Sanshiro se marchó a la casa del tormento, cuando Aiko y yo llegamos al callejón. Nos despedimos en silencio, como era nuestra costumbre. Él, taciturno, no justificó su escape, ni siquiera en el viaje. Aiko estaba nerviosa, pero una vez en el callejón, sus nervios se aplacaron como si hubiera recibido un balde de agua tibia. Como habíamos comprado frutas cerca de la tienda de víveres, al otro lado de la calle, regalé una manzana a Sanshiro. Me enteré que se llamaba Sanshiro, como la novela de Sōseki Natsume, porque su madre, un día, le gritó tan fuerte que Aiko y yo nos asustamos. Aquel día caía una lluvia torrencial, no era apropiado salir. Por instinto, me asomé por la puerta que da al callejón. Vi un sombra pasar, añadido a ello, el inconfundible sonido de los pasos sobre el agua. Sin

