La Prisión de Eclor no recibía visitantes.
Era una de las pocas reglas absolutas del Nivel Inferior. Los prisioneros entraban, morían, y sus cuerpos se arrojaban a las fosas comunes sin ceremonia. Nadie lloraba por ellos. Nadie preguntaba por ellos.
Por eso, cuando el guardia abrió la puerta de la celda y gritó el nombre de Alejandro, todos se quedaron en silencio.
«¡Renn! Tienes visita.»
Alejandro levantó la vista desde su posición de meditación. Llevaba treinta y dos días en el Nivel Inferior. Treinta y dos días de dolor, entrenamiento y supervivencia.
«¿Visita?»
«No me hagas repetirlo. Mueve el culo.»
Intercambió una mirada con Zoltar. El anciano frunció el ceño pero no dijo nada.
Alejandro se puso de pie y siguió al guardia por el pasillo en espiral. Subieron cuatro niveles hasta llegar a una sala pequeña con una mesa de madera y dos sillas.
June estaba sentada en una de ellas.
El corazón de Alejandro se detuvo.
Ella se veía diferente. Más delgada. Ojeras profundas bajo los ojos verdes. El cabello plateado recogido en una trenza descuidada. Pero seguía siendo ella.
«Tienes diez minutos,» gruñó el guardia cerrando la puerta.
Silencio.
June lo estudió de arriba abajo. Las cicatrices nuevas. Los moretones amarillentos. La barba de un mes. Los ojos que habían cambiado, endurecido.
«Te ves terrible,» dijo finalmente.
Alejandro soltó una risa corta.
«Tú también.»
«Mentiroso.»
Se sentó frente a ella. La mesa entre ambos se sentía como un océano.
«¿Cómo entraste? Este lugar no permite visitas.»
«Sobornos.» June sacó un frasco pequeño de su manga. «Y amenazas. El guardia de la entrada tiene una infección en el hígado que no quiere que su esposa descubra. Le ofrecí tratamiento a cambio de diez minutos.»
«Podrían matarte por esto.»
«Podrían.» Ella no apartó la mirada. «Pero no lo harán. Soy útil. Por ahora.»
Alejandro negó con la cabeza.
«No deberías estar aquí, June. Si Darius descubre...»
«Darius.» El nombre salió de sus labios como veneno. «Sé lo que hizo.»
Alejandro se tensó.
«¿Qué sabes?»
June miró hacia la puerta, verificando que estuvieran solos. Luego se inclinó sobre la mesa y bajó la voz.
«Lord Cassian fue envenenado con Lágrima de Víbora Negra. Eso es lo que dice el informe oficial. Pero encontré rastros de Esencia de Flor de Eclipse en las muestras de sangre.»
«No sé qué significa eso.»
«Significa que el veneno fue preparado exactamente treinta minutos antes de la muerte. Ni más, ni menos.» June sacó un papel doblado. «Según seis testigos, estabas en el patio de entrenamiento durante ese tiempo. No pudiste preparar el veneno.»
Alejandro sintió algo cálido en el pecho. No esperanza exactamente. Algo más frágil.
«¿Tienes pruebas?»
«Tengo testimonios. Muestras. Registros de compra de ingredientes.» June guardó el papel. «Y tengo un nombre. El boticario que vendió la Esencia de Flor de Eclipse. Trabaja exclusivamente para el Clan Vexar.»
«Darius.»
«No directamente. Pero sí. La cadena lleva a él.»
Alejandro cerró los ojos.
«June, escúchame. Darius tiene poder. Conexiones. El magistrado del juicio es su primo. La mitad de los guardias de la ciudad le deben favores.»
«Lo sé.»
«Si sigues investigando, te matará.»
«También lo sé.»
«¿Entonces por qué lo haces?»
June lo miró directamente. Sus ojos verdes brillaban con algo feroz.
«Porque me salvaste la vida. Sin conocerme. Sin esperar nada.» Apretó los puños sobre la mesa. «Toda mi vida he sido invisible. Una sanadora del Distrito Bajo. Nadie importante. Pero tú me viste. Me trataste como si valiera algo.»
«Vales más que algo, June.»
«Entonces déjame demostrarlo.» Se inclinó más cerca. «No voy a dejarte pudrir aquí por un crimen que no cometiste. No me importa cuánto tiempo tome. No me importa el riesgo.»
Alejandro la estudió en silencio.
Esta mujer que apenas conocía. Que había arriesgado todo para verlo. Que estaba dispuesta a enfrentar a un noble asesino por un guardia caído en desgracia.
«¿Por qué?» preguntó en voz baja. «La verdad.»
June vaciló. Por primera vez, su máscara de determinación se agrietó.
«Porque cuando te vi en ese carro... encadenado, sangrando, mirándome como si quisieras disculparte...» Tragó saliva. «Sentí algo romperse dentro de mí. Algo que no sabía que existía.»
Silencio.
«No sé qué es esto,» continuó ella. «No sé si es gratitud, o culpa, o algo más. Pero sé que no puedo ignorarlo.»
Alejandro extendió la mano sobre la mesa.
June la tomó.
Sus dedos estaban fríos. Temblaban ligeramente.
«Hay algo que debes saber,» dijo Alejandro. «Sobre mí. Sobre quién soy realmente.»
Le contó todo. Las enseñanzas de Zoltar. La Respiración del Dragón Enterrado. Las visiones ancestrales. La posibilidad de que fuera el heredero de un clan masacrado.
Cuando terminó, June lo miraba con expresión indescifrable.
«¿Me crees loco?» preguntó él.
«No.» Ella apretó su mano. «Creo que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido.»
Alejandro sonrió a pesar de todo.
«¿Destino?»
«¿Cómo más explicas esto? Un guardia huérfano resulta ser heredero de un clan antiguo. Una sanadora del Distrito Bajo descubre una conspiración noble. Y ambos se cruzan en un callejón lluvioso seis meses antes de que todo explote.»
«Coincidencia.»
«No creo en coincidencias.»
El guardia golpeó la puerta.
«¡Un minuto!»
June se puso de pie rápidamente. Sacó algo de su bolsa y lo deslizó sobre la mesa.
Un pañuelo de seda azul con bordados de flores plateadas.
«Era de mi madre,» dijo. «Lo llevaba cuando murió. Es lo único que me queda de ella.»
«June, no puedo...»
«No es un regalo. Es una promesa.» Lo miró con fiereza. «Cuando salgas de aquí, me lo devolverás. En persona.»
Alejandro tomó el pañuelo. La tela era suave, gastada por años de uso.
«¿Cuándo salga?»
«Cuando. No si.» June caminó hacia la puerta. «Voy a sacarte de aquí, Alejandro. Aunque tenga que quemar todo Lirion para hacerlo.»
La puerta se abrió. El guardia la agarró del brazo.
«Tiempo terminado.»
June se dejó llevar, pero antes de desaparecer por el pasillo, miró hacia atrás una última vez.
«Sobrevive,» dijo. «Es una orden.»
Y se fue.
Alejandro volvió a la celda en silencio.
Zoltar lo esperaba con expresión curiosa.
«¿Quién era?»
«Una amiga.»
«No tienes amigos. Los prisioneros no tienen amigos.»
Alejandro se sentó contra la pared y sacó el pañuelo de su túnica. Lo miró durante largo rato.
«Ella cree que puedo salir de aquí.»
«¿Y tú qué crees?»
Alejandro cerró los ojos. Sintió el éter latiendo en su médula. El primer meridiano completamente abierto. Cinco más esperando.
«Creo que tengo razones para intentarlo.»
Zoltar asintió lentamente.
«Entonces mañana empezamos con el segundo meridiano.»
«¿Qué implica?»
«Dolor.» El anciano sonrió sin humor. «Mucho más dolor.»
Alejandro guardó el pañuelo en el dobladillo de su túnica, donde nadie pudiera encontrarlo.
«Estoy listo.»