El dolor era absoluto.
Alejandro estaba sentado en posición de meditación, con la espalda contra la pared húmeda de la celda. Llevaba seis horas intentando la técnica que Zoltar le había enseñado.
Seis horas de agonía.
«No estás respirando,» dijo el anciano desde su rincón. «Estás jadeando como perro moribundo.»
«Es... difícil... respirar... con costillas rotas.»
«Las costillas no importan. La respiración no es sobre los pulmones.»
Zoltar se acercó arrastrando sus cadenas. Llevaba tres días enseñándole, y en esos tres días, Alejandro había aprendido más sobre el cultivo que en doce años bajo los maestros del Clan Vexar.
Y también había sufrido más.
«Los meridianos tradicionales son ríos,» explicó Zoltar por quinta vez. «Canales que transportan éter desde el núcleo hacia las extremidades. Los grilletes bloquean esos ríos. Los secan.»
Tocó el pecho de Alejandro con un dedo huesudo.
«Pero la médula ósea es un océano. Profundo. Antiguo. Los grilletes no pueden tocarlo porque no saben que existe.»
«¿Entonces por qué nadie más usa esta técnica?»
«Porque duele.» Zoltar sonrió sin humor. «Y porque la mayoría prefiere el camino fácil. Los meridianos son seguros. Predecibles. La médula...»
Hizo una pausa.
«La médula tiene voluntad propia. Y si no eres lo suficientemente fuerte para domarla, te consume.»
Alejandro cerró los ojos.
Inhalar. No hacia los pulmones. Hacia los huesos.
Sintió el aire entrar por la nariz. Lo guió mentalmente, ignorando los pulmones, buscando algo más profundo. Más antiguo.
Nada.
«Otra vez,» ordenó Zoltar.
Alejandro lo intentó de nuevo.
Y otra vez.
Y otra.
Después de la vigésima repetición, algo cambió.
Fue sutil. Como el primer temblor antes de un terremoto. Una vibración en lo profundo de su esternón que no debería existir.
«Ahí,» susurró Zoltar. «Lo sentiste.»
«Sí.»
«Ahora empújalo. Hacia afuera. Hacia tus brazos.»
Alejandro empujó.
El dolor lo atravesó como un rayo.
Gritó. No pudo evitarlo. Fue un sonido animal, desgarrado, que resonó en las paredes de piedra.
Los demás prisioneros se despertaron, maldiciendo. Karn gruñó desde su rincón pero no se movió.
Alejandro cayó de lado, jadeando, con sudor frío empapando su túnica de prisionero.
«Demasiado rápido,» dijo Zoltar con calma. «El éter de la médula es denso. Pesado. Si lo fuerzas, te destroza desde dentro.»
«Podrías... haberme advertido...»
«Te advertí. Dijiste que no te importaba.»
Alejandro tosió. Sabor a sangre en la boca.
«¿Cuánto tiempo tomará?»
«Semanas. Meses. Depende de tu voluntad.» Zoltar lo ayudó a sentarse. «Los primeros tres meridianos de la médula son los más difíciles. Velocidad, sentidos, fuerza. Una vez que los abras, el resto vendrá más fácil.»
«¿Cuántos meridianos hay?»
«Siete. El mismo número que los tradicionales. Pero más poderosos.» Zoltar levantó su mano encadenada. El destello verde volvió a aparecer brevemente. «Yo tengo cinco abiertos. Me tomó veinte años.»
«No tengo veinte años.»
«Lo sé.» Zoltar lo miró con algo parecido a la compasión. «Por eso vas a sufrir más que nadie.»
Día 7
Karn cumplió su promesa.
Cada día, cuando los guardias dejaban la comida y se iban, el gigante se acercaba a Alejandro y lo golpeaba. Sin razón. Sin provocación. Solo porque podía.
Alejandro aguantaba.
Al principio caía después de tres golpes. Luego después de cinco. Luego después de siete.
«Te estás volviendo más resistente,» observó Zoltar después de una sesión particularmente brutal. «Tu cuerpo está adaptándose.»
Alejandro escupió un diente roto.
«No se siente como adaptación. Se siente como morir lentamente.»
«Es lo mismo.»
Esa noche, Alejandro sintió algo diferente durante la meditación.
El éter en su médula se movió. No mucho. Solo un centímetro. Pero se movió.
«Primer meridiano agrietado,» dijo Zoltar con aprobación. «Velocidad. Una semana más y lo abrirás completamente.»
«¿Y luego?»
«Luego podrás esquivar los golpes de Karn.»
Alejandro sonrió a pesar del dolor.
«Me gusta ese plan.»
Día 15
El primer meridiano se abrió a medianoche.
Alejandro estaba meditando cuando sintió algo explotar dentro de su pecho. No fue dolor esta vez. Fue liberación. Como si una presa se rompiera y el agua fluyera libre por primera vez.
El éter corrió por sus huesos. Denso. Caliente. Vivo.
Y entonces vinieron las visiones.
Fuego. Gritos. Una mansión ardiendo.
Hombres con túnicas negras masacrando a familias enteras.
Un anciano con barba blanca luchando contra treinta asesinos.
Un niño de dos años llorando en brazos de una mujer que corría.
Alejandro abrió los ojos de golpe, jadeando.
«¿Qué... fue eso?»
Zoltar lo observaba con expresión grave.
«Memorias ancestrales. El primer costo de la Respiración del Dragón.»
«¿Costo?»
«El poder tiene precio, muchacho.» Zoltar se sentó frente a él. «El éter de la médula no es solo tuyo. Es de todos los que vinieron antes. Tus ancestros. Sus memorias. Sus traumas.»
«No tengo ancestros. Soy huérfano.»
Zoltar negó con la cabeza lentamente.
«Todos tenemos ancestros. La sangre no miente.» Lo miró directamente. «¿Qué viste?»
Alejandro describió la visión. El fuego. Los asesinos. El anciano luchando. El niño.
Cuando terminó, Zoltar había palidecido.
«¿Qué significa?» preguntó Alejandro.
«Significa...» Zoltar cerró los ojos. «Significa que no eres quien crees ser.»
«¿De qué hablas?»
Silencio largo.
Finalmente, Zoltar habló:
«Hace veintidós años, hubo una masacre. El Consejo Real ordenó la eliminación de los Tres Clanes Celestiales. Dragón de Jade. Fénix Carmesí. Tigre de Hierro.»
«He oído historias. Clanes rebeldes que intentaron derrocar al Rey.»
«Mentiras.» La voz de Zoltar se endureció. «Los clanes descubrieron algo. Una conspiración en el corazón del Consejo. Y por eso fueron eliminados.»
Se acercó más.
«Yo era el Maestro de Armas del Clan del Dragón de Jade. Serví al Patriarca durante treinta años. Lo vi morir aquella noche, luchando contra las Sombras Carmesí.»
Alejandro sintió un escalofrío.
«¿Por qué me cuentas esto?»
«Porque la visión que tuviste... el anciano luchando, el niño llorando...» Zoltar puso una mano en su hombro. «Esa es la memoria de la masacre del Dragón de Jade. Y solo alguien con sangre del clan podría verla.»
El mundo se detuvo.
«Eso es imposible. Yo soy huérfano. Me encontraron en...»
«¿En un orfanato cerca del Bosque del Norte? ¿A los dos años? ¿Sin nombre, sin familia, sin pasado?»
Alejandro no pudo responder.
«El Patriarca tenía un nieto,» continuó Zoltar. «Un bebé de dos años la noche de la masacre. Su padre, Chen, y su madre, Ling, huyeron con él. Nunca encontraron sus cuerpos. Ni el del niño.»
Silencio absoluto.
«Pensé que habían muerto,» susurró Zoltar. «Durante veintidós años, pensé que el linaje se había extinguido. Pero ahora...»
Miró a Alejandro con ojos brillantes.
«Ahora entiendo por qué el destino te trajo aquí.»
Alejandro negó con la cabeza.
«Esto es una locura. No puedo ser...»
«¿El heredero del Dragón de Jade?» Zoltar sonrió. «La sangre no miente, muchacho. Y la tuya acaba de despertar.»
Día 21
Karn vino por él como siempre.
Pero esta vez, algo fue diferente.
El gigante lanzó su primer golpe. Un puñetazo brutal dirigido a la mandíbula de Alejandro.
Alejandro lo vio venir.
No con los ojos. Con algo más profundo. El éter en sus huesos vibró medio segundo antes del impacto, alertándolo.
Se movió.
El puño de Karn cortó el aire vacío.
El gigante parpadeó, confundido.
«¿Qué...?»
Alejandro no esperó. Atacó.
No tenía fuerza. No tenía técnica refinada. Pero tenía velocidad. El primer meridiano cantaba en sus huesos.
Su puño se estrelló contra la nariz de Karn con un crujido satisfactorio.
El gigante retrocedió, sangrando, los ojos llenos de furia e incredulidad.
«¡Hijo de puta!»
Cargó de nuevo. Más rápido. Más furioso.
Alejandro esquivó el primer golpe. Bloqueó el segundo con el antebrazo. El tercero le rozó la mejilla, abriendo la piel.
Pero no cayó.
Ataca donde no espera.
Recordó las palabras de Zoltar. Bajó el centro de gravedad y clavó los dedos en los ojos de Karn.
El gigante aulló, cegado temporalmente.
Alejandro aprovechó. Golpeó la rodilla. Luego el estómago. Luego la garganta.
Karn cayó de rodillas, asfixiándose, la sangre brotando de sus ojos arañados.
Alejandro se paró frente a él, jadeando, con los nudillos destrozados.
«La próxima vez que vengas por mí,» dijo con voz fría, «asegúrate de poder terminar el trabajo.»
Karn lo miró con odio puro.
Pero no se levantó.
Desde su rincón, Zoltar sonrió.
«Primer meridiano dominado. Faltan seis.»