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—Sam… — susurró. —Yo… no se que decir— confieso ya que era la verad. —Empezo hace unos tres años, me di cuenta que los chicos no eran para mi – sonrió con tristeza – aunque no te preocupes, tu no eres mi tipo – aclara, y no puedo evitar reirme divertida. —Yo… —Se que te gusta Diego. Lo dice con tanta nanturalidad que empiezo a reírme como si fuera una cabra loca. Sin creer sus palabras. Pero después de sostenerme el estomago de la risa, Camila sigue seria mirándome con intensidad. —¿Qué? – pregunto y ella se pone de pie. —Ni tu misma te has dado cuenta. Empeza a caminar adentro y yo la sigo. ¿De qué está hablando esta chiflada? —Eh… me estoy perdiendo –murmuro, siguiéndola hasta que nos sentamos en unas butacas altas. Me cuesta llegar, porque encima soy pequeña como un duende. —N

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