El segundo nivel de la montaña era un laberinto tallado en las entrañas de la tierra. Alejandro emergió del sendero de polvo para encontrarse en una caverna tan inmensa que no podía ver los límites. El techo se perdía en la oscuridad, salpicado de estalactitas de cristal que colgaban como dientes de una bestia colosal, cada una brillando con luz propia en tonos de verde, azul y púrpura. El suelo estaba cubierto de runas que pulsaban con éter antiguo, formando patrones que cambiaban sutilmente cada vez que Alejandro parpadeaba. El aire era diferente aquí. Más denso. Cargado con el peso de incontables memorias acumuladas durante siglos. Cada respiración traía fragmentos de emociones ajenas: miedo, esperanza, desesperación, determinación. Los sentimientos de todos los que habían caminado es

