mente no podía apartarse de la imagen de ella alejándose, de esa mezcla letal de vulnerabilidad matutina y confianza profesional. Pensé en su cuerpo bajo el abrigo, en la firmeza de sus piernas cuando me rodeaban, en la textura de su piel manchada de miel y en la inteligencia afilada que brillaba en sus ojos azules. No era solo que estuviera buena, que lo estaba hasta niveles que rozaban lo ilegal; tenía un cuerpo diseñado para el pecado y una cara que podría detener el tráfico, pero había algo más, una complejidad en su carácter que me resultaba adictiva. Era capaz de someterse y de dominar, de perderse en el caos y de organizarse en minutos, de ser una dama en la calle y una fiera en la cama. Aceleré a fondo en una recta despejada, el motor rugiendo con furia, y me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, el vacío que solía sentir al volver a mi rutina no estaba allí. En su lugar, había una anticipación eléctrica, la certeza de que esa mujer única, con su cámara y su audacia, no era solo una anécdota de una noche, sino un problema delicioso que estaba deseando volver a resolver. j***r, qué mujer.
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