Capítulos 14.

2578 Words
Empujé la puerta de cristal esmerilado del estudio de arquitectura con la fuerza suficiente para que las bisagras protestaran con un gemido metálico, un sonido agudo que rompió la atmósfera de creatividad estéril y murmullos intelectuales que reinaba en el interior. El aire acondicionado del lugar estaba programado a una temperatura gélida, artificialmente perfecta, pero no logró enfriar el incendio que llevaba tres semanas propagándose por mi sistema nervioso, alimentado por cada hora que Paula pasaba encerrada en estas paredes de diseño minimalista. Mis botas pesadas golpearon el suelo de hormigón pulido con una cadencia militar, ignorando las miradas escandalizadas de un par de asistentes que se apartaron instintivamente al ver la tormenta que oscurecía mi rostro, reconociendo en mi postura la amenaza inminente de una violencia que ya no estaba dispuesto a contener. Había intentado ser el estratega, el hombre paciente que construye imperios en silencio y respeta la ambición ajena, pero la imagen que mis ojos captaron al fondo de la sala, bajo la luz clínica de los flexos de dibujo, hizo estallar los diques de mi autocontrol con la fuerza de una riada devastadora. Allí estaban, inclinados sobre una mesa llena de planos y maquetas de mi competencia, con las cabezas tan juntas que sus alientos debían mezclarse, una intimidad laboral que a mis ojos, inyectados en la sangre de los celos primarios, parecía una traición carnal ejecutada a plena luz del día. Eloy señalaba un detalle en el papel, y su mano, esa mano cuidada que jamás había levantado un peso real en su vida, se posó sobre el hombro de Paula con una familiaridad propietaria que me revolvió el estómago y tensó cada fibra de mis trapecios hasta el punto del dolor físico. Paula reía ante algo que él acababa de susurrar, una risa ligera y cómplice que yo no había escuchado en días, y ese sonido fue el detonante final que transformó mi paciencia en cenizas, borrando cualquier rastro de la civilización que me había esforzado por impostar. Ya no me importaba la estrategia, ni la imagen pública, ni la maldita madurez emocional que ella reclamaba; en ese instante, solo existía el imperativo biológico de reclamar lo que era mío y arrancar esa sonrisa de su rostro para reemplazarla por algo mucho más intenso y visceral. No me detuve hasta llegar a su altura, mi sombra proyectándose sobre la mesa de trabajo como un eclipse repentino que devoró la luz de sus diseños, obligándolos a levantar la vista con una mezcla de sorpresa y, en el caso de Eloy, un terror apenas disimulado. El arquitecto retiró su mano del hombro de Paula como si la piel de ella quemara, retrocediendo un paso instintivo ante la masa de músculo y furia que se cernía sobre él, pero yo ni siquiera le concedí el honor de una mirada directa, pues él era irrelevante, un obstáculo de cartón piedra en mi camino hacia el objetivo real. Mis ojos se clavaron en Paula, oscuros y tormentosos, ignorando su expresión de desconcierto y la pregunta que empezaba a formarse en sus labios, anulando cualquier intento de racionalización verbal con la presión de mi presencia física. Ella leyó la advertencia en mi lenguaje corporal, esa tensión explosiva que conocía bien del gimnasio, pero esta vez no había barras ni discos para canalizarla, solo ella y la necesidad imperiosa de sacarla de ese entorno aséptico que apestaba a la influencia de otro hombre. No le di tiempo a recoger sus cosas, ni a despedirse, ni a cerrar la sesión de trabajo con la profesionalidad que tanto valoraba; extendí mi mano y cerré mis dedos alrededor de su muñeca, no con fuerza suficiente para lastimarla, pero sí con la firmeza innegociable de un grillete que dicta una sentencia inmediata. La sentí tensarse al contacto, una descarga eléctrica recorriendo su piel al encontrarse con la mía, y por un segundo vi el destello de desafío en sus pupilas azules, esa chispa de rebelión que siempre me excitaba, pero que hoy no estaba dispuesto a negociar bajo ningún término. Tiré de ella suavemente pero sin pausa, obligándola a levantarse de la silla giratoria, y me giré hacia la salida sin soltarla, arrastrándola fuera de la órbita de Eloy y de su mundo de líneas rectas y promesas vacías. — Nos vamos —gruñí. Eloy intentó balbucear algo sobre los plazos de entrega y la falta de cortesía, dando un paso vacilante hacia nosotros en un intento patético de recuperar el control de su territorio, pero me detuve en seco y giré la cabeza lo suficiente para clavarle una mirada que lo congeló en el sitio. No necesité amenazarlo verbalmente ni explicarle que su tiempo había terminado; la promesa de destrucción que brillaba en mis ojos fue suficiente para que su instinto de supervivencia anulara su caballerosidad de manual. Paula no protestó verbalmente, aunque sentí la resistencia en sus pasos mientras cruzábamos el estudio, una lucha silenciosa entre su orgullo profesional herido y la respuesta física, innegable y traidora, que mi dominio despertaba en su cuerpo. Salimos a la calle nocturna, donde el aire frío golpeó nuestros rostros, y la empujé contra el lateral de mi Kawasaki aparcada en la acera, acorralándola entre el metal frío de la máquina y el calor abrasador de mi cuerpo. No le ofrecí el casco con delicadeza esta vez, se lo coloqué con movimientos bruscos y eficientes, asegurando la correa bajo su barbilla con dedos que temblaban por la adrenalina contenida, tratándola como una posesión preciosa que debía ser asegurada antes del transporte urgente. Ella me sostuvo la mirada a través de la visera abierta, sus ojos dilatados por la mezcla de indignación y excitación, respirando agitadamente mientras sus manos se aferraban a mi chaqueta de cuero, buscando anclaje ante el huracán que yo representaba. — Sube —ordené. El trayecto hasta mi ático fue una borrosidad de luces de neón y velocidad s*****a, una carrera contra mis propios demonios donde el rugido del motor sustituía a los gritos que se ahogaban en mi garganta. Sentía los brazos de Paula rodeando mi cintura con una fuerza desesperada, su cuerpo pegado a mi espalda transmitiéndome el calor que necesitaba para no congelarme en mi propia rabia, una fusión biomecánica de dos seres que se dirigían hacia una colisión inevitable. No reduje la velocidad en las curvas, inclinando la moto hasta que los estribos rozaron el asfalto, buscando en el peligro físico una válvula de escape para la presión insoportable de los celos que me habían consumido durante semanas. Al llegar al edificio, prácticamente la arrastré hacia el ascensor privado, ignorando el saludo del conserje nocturno, encerrándonos en la caja metálica que ascendía hacia mi guarida con una lentitud exasperante. El silencio entre nosotros era denso, cargado de estática y feromonas, una atmósfera irrespirable donde cada respiración sonaba como un fuelle avivando un fuego. Ella no se apartó de mí en el ascensor; al contrario, se mantuvo erguida, desafiante, observando mi perfil tenso con esa curiosidad analítica que solía usar con su cámara, pero que ahora estaba teñida de un hambre oscura que reflejaba la mía. Sabía lo que venía, lo anticipaba con la misma certeza con la que un levantador sabe que la barra va a subir o a aplastarlo, y no vi miedo en ella, solo una expectación vibrante que me confirmó que ella también necesitaba esto, que necesitaba que quemara la sofisticación de Eloy de su piel. Al entrar en mi apartamento, ni siquiera me molesté en encender las luces; la claridad de la ciudad que entraba por los ventanales de piso a techo era suficiente para iluminar el campo de batalla. Cerré la puerta con un golpe seco de mi bota y cerré el pestillo, el sonido metálico actuando como el gong inicial de un combate sin reglas. No hubo preámbulos, ni copas de vino, ni conversaciones civilizadas sobre sentimientos o límites; me giré hacia ella y la acorralé contra la puerta cerrada, mi cuerpo masivo cubriendo el suyo, mis manos yendo directamente a su abrigo para despojarla de las capas que la separaban de mí. Paula soltó un jadeo cuando mis manos grandes y callosas se cerraron sobre su cintura, levantándola del suelo como si no pesara nada, inmovilizándola contra la madera dura mientras mi boca buscaba la suya con una desesperación hambrienta. El beso no fue suave; fue una colisión de dientes y lenguas, un reclamo territorial que buscaba borrar el sabor de cualquier palabra intelectual que hubiera pronunciado ese día, reemplazándola con mi esencia y mi furia. Ella respondió con la misma violencia, sus dedos enredándose en mi cabello y tirando con fuerza, sus piernas rodeando mi cintura instintivamente, arqueando la espalda para pegarse más a mí, demostrándome que bajo su capa de artista sofisticada seguía viviendo la mujer salvaje que me había robado el whisky en aquella fiesta. — Mía —gruñí contra su boca. La llevé en brazos hacia el gran sofá de cuero que dominaba el salón, sin romper el beso, tropezando con la alfombra en mi urgencia ciega, y nos dejamos caer sobre los cojines con un impacto sordo. Mis manos trabajaban frenéticamente sobre su ropa, rasgando botones si era necesario, impulsado por una necesidad táctil de sentir su piel desnuda contra la mía, de verificar que era real y que estaba allí, sometida a mi peso y a mi voluntad. Ella me ayudaba, sus manos ágiles deshaciéndose de mi cinturón y de mi pantalón con una destreza que delataba su propia impaciencia, sus uñas arañando mi espalda a través de la camiseta hasta que me la quité de un tirón salvaje. Quedamos expuestos en la penumbra, iluminados por los destellos de la ciudad a mis espaldas, dos figuras entrelazadas en una lucha de poder que se había transformado en puro deseo animal. Me detuve un segundo, solo un segundo, para mirarla desde mi altura, viendo cómo su pecho subía y bajaba, cómo su piel pálida brillaba con el sudor incipiente, cómo sus ojos oscuros por la dilatación me devoraban con una mezcla de sumisión y exigencia. Esa visión, la de Paula entregada y vulnerable bajo mi dominio, barrió los últimos restos de mis celos, reemplazándolos por una certeza absoluta de posesión. No fui amable. No podía serlo. La penetré con una sola estocada profunda y potente, un movimiento que le arrancó un grito que fue mitad dolor y mitad éxtasis, llenándola por completo, estirándola, reclamando cada centímetro de su interior como territorio conquistado. Me quedé quieto, enterrado en ella hasta la raíz, sintiendo cómo sus paredes me abrazaban con espasmos rítmicos, cómo sus uñas se clavaban en mis hombros marcando mi piel, aceptando mi invasión como la única verdad que importaba en ese momento. Comencé a moverme, estableciendo un ritmo brutal y constante, mis caderas golpeando contra las suyas con el sonido húmedo y carnal de los cuerpos chocando, ignorando cualquier técnica o contención. Esto no era hacer el amor; esto era una purga, un exorcismo de inseguridades a través de la fricción y la fuerza. La sentía retorcerse bajo mi peso, no para escapar, sino para recibirme mejor, sus gemidos llenando el silencio del apartamento, su voz ronca pronunciando mi nombre como una plegaria profana que alimentaba mi ego y mi lujuria. Le sujeté las muñecas, inmovilizándolas sobre su cabeza con una sola mano, dominándola por completo, obligándola a sentir su propia indefensión y a encontrar placer en ella, a confiar en que yo tomaría el control y la llevaría al límite sin dejarla caer. — Mírame —exigí. Ella abrió los ojos, vidriosos y perdidos en la neblina del placer, y se encontró con mi mirada fija, intensa y oscura, que no le permitía esconderse en su mente ni huir a sus pensamientos. Quería que estuviera presente, que sintiera cada embestida, que supiera exactamente quién estaba haciéndola sentir así. No era Eloy, no era su trabajo, no era su ambición; era yo, Tomás, el bruto, el hombre de hierro, el único capaz de desarmarla hasta dejarla en su esencia más pura. Aumenté la velocidad, mis músculos tensos y brillantes de sudor, gruñendo con cada empuje, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en la base de mi columna, una presión deliciosa que presagiaba el final. Paula echó la cabeza hacia atrás, mordiéndose el labio hasta casi sangrar, y sentí cómo su cuerpo se tensaba como un arco a punto de disparar, sus contracciones internas apretándome con una fuerza exquisita. Solté sus muñecas para agarrar sus caderas, mis dedos hundiéndose en su carne suave, anclándola al sofá para poder embestir con toda la potencia que me quedaba, buscando ese lugar profundo donde ella guardaba sus gritos. Cuando ella se rompió, fue espectacular. Su cuerpo se arqueó violentamente, un grito largo y agudo escapó de su garganta, y la sentí vibrar a mi alrededor, una serie de ondas eléctricas que detonaron mi propia resistencia. Me dejé ir, rugiendo su nombre mientras me vertía en ella con sacudidas espasmódicas, vaciándome de toda la rabia, de todos los celos, de toda la frustración acumulada, marcándola por dentro con mi semilla y mi esencia. Colapsé sobre ella, mi peso aplastándola contra el cuero, ambos jadeando como supervivientes de un naufragio, nuestros corazones latiendo desbocados en unísono contra nuestros pechos pegados. La habitación giraba lentamente, pero el silencio que regresó ya no era hostil; era un silencio pesado, satisfecho, el silencio de una paz que solo se consigue a través de la guerra total. Me quedé allí, respirando el olor de su sudor y su perfume, sintiendo cómo sus manos, ahora temblorosas y suaves, acariciaban mi espalda con lentitud, trazando el camino de mi columna vertebral. Me incorporé ligeramente, apoyándome en mis codos para no asfixiarla, y la miré a la cara. Su cabello rubio estaba revuelto, sus labios hinchados y rojos, y en su cuello comenzaba a florecer una marca rojiza donde mi barba había raspado su piel. Se veía devastada, usada y absolutamente magnífica. Ella me devolvió la mirada, y una sonrisa perezosa y satisfecha se curvó en sus labios, una expresión de triunfo que me desconcertó por un segundo hasta que comprendí. Yo había creído que la estaba dominando, que estaba imponiendo mi voluntad, pero en su rendición, ella había encontrado exactamente lo que buscaba: la libertad de no tener que pensar, de no tener que decidir, de ser simplemente cuerpo y sensación. En mi furia posesiva, le había dado el regalo del olvido, y ella lo había devorado con la misma avidez con la que yo la había tomado. — Ahora calla —susurré, rozando sus labios con mi pulgar. Paula cerró los ojos y asintió levemente contra mi mano, acurrucándose contra mi pecho desnudo con una docilidad que no tenía nada de debilidad y todo de confianza. Sabía que mañana volvería a ser la profesional ambiciosa, que volvería a trabajar con Eloy y a desafiar mis métodos, pero esta noche, en este sofá y bajo mi peso, la discusión estaba terminada. La definición de lo que éramos no necesitaba palabras ni contratos; estaba escrita en el sudor que se secaba en nuestra piel y en la certeza absoluta de que, sin importar a dónde fuera su mente durante el día, su cuerpo conocía el camino de vuelta a mis manos. La cargué de nuevo, llevándola hacia la cama no para dormir, sino para mantenerla cerca, sabiendo que la tormenta había pasado y que, por primera vez en semanas, el monstruo en mi interior dormía saciado y tranquilo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD