Aleister miraba con agobio como su chica de ojos verdes reiteradamente estaba entre la vida y la muerte. De nuevo no podía hacer nada para evitarlo y estaba a punto de volverse loco, sino lograba evitar la muerte de su adorada Margaret; sus hermanos, Ángel y Laila se estaban tomando su tiempo, algo que les reclamaría después. El color de la piel de la bruja estaba cada vez más pálido, su pulso era lento y su respiración era demasiado relajada, la situación sobrepasaba la calma del centenario. —Brenda, no podemos seguir así, la perderemos —confeso Isabel con dolor. —Solo un poco más, los chicos vendrán con la espada y entonces… —No sabemos si funcione, —interrumpió Emma perdiendo la fe —, ¿Qué pasara si Ángel utiliza la espada? y aun así Margaret… —¡Basta! —interrumpió Aleister sin quer
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