El portal lo depositó en un jardín. Alejandro parpadeó, desorientado. Después de la piedra fría y las cavernas oscuras, no esperaba esto. Césped verde bajo sus pies. Árboles de cerezo en flor perpetua, sus pétalos rosados flotando en una brisa que olía a primavera. Un estanque de agua cristalina donde peces dorados nadaban en círculos perezosos. Y en el centro del jardín, un pabellón de madera antigua con el símbolo del Dragón de Jade tallado en cada columna. Era hermoso. Pacífico. Completamente fuera de lugar en el corazón de una montaña helada. «Bienvenido a la Tercera Prueba, heredero.» La voz era diferente a las anteriores. No era el guardián momificado con su gravedad ancestral ni la mujer del laberinto con su tono entre dulce y amenazante. Esta voz era... familiar. Inquietanteme

