Esperaba la visita de la tía Igarashi. Aiko había ido a las clases de la universidad, esa noche planeaba quedarse conmigo. No he sabido nada de Inagawa y Takahiro, desde la vez que estuve borracha. Enfoqué mi temple en mantener la apariencia de chica sumisa ante la tía Igarashi, cuando llegara.
Me senté a mirar televisión. Abrí una bolsa de papitas. Comía mientras veía los comerciales. No sabía cual era la programación del día en la NHK. Tomé el teléfono, revisé las notificaciones: no había ninguna. ¿Qué vida social tenía? Más allá de tener a Aiko, no existía un fondo allende del horizonte. Si había algo que seguir en la línea que trazaba el paisaje de mi vida, era un sol que jamás alcanzaría.
Una ave gorjeaba en un abeto cerca de la casa del vecino. La madre de Sanshiro, lo reñía por sacar malas notas de nuevo. El niño no tenía la culpa de los deseos frustrados de sus padres. Era un futuro artista, su corazón había nacido para dibujar. A veces, me mostraba sus dibujos. Las ocasiones que recibía la visita de Sanshiro, era porque sus padres discutían y luego tenían sexo desenfrenado en la habitación contigua del niño. Esto, a Sanshiro, no le gustaba.
Conocí al niño cuando estuve en el callejón, un día que no recuerdo, a las doce del mediodía. ¿Qué hacía a las doce del mediodía en el callejón, aquel día? Como solemos olvidar las nimiedades que realizamos en un momento dado, no recuerdo del todo. Pero el vivo movimiento de los brazos ancestrales de los árboles, sí lo recuerdo. Ahora que lo pienso mejor, me gustaba salir al callejón para escuchar la sinfonía del follaje de verano. De manera que ese día, sin error alguno, estaba en el callejón con la intención esperar el viento que iba azotar las sinuosas extremidades de los árboles. Entonces, retomando la llegada de Sanshiro, estaba paseando con los brazos atrás y la mirada hacia cielo. Las sábanas blancas, tendidas en los hilos, formaban múltiples capas que, ingrávidas, parecían el velo de alguna novia ausente. El rumor de unos pasos me despertó, pues soñaba despierta. Un niño de ocho a nueve años, caminaba con los libros apretujados a la altura del pecho. Vestía como un escolar y su morral era un pikachu de tamaño considerable. El cabello no era corto, podría decirse que cubría la mitad de sus orejas, que no eran grande.
A la vista de cualquier individuo consciente de su huera existencia, el niño era normal. Sin embargo, yo podía percibir algo que los demás no podías ver en él. Un aura abyecta lo envolvía. Con la cabeza agachada, los hombros altos y los labios apretados, caminaba Sanshiro. El rumor ya no era lejano, sino cercano, el sonido limpio de sus zapatos, martillaba mi tímpano.
Los vecinos hacían sus tareas domésticas, con calma. Sonido de ollas, platos y vasos en el fregadero, como si libraran una contienda en Troya, quebraban la paz del mundo de los normales, pero no quebraba mi mundo; el silbido de una chica anónima, desconozco, a día de hoy, la procedencia de aquel silbido; Alguien, en una casa cercana, barría el suelo; El señor de una casa de dos plantas, discutía con una persona en el teléfono, vislumbré su silueta detrás de la ventana con mosquitero, hacía gestos exasperados. Así era el apacible, en resumidas acciones, mundo de los normales. Aquellos que estaban sumidos en el grisáceo terreno de la cotidianidad. Yo no podía ser parte del mundo monótono. Cargaba con la muerte de mi hermana, el suicido de mi madre y la venganza contra la tía Igarashi. Además, era prostituta a tiempo completo durante un mes entero. ¿Podía adaptarme a la vida que llevaba? No, no podía y, por tanto, intentaba evitar quedar atrapada en el ciclo de los normales.
Al parecer, Sanshiro no era normal, como yo. Mi alma solitaria, hambrienta de compañía, se identificó con el niño ominoso. Su apariencia escolar era un mero disfraz para la sociedad. Detrás de la rectitud de los estudios, se esconde un animal. La frontera moral de la humanidad, estaba en su ser. Una frontera que al entrar en la adolescencia, y sus sentidos sexuales despertaran, transgredirá. En consecuencia, se rebelará, estallarán los ideales, que son cigotos del pensamiento futuro, y explorará los placeres mundanos que nos convierten en lo que somos detrás de las capas morales. Asimismo veía a Sanshiro, lo que ocultaba la máscara que pretendía mantener agachada.
En un callejón, a las doce del mediodía, durante el fluir del tiempo en el mundo de los normales, dos almas atormentadas se encontraron. Sanshiro advirtió mi presencia y como una mujer se sorprende por los precios en descuento de su tienda favorita, me observó. De modo que los pontos abismales, bajo la luz del sol estival, convergieron el ritmo de su marea. Serenos, estáticos, como los árboles alrededor, conectamos los pozos que llamamos ojos.
Yo estoy sola, tú pareces estar solo. c*******s, eso somos a la vista de los normales.
Sanshiro me miraba como un perro contempla a un desconocido. Mi instinto maternal se accionó. Los engranajes se movían con ligereza, dado que nunca pensé concebir un hijo. La pulsión de adoptarlo, nació de improviso. ¿Por qué? No lo entendía y tampoco lo entiendo. Después de que Sanshiro se graduara de la universidad, me visitó en mi hogar con Takahiro. Había acudido a su acto de graduación. Hoy me sigue llamando madre.
No dijimos palabra, ya que las manifestaciones sonoras de nuestra razón, ser las lleva el viento a quién sabe dónde. Entonces, seguimos así, como dos estatuas una frente a la otra. El tiempo pasaba y parecía no existir mientras mantuviéramos la mirada conectada. ¿Qué hacíamos en el callejón? Él volvía de clases, yo esperaba el viento. ¿Había viento? Sí, mucho, cuando él y yo conectamos nuestras aflicciones.
Cuando una señora espantó un gato con un palo de escoba, lanzando improperios al cielo, despertamos. De manera que retomó su rumbo y yo devolví mi ojos al firmamento. Una nube blanca, cubrió el cielo. La sombra nos arropó. Volteé y su cuerpo se fundía con las sábanas blancas. Él giró, quizá para confirmar que era real. Luego observó el suelo, los mechones acariciaron su frente. Continuó su camino.
El siguiente fin de semana, me tocaba trabajar como prostituta a tiempo completo. Iniciaba la jordana mensual de sexo sin parar, dinero para la tía y la planificación de mi venganza. Disfruté de los siguientes mediodía. La paz del callejón, era la que necesitaba. Pero Sanshiro, cada que aparecía, alteraba la paz y lo convertía en nada. La nada más pura y absoluta del budismo. Entrabamos en trance, hipnotizados, hechizados, atrapados por el arte místico que nos envolvía. En el callejón, durante los cinco días de la semana, en el lapso del mediodía, una prostituta y un escolar se veían en silencio.
Takahiro no lo sabe, pero Sanshiro, al cumplir los dieciocho, me hizo el amor. Me acosté con él. Transgredimos la figura de nodriza e hijo. Eso fue durante el tiempo en el que Takahiro y yo nos separamos. Nunca se lo conté, aún después de casarnos. Sucedió cuando, Sanshiro, aprobó unos exámenes en la universidad de Tokio. Fui a preparar la cena en su apartamento. Vivía solo, dado a los problemas familiares. Trabajaba y podía pagar la renta gracias al apoyo de su tío en China. No sé bien como sucedió, pero Takahiro estaba furioso conmigo luego de alejarme de su vida. Sasnhiro estaba herido por la ruptura que tuvo con una chica. Bebimos wiski, más de la cuenta. El alcohol desató nuestro ser primitivo. Él me llevó a la cama para que pudiera descansar, pero yo lo abracé, lo besé y nos desnudamos. De esta manera ocurrió. Copulamos sin estar consciente de lo qué hacíamos. ¿Me arrepiento de ello? No, la verdad, no.
La prostituta y el escolar, en el callejón a las doce del mediodía, desconocían el panorama del porvenir. El destino los había unido, por razones ilógicas, porque no tenía sentido. ¿Por qué quiso el hado unirme a Sanshiro? No lo comprendo.
Después del fin de semana, no volví a ver a Sanshiro, dado que dormía en camas diferentes y en hogares disfuncionales. Aiko limpiaba la casa de vez en cuando y arreglaba las cosas cuando debía hacerlo. También dormía allí para que los vecinos vieran que había vida.
Sanshiro pensó que éramos lesbianas.
—Hola —susurré.
Había finalizado el mes s****l y había obtenido la paga que me correspondía. Era una cantidad considerable de quince millones de yenes. Venía de comprar frutas, me topé con Sanshiro en el callejón. Di el paso adelante para romper el silencio entre ambos. Puse un pie al otro lado de nuestra frontera invisible. No había límites y la soledad me carcomía, aunque durmiera con Aiko.
Sanshiro, no respondió. Así que saqué una manzana de la bolsa, tenía muchas. Caminé hacia él, me agaché y se lo di.
—Hola —volví a susurrar.
Sanshiro calvó la mirada al suelo, pero tenía la manzana en la mano. Miré su mochila de pikachu.
—¿Te gusta Pokémon? —pregunté.
Sanshiro no respondió, todavía tenía la manzana en la mano, no la había guardado.
Me marché y el se quedó con el brazo alzado, la manaza en la mano y la mirada en el suelo. Más tarde, oí los gritos de sus padres. Aiko preparaba el salmón en la cocina, yo veía televisión.
—Vivir en esa casa debe ser horrible —comentó Aiko desde la cocina.
—¿Cuál de todas las casa? —pregunté.
—La casa en la que siempre están discutiendo. Un día, el hijo huyó. El pobre regresó en la noche. Su padres ya estaban durmiendo. No le prestan atención.
Recordé cuando escapaba al Tokio Skytree y Harumi iba detrás de mí. Sanshiro era hijo único, no tenía hermanos. Nadie salía buscarlo. Sus padres vivían enzarzados en sus egos y descuidaban al hijo.
—Me recuerda a mí. Cuando madre se suicidó, Harumi me trataba mal. Yo escapaba del departamento e iba al Tokio Skytree. No me daba miedo huir de esa manera. Además, me acostumbré a la masa nipona y a ocultarme de la policía —expliqué y monté los pies en el cojín, a modo que mis rodillas parecían dos montañas. Las rodeé con mis brazos pálidos.
—¿Cómo diablos te ocultabas de la policía en el metro?
—Astucia e inteligencia.
—¿Cómo abordabas el metro?
—Le pedía ayuda a un hombre o una mujer.
—Pero se supones que la obligación nipona es entregar al niño a la…
—Manipulación, Aiko-chan —interrumpí con una sonrisa maliciosa—. Aclaraba que no quería líos con mis padres y que me maltratarían si me vieran llegar con la policía. Así evadía el sentido moralista de esta sociedad hipócrita.
—No somos una sociedad hipócrita, Naomi. Hay gente honesta en este país.
—Contada con los dedos, igual que en el mundo. Ninguna nación está exenta a mantener a flote una máscara que los alabe como una nación feliz.
—¿Digo lo contrario? Estás de un humor extraño hoy.
—Es el niño —dije, suspirando—. El niño me preocupa.
—Pero no es nada tuyo, Naomi. Si intervinieras, no creo que te llevarías el visto bueno de sus padres. Además, ellos son una familia conflictiva. ¿Qué dirían si descubren que eres una prostituta?
—Que sea una prostituta, no cambia la humanidad que existe dentro de mí. Sigo siendo Naomi Igarashi, aunque durante un mes entero me penetren.
Aiko asintió y continuó preparando el salmón. Cuando ella concede la razón, no opina ni comenta.
Una vez que terminé de almorzar, me dirigí al callejón. El silencio era abrumador; el cielo estaba nublado y parecía que fuera a llover. Una corriente de aire heló mi piel. Caminé entre las sábanas colgadas. ¿Nadie se preocupaba por retirarlas? ¿Quién diantres tenía tantas sábanas y cubrecamas colgados? Preguntas que no tenías respuesta. Era insólito que nadie que no se ensuciaran. Cada verano, alguien cuelga sábanas y cubrecamas en el tendedero de su hogar. Al finalizar la estación, retira las sábanas y cubrecamas, hasta el próximo verano. No entendía el objetivo de hacerlo. Decidí no darle vueltas al asunto. Admiraba el cielo, dado que la opacidad gris de algunos cúmulos, hacían contraste con machan luminosas, producto del refulgir del sol. Detrás de cada nube cargada con el dolor de la humanidad, hay un sol que brillará para cada ser vivo. Entonces, sin saberlo, durante el paso, me dirigí a la casa de Sanshiro. No había nadie sentado bajo la sombra del alero. Miré hacia la ventana del segundo piso. Allí estaba Sanshiro, comiendo la manzana, viéndome. Lo saludé con la mano y el respondió mi saludo. Cuando terminó de comer, desapareció y no lo volví a ver. De manera que regresé a mi casa y vi a Aiko, jugando con el Nintendo Switch.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Mario Kart —contestó, concentrada en la partida.
Estaba acostada en el sofá, con los pies, cruzados, en el apoyabrazos. No había nada interesante que hacer aquella tarde.
La noche cayó sin previo aviso. Aiko dormía a mi lado, pero yo no podía dormir. Me levanté, luego de meditar la decisión de levantarme. Las ventanas estaban abiertas y las cortinas se meneaban por la corriente de aire entrante. Como lenguas translucidas, flotaban y caían despacio, como si lamieran la atmósfera. Apoyé el brazo en el marco, miré hacia la casa de Sanshiro, que estaba diagonal a la mía, después de dos casas más. ¿Qué estaría haciendo el niño? Tenía la luz de la habitación encendida. Duré unos segundos allí, o quizás fueran minutos. Sanshiro apareció en el pequeño mundo cuadrado que la ventana me permitía ver. Él supo que lo veía y miró hacia mi dirección. Otra vez, permanecimos conectados. Saludé a Sanshiro, él me saludó. Un saludo silencioso. ¿Qué nos unía a Sanshiro y a mí?
Al día siguiente, acompañé a Aiko a una consulta con el ginecólogo. Era nuestra ronda mensual, dado que teníamos problemas para menstruar. El chequeo nos ayudaba a descartar preocupaciones. Luego fuimos al parque de Ueno a comer helados. Vi mi viejo hogar habitado por rostros desconocidos. Pensé en Harumi y Sai, porque las sillas donde se sentaban en el balcón, ya no estaban. Aparenté que no me afectaba, adopté la máscara de Sanshiro. Aiko no se dio cuenta de mi aflicción. Horas más tarde, íbamos hacia la estación. Cerca de las escaleras, deambulaba un niño: Sanshiro. Lo reconocí al instante. Daba pasos vacilantes con las manos en los bolsillos. Vestía el uniforme escolar. Miré el reloj y supuse que él había faltado a clases. Aiko hablaba, no paraba de hablar y no la pude seguir escuchando cuando miré al niño. Él supo que estaba allí, porque nuestra presencia la podemos percibir. Enlazamos la mirada, me detuve y Aiko frunció el ceño. Entré en trance, como él. La gente había dejado de ser gente, se convirtieron en maniquíes. Aiko desapareció. El entorno perdió su color. Sanshiro y yo éramos los seres con color, en un mundo sin color.
—¿Estás bien? —preguntó Aiko.
Respiraba de eso estaba segura. Latía mi corazón, pues su pulsaciones avisaban la vida que había dentro de mí. De improviso, al darme cuenta de mis latidos, vi que el pecho izquierdo de Sanshiro, como una luciérnaga, parpadeaba. Aunque no era un parpadeo, sino un suave apagado y encendido. Su corazón irradiaba luz. Él señaló mi corazón, también encendía y apagaba, como si fuera una bombilla.
—No somos tan distintos, porque un hilo invisible nos une —mascullé.
Él pareció oírme, pero no contestó. Como las veces que nos vemos: silencio.
Sanshiro, en la adultez, es parco en palabras, pero habla más seguido conmigo. Quizás, el maltrato de sus padres, influyó en él, una personalidad taciturna desde la infancia. Un niño que no puede hablar por temor a ser golpeado; un niño que no puede fallar, por temor a ser juzgado. ¿Cómo Sanshiro cargaba con aquel peso? La respuesta es sencilla: como yo pude soportar a mi hermana. De modo que ambos huíamos del infierno, hacia otro infierno. Pero la diferencia del segundo infierno, que es el mundo, era la modificación del mismo, a un paraíso que no ha cambiado. Con esto quiero decir, la tergiversación de la realidad. Huir era un acto valiente, ya que abandonabas el hogar que debía protegerte. Encuentras refugio en los seres de la calle, hasta que la noche cae y comprendes el peligro de no retornar a tu hogar. Una vez que regresas, pisas la tierra del que prometiste no volver. Al día siguiente, repites lo mismo. Sanshiro y yo, no éramos tan distintos. Él huía como yo… Porque yo huía a la venganza de la tía Igarashi… La venganza que debía ejecutar para vengar el suicido de madre, la muerte de mi hermana y el secuestro de mi cuñado.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—¿Estás allí, Naomi?
La letanía de la voz de Aiko, se esparcía en el espacio establecido entre Sanshiro y yo. Él no me respondió. De hecho, su nombre lo supe más adelante, de una manera sorpresiva.
—Naomi, ¿estás bien?
Los pasos de Aiko se escuchaban como estuviera al final de un largo corredor. Sentí su calor a mi lado.
—¿Estás viendo al niño?
Asentí.
—Naomi, la gente nos ve raro.
—No me importa la sociedad. —Avancé—. Me dejó de importar lo que digan sobre mí.
—¿Qué pretender hacer?
Tomé de la mano a Sanshiro, él no opuso resistencia.
—Vamos a casa —susurré en su oído, al agacharme.
Con la cabeza agachada, caminó a mi lado.
Una prostituta con un escolar, cerca de una estación. Ambos regresarán a casa.
Cuando la realidad regresó a la normalidad, Aiko estaba dando explicaciones a la gente sobre la relación entre Sanshiro y yo. Nadie debía pedir explicaciones. Hasta el oficial de la estación, se acercó a nosotros pero Aiko se apresuró a explicar.
La gente normal creía que secuestraba un niño. Nadie, excepto yo, se daba cuenta de las lágrimas que caían al suelo. Sanshiro, lloraba.
Sanshiro, expulsaba su soledad.